Malvinas, en primera persona

"Hasta que no vivís la guerra, no sabés lo que es": veteranos relatan sus días en la isla. Unidos por el temor, el alivio y "el regreso sin gloria".
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Hoy se conmemora un nuevo Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, a 38 años de su iniciación.

Es un aniversario diferente. No hay actos, pero sí una “vigilia virtual”. Las redes sociales son el punto de encuentro, y las banderas argentinas flamean en balcones y colman las pantallas. Recordamos a quienes no volvieron, acompañamos a quienes lo hicieron.

En primera persona: cuatro veteranos relatan sus vivencias. Quizás se cruzaron, quizás no. Pero sus vidas quedaron marcadas para siempre. Es que Malvinas no es solo su historia, es su presente. Está en su cotidianidad, en su voz y en su cuerpo. Está en los seres queridos que nunca pudieron dar ese último abrazo, y en la memoria de una sociedad que la historia no le es ajena.

Foto: NA/ DAMIAN DOPACIO.

Salvar vidas

A sus 67 años, el médico cardiólogo del Hospital Naval de Buenos Aires, Armando Antenucci recuerda sus días en el buque sanitario Bahía Paraíso. “Me convocaron como médico militar, en ese momento pasé de ser teniente de fragata médico del Hospital Naval al barco, que trasladaba y trataba a combatientes en la base naval de Puerto Belgrano, cerca de Bahía Blanca”.

Además de dedicarse a su especialidad durante la guerra, era uno de los médicos encargados de la sala de recuperación y terapia intensiva del barco durante el 6 de abril al 24 de junio de 1982. “En ese período atravesé todos los sentimientos posibles: sorpresa, esperanza, depresión, euforia y tristeza”, confiesa.

Foto del barco Bahía Paraíso.

Lleva tres momentos imborrables en su memoria. La partida hacia el rescate de los náufragos por el hundimiento del Crucero Belgrano, los cinco viajes desde Santa Cruz hacia el Puerto Argentino para el traslado de los heridos y el regreso solitario de la posguerra.

“Malvinas marcó un antes y un después en mi historia personal y profesional. No hay un día que no recuerde un hecho relacionado con la guerra“, dice Antenucci.

Se aferró al deseo de volver cuanto antes, sano y salvo: “Sentí alivio y desilusión, por el final”.

Homenaje por su participación en la guerra.

En las trincheras

“Cuando apareció el coronavirus, la primera imagen que se me vino a la cabeza fue la guerra de Malvinas, porque no se sabe cuando termina, ni qué vamos a hacer después”, sostiene el veterano Marcelo Rosasco. Aunque remarca que hay grandes diferencias: “Son situaciones límites entre la vida y la muerte. Quedarte en casa hoy es como estar en tu trinchera y no tener al enemigo frente a frente“.

Cuando a Rosasco lo llamaron para ir a la guerra, solo le faltaban 33 días para finalizar el servicio militar obligatorio (denominado popularmente “colimba”). “Estaba contando los días, junto a mis compañeros, en un calendario de taco que teníamos en la oficina”. A sus 19 años recién cumplidos, saber que debía ir a Malvinas “lo partió al medio”.

A sus 57 años, reconoce que Malvinas lo acompaña “siempre” en sus actitudes y reacciones. “Si no hubiese tenido esa experiencia, tendría menos fuerzas para bancarme esto hoy. Me dio más herramientas para asimilar situaciones dolorosas y superar crisis”, explica.

El periodista y docente estuvo 64 días en Malvinas. “Cavé y viví en las trincheras, hice guardias de dos horas por día, cada cuatro horas, y tuve miedo”, así resume su estadía en la isla. El frío insoportable no cesaba con la campera, el sweater y dos camisas: “Rotábamos la ropa cada 15 días, como si estuviese limpia”.

“Para no caer en la depresión pensábamos en lo que íbamos a hacer cuando volviéramos a la vida normal. De qué cosas no nos íbamos a quejar o nos íbamos a sentir orgullosos”, recuerda Rosasco sobre su supervivencia. En ese entonces, no pensaba en contar lo vivido, porque no se le ocurría “la trascendencia que podría tener”.

Rosasco yendo a la guerra.

El único momento “de alegría” era cuando llegaban los aviones con la correspondencia. Eso sucedía cada 10 días. Las noticias que recibía eran las que daba la Gobernación. “Tenía acceso a la información porque estaba en un lugar privilegiado, cerca del Jefe del Regimiento del lugar”, explica. Cada vez eran más los muertos y heridos, esa realidad no coincidía con las cartas que recibían de sus familiares.

Cuando terminó el cese de fuego sintió alivio. El veterano estuvo dos días en la isla hasta que lo embarcaron en un trasatlántico inglés, con la bandera de la cruz roja, hasta Puerto Madryn. Su salida se debió al acuerdo del gobierno argentino y el inglés de sacar a los combatientes lo más rápido posible. “Los barcos argentinos iban a tardan entre 10 y 15 días en buscarnos”, señala Rosasco.

