Elquetejedi

El último período del segundo mandato de Juan Domingo Perón hasta la asunción de Eduardo Ernesto Lonardi.
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Ya habían bombardeado la Plaza de Mayo cargándose casi 400 tipos e hiriendo a unos miles más, y esa misma noche hubo revancha con quema de iglesias y locales opositores. La cosa venía en serio, mis amigos, y acá nadie iba a escatimar en gastos.

Había que aportar calma y gestos. En ese plan, El General entregó cabezas, las de los ministros del Interior y de Educación, y del secretario de prensa, los dos primeros antiiglesia y al otro para abrir un poco el tema de la libertad de expresión. Aparte ofreció que fuera el Estado el que aportara la viva para reconstruirle al todopoderoso creador sus templos.

Pero la realidad es que unos se envalentonaban y el otro se achicaba. La oposición ahora usaba los medios para expresar sus ideas y Perón quedaba rehén de los mandos militares que le habían salvado la ropa. La tormenta era perfecta, la derecha que extrañaba tener al toro por las astas y la izquierda que acusaba al gobierno de fascista. Con todo ese panorama la doctrina “vamo a calmarno” no tenía mucha vida que digamos.

Y como el diálogo se fue a tomar por saco, de perdidos al río, El General redobló la apuesta. Así, en pleno discurso ante sus fanáticos, a esta altura dispuestos a todo, se despachó con una fórmula matemática, la del 5×1. No se refería a manzanas y peras, sino a cuántos opositores debían caer por cada propio. Honestamente, estaba todo dado para que terminara bien como el culo, como sólo nosotros sabemos hacerlo.

La agenda de esos días consistía en militares pasando al ostracismo –y ya sabemos lo que viene cuando se guardan– y la CGT armando milicias populares para defenderse de los militares que pasaban al ostracismo.

El General reemplazó a los jefes militares y puso a sus más fieles laderos para aguantar los trapos. Pero se olvidó de algunos batallones del interior. El federalismo y coso. Y ahí se la mandaron a guardar. Como casi siempre, el tole tole empezó por Córdoba. Al frente de la picardía estaba el General Lonardi, bancado por una facción militar y un arco político que iba desde los conservadores de antaño hasta los socialistas de antaño. Un crisol de ideas.

El adiós de Perón

El 16 de septiembre de 1955 se iniciaba el final del segundo gobierno de Perón. Los golpistas tomaron la Escuela de Infantería de Córdoba y las emisoras radiales, desde donde avisaban que había parido la abuela. Mendoza también se sublevó y en Corrientes los leales hicieron correr despavorido a Aramburu, que ya iba a reír último.

El Almirante Isaac Rojas se apostó con la Marina estratégicamente para bloquear el puerto de Buenos Aires, apuntando los cañones a las refinerías de La Plata y Dock Sud, como para que todos supieran cuantos pares son tres botas.

Los aliados, entre militares, milicias y la policía, pudieron revertir algunos levantamientos como el de Río Santiago y evitar tomas de más radios y se entusiasmaron con pasar al frente con el muy pacífico nombre de Operativo Limpieza.

Pero algo pasó cuando por fin estaba por caer el levantamiento cordobés. El General publicó una carta –hoy hubiera sido un hilo de tuits– un poco confusa en la que renuncia por cuestiones personales para evitar derramar sangre, cosa que descojonó a los leales que estaban dispuestos a derramar la sangre que hiciera falta e infló el espíritu de los golpistas, que también estaban dispuestos a derramar la sangre que hiciera falta.

Cuestión que el 20 de septiembre hubo que acordar una reunión con el tal Rojas en el crucero La Argentina y capitular. Entregar la renuncia del General y de todo su elenco ministerial y mandarse a mudar. La contrapropuesta era iniciar el bombardeo a la opulenta Buenos Aires. Y eran capaces, por supuesto.

El paquete incluía designar a Lonardi como presidente provisional y mandar a todas las tropas a los cuarteles hasta que las nuevas autoridades les dijeran qué corno hacer.

Lonardi, el nuevo presidente

El 23 de septiembre, el General ultracatólico Eduardo Ernesto Lonardi se nombraba presidente. El innombrable se subía a una cañonera paraguaya para irse al exilio y la clase media, que ya había secado la teta de los beneficios habidos y por haber, colmaba la Plaza de Mayo para saludar al nuevo inquilino de La Rosada, que los acogía con la insólita frase “no hay vencedores ni vencidos”, parafraseando al otro sátrapa de Urquiza. Pomposamente a esto se lo llamó Revolución Libertadora, por la cara.

Lonardi asumió listo de papeles, con un cáncer que le jugaba con cinco delanteros, así que no habría pensado tampoco en un plan quinquenal. Entonces fue a lo de toda la vida. Disolvió el Congreso y, en plan de perfeccionar los golpes anteriores, se tomó la licencia de disolver por primera vez a la Corte Suprema y poner los jueces que le salieran de los huevos. Se intervinieron las provincias, la CGT y se afanaron el cadáver de Evita. Para hacerla corta, se acabó el Estado de Derecho.

Con la valentía que caracteriza a este país se formaron comisiones –casi todas en manos de radicales- para investigar a los derrocados, una especie de lawfare pero con menos carpa. Podían acusar, detener, allanar, confiscar o hacer un poco lo que quisieran. Se la pusieron hasta al seleccionado de básquet que había ganado el mundial del ´50. Incluso se premiaba al que denunciara vecinos peronchos.

Un nutrido grupo de dirigentes peronistas fue confinado al penal de Ushuaia, penal que había sido cerrado por el papá de Pettinato en 1947 porque era inhumano. Además, la escuela de enfermería creada por Evita fue saqueada y las enfermeras perseguidas, allanadas y confiscadas. Todo se iba resolviendo por los canales normales.

Pero así y todo, Lonardi era el moderado de esta coalición. Isaac Rojas, su vice, pretendía la absoluta eliminación del peronismo de la vida de esta gloriosa nación y se estaba hinchando las pelotas porque el otro hacía acuerdos moderados con la CGT –que enseguida se moderó– y ni hablar cuando los focos de resistencia peronista lo chiflaron durante un acto y tuvo que amenazar con aviones otro escarmiento ejemplar.

Así que entre Rojas y Aramburu le armaron la de San Quintín al presidente, acusándolo de acordar con el peronismo. Le renunciaron todos, le avisaron que las Fuerzas Armadas habían perdido la confianza y que se podía ir, o bien por las suyas, o que le bombardeaban Olivos y tan amigos como siempre. Se fue a Nueva York en barco.

La asunción al poder de Aramburu

De presidente asumió el 13 de noviembre de 1955 el general Pedro Eugenio Aramburu, manteniendo a Rojas de vice. Ilegalizó a los partidos políticos, fusiló opositores, purgó las Fuerzas Armadas, persiguió al comunismo, intervino todos los sindicatos y, de nuevo, a la CGT, pero con la novedad de meter presos a todos sus dirigentes.

Para marzo de 1956 disolvió al partido peronista, vedó su propaganda y, para evitar malentendidos, prohibió nombrar a Perón –aka elquetejedi, el tirano prófugo, el innombrable-. Lo que la cátedra llama proscripción. En abril anuló la Constitución de 1949 y volvió a la de 1853 –y sus modificatorias– con asterisco, que no se oponga a la Revolución, claro.

De esta manera, nos metíamos en otro berenjenal y nos iba a costar salir. Sangre, sudor y lágrimas, nos iba a costar.