El primer Rosas

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Si alguna vez tuvimos la posibilidad de organizar en paz este cotolengo con el fusilamiento de Dorrego definitivamente la cagamos.

Lavalle había pasado por las armas al gobernador de Buenos Aires un poco porque no era un estadista y un poco porque así se lo pedían su partido y los intelectuales del momento. Si, ya los intelectuales opinaban de lo que no tenían ni idea, encumbraban simples y después se lavaban las manos, hicieron escuela. Y qué escuela.

Ahora al ex granadero de San Martín le tocaba gobernar Buenos Aires con la oposición de Rosas y de los estancieros, corto de recursos y con su aliado militar puesto a conquistar Córdoba, Cuyo y el norte. Y hasta le pareció una buena idea desterrar a todos los aliados de Dorrego y fusilar a quien se le opusiera. También avanzar hasta Rosario.

Rosas asume como gobernador de Buenos Aires.

Pero la paciencia de López y Rosas tenía un límite. López lo hizo recular en ojotas, lo persiguieron hasta Buenos Aires y en Puente de Márquez lo derrotaron. López volvió a sus pagos, Rosas sitió Buenos Aires y Lavalle se dedicó a perseguir opositores, que ya era casi todo Buenos Aires, la capital mundial del unitarismo se le había vuelto en contra. Todo un mérito.

De perdidos al río, Lavalle se mandó a la estancia de Rosas y, como no estaba, se acostó en el catre de campaña del futuro restaurador a esperarlo muy a gusto – de ahí surge la versión de la criada de Rosas que fue a avisar, dejó la leche en el fuego y así resultó el dulce de leche -.

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En fin, a la postre hermanos de leche – fueron alimentados por la misma nodriza -, firmaron el Pacto de Cañuelas por el cual se llamaría a elecciones con una lista de unidad encabezada por Félix de Alzaga, sí el hijo de Martín, el héroe de la reconquista que colgamos en la Plaza para que todos supieran que acá no hay que ayudar a nadie.

A los unitarios no había nada que les calzara, así que presentaron otra lista con el inefable Carlos de Alvear al frente.

Convenio reservado entre Lavalle y Rosas sobre el pacto de Cañuelas.

Las elecciones dejaron una factura a pagar de 30 muertos y la misma legitimidad que Vila proclamándose presidente de la AFA. Lavalle, líder de todo este bochorno, ya medio arrodillado, tuvo que hacer otro pacto: el de Barracas. Dejó a Viamonte como gobernador, y a Rosas con la manija y rehabilitando la legislatura que el mismo calavera había disuelto.

Rosas, el gobernador

En diciembre, con la legislatura andando se eligió gobernador a Juan Manuel de Rosas con el agregado del título de Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires. Otorgándole además la suma del poder público en el formato de “todas las facultades ordinarias y extraordinarias que creyera necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura”, cosa que ya habían tenido Sarratea, Rodriguez y Viamonte, y que ya veríamos en nuestros días con eufemismos más o menos creativos.

Si de símbolos se trata, Rosas nombró una comisión y rescató los restos de Dorrego – que evidenciaban saña después del crimen -, los llevó a Buenos Aires y se mandó un funeral flor y truco. A sus estancieros, sumaba así a los sectores más humildes de la provincia. Todos a la bolsa.

Hoy Dorrego y Lavalle duermen el sueño de los justos en el mismo predio de la Recoleta, y la estatua de Lavalle, en Tribunales, da a lo que fuera la casa de los Dorrego. Porque, mis amigos, este país tiene un sarcasmo de concurso.

Los restos de Rosas en el cementerio de la Recoleta.

Rosas era unitario por convicción. De hecho, se había opuesto en épocas rivadavianas a compartir los recursos porteños con el resto de las provincias, pero entendía que ni el interior ni nadie aceptaban ese modelo. Por eso, viraba a la organización de un sistema federal. Pragmático, como el riojano que lo repatriaría ya con el sobretodo de madera.

Mientras en el interior, el manco Paz se quedaba con Córdoba y vencía a Quiroga, quedándose en el TEG con todas las provincias donde el Tigre de los Llanos había consolidado su poder, sacando a los gobernadores federales y poniendo unitarios. Como socio tuvo a Lamadrid en Tucumán para mantener a raya el noroeste. Así, formó la Liga del Interior designándose como Supremo Jefe Militar.

Del otro lado, Rosas y López respondieron con el Pacto Federal, no sin antes tener que aplacar una revuelta al mando de Ricardo López Jordán, hermanastro de Ramírez – recordemos que López había tenido la deferencia de colocar su cabeza en una pica en la puerta del Cabildo – y discutir con Corrientes la nacionalización de la aduana de Buenos Aires y la navegación de los ríos mesopotámicos, cosa que indignó a Rosas.

Firma del Pacto Federal.

López medió y se firmó el bendito pacto. Se acordó una alianza defensiva contra ataques interiores o exteriores – en ese orden -, ayuda porteña ante la situación creada por Paz y la creación de la Comisión Representativa para tratar la cuestión correntina – ya saben ustedes para qué se forma una Comisión, ¿no? López fue designado General de los Ejércitos.

Y se armó la gorda. Pero fue rápido. Paz cayó prisionero y Quiroga derrotó a Lamadrid en la Ciudadela y de un golpe recuperó las provincias que había perdido.

López controlaba Córdoba, Santa Fe, Santiago del Estero y Entre Ríos, más Corrientes y Salta. Quiroga dominaba Cuyo y el norte y Rosas, con los recursos de Buenos Aires, era el hábil garante de esta sociedad.

Dos años duró este sancocho, imaginen la de vidas y guita que invertimos en esto. Entonces, la Comisión creyó oportuno invitar a las demás provincias, cosa que a Rosas le pareció un despropósito y retiró la representación porteña. Se la veía venir; se metían todos, se organizaban y le nacionalizaban la aduana. Minga.

Disuelta la Comisión, trasladó sus poderes a Buenos Aires para cuando Rosas ya había acordado con López y Quiroga que la cosa estaba verde para organizar la república.

Reelección

Vencido el mandato de Rosas, la legislatura lo reeligió. Había acomodado el déficit fiscal, firmado la paz con varios caciques fronterizos y logrado el orden social. Pero el Restaurador eligió rechazar el sillón e irse de campaña a asegurar la frontera con el indio.

Le dieron la batuta a Balcarce y, entonces, se partió el federalismo entre los cismáticos del gobernador y los apostólicos regenteados por Encarnación Ezcurra (los ojos y las manos de Rosas en campaña). Por raro que parezca, la disputa se dio en los diarios de la época. El rol de los medios, claro. Y se las tuvieron que ver con la ley.

Encarnación Ezcurra y Rosas.

Pero como uno de los diarios procesados fue “El Restaurador de las Leyes”, Encarnación llevó a los suyos a una escabechina porque enjuiciaban al Restaurador, un sutil cambio de sujeto que sublevó al pueblo. Y así cayó Balcarce, acusado de complicidad con los unitarios exiliados en Montevideo y con él los federales no rosistas.

Lo que viene es caos, mucho caos. Para ordenar la cosa, nada mejor que llamar al Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires otorgándole, además, la suma del poder público en el formato de “todas las facultades ordinarias y extraordinarias que creyera necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura”.