Cuando llegó a Campo de Mayo iba a cumplir un aislamiento para evitar contagios, así como también para que la reinserción social no sea traumática. Sin embargo, no hubo cuarentena. Al día de estar en su casa no entendía lo que sucedía. “Mi cabeza estaba en otra dimensión”, relata. Estuvo una semana encerrado y solo quería hablar con sus compañeros porque “creía que ellos eran los únicos que entenderían lo que nos habían pasado”. No se equivocaba.

Al combate

En 1982, Sergio de la Fuente estudiaba en la Escuela de los Servicios para Apoyo de Combate “General Lemos”. A fines de ese año egresaría como Cabo Primero, aunque finalizó previamente por Malvinas. “Me sorprendió la guerra siendo aspirante a mis 18 años”, recuerda. En ese entonces, era más joven que la mayoría de los soldados.

Lo enviaron al Regimiento de Infantería N°12 de Mercedes, Corrientes, para capacitarlo. “No estaba muy contento porque quería ir al sur, ya que el conflicto era más cerca de esa zona”, sostiene de la Fuente. Y aclara: “Como toda persona joven quería ser parte de la guerra”. Finalmente, las unidades del norte fueron a Malvinas y las del sur, unas pocas.

De Comodoro Rivadavia voló a Malvinas, luego de una semana de preparación en Corrientes y otra en Caleta Olivia. “Llegamos en medio de una llovizna a Malvinas con todas las expectativas”. Recuerda el frío y la humedad de la isla como “lo peor que hay”.

La primera noche estuvo en la ciudad de Puerto Argentino, y al día siguiente se trasladó a unos cerros, a pocos kilómetros de allí, donde fue su primer asentamiento en la guerra. Posteriormente, se trasladó a Darwin en un helicóptero.

El 1ro de mayo vi el ataque de aviación contra el aeropuerto, y las fragatas se acercaron a la costa y bombardearon. Nuestros aviones las atacaron y ellas se retiraron, a una le habían pegado“, explica el actual Teniente Coronel a sus 56 años. Esa fue la última vez que los buques atacaron durante el día, para luego hacerlo por la noche.

Soldados argentinos llegando al Puerto Argentino. Foto: NA/ AFP/Daniel GARCIA.

El instinto de supervivencia fue lo que lo mantuvo vivo, y no tuvo miedo a morir. Sin embargo, los recuerdos lo invadían a la noche, cuando se preguntaba por qué no estaba en su casa, tal como sus amigos.

“Hasta que no vivís la guerra no sabes lo que es”, dice de la Fuente. Estuvo en primera línea en el campo de batalla cuando atacaron al Puerto Argentino: “Era de noche y no se veía nada. Escuchaba los gritos de los heridos, las bengalas iluminaban el cielo, las explosivos sonaban, la gente estaba en sus posiciones. Fue apocalíptico“.

“En el atardecer del 13 de junio me hirieron con esquirlas de artillería. Me evacuaron al hospital de Puerto Argentino”, relata. A los tres días lo llevaron al buque sanitario Almirante Irízar, que lo trasladó hasta Comodoro Rivadavia y después al Hospital Militar de Campo de Mayo.

Para él lo peor fue “el regreso sin gloria”. Pensaba por qué no había hecho tal cosa u otra para ganar la guerra.

Tras Malvinas, el veterano volvió a las Fuerzas Armadas. “Fueron muchos años de callarse la boca”, afirma. Ya está en condiciones de retirarse pero espera su nombramiento de Coronel, que sucederá este año.

La guerra lo marcó: “Uno no es igual. Me cambió, pasé a ser exaltado e intenso”. Frente a alguna situación que no le gusta “reacciona mal” y está “cansado e irritable por el desgaste”: “Creo que Malvinas tiene algo que ver”.

El Capitán

Un día la Marina dio una charla en el Colegio San Román, ubicado en el barrio de Belgrano. En ese entonces, Horacio Vlcek era alumno de la institución: “Me sembraron la inquietud”.

Así fue que a los 16 estuvo un año allí.  Pero quería ser Infante, entonces le hizo caso a su papá y entró a la Infantería del Ejército: “No imaginaba tener que ir a una guerra, pero fue mi deseo de todos los años y se me dio”.

Antes de ir a Malvinas, a sus 35 años, era Capitán. Casado con Mirian y con cuatro hijos, la menor de un año y medio. Trabajaba en el Regimiento N°5 de Infantería en Paso de los Libres.

“La guerra de Malvinas la ignorábamos, como corresponde al secreto militar”, sostiene el veterano. Aunque dice: “Te aclaro esto porque los civiles dicen cualquier cosa”.

Se enteró por la radio que tropas argentinas habían tomado el Puerto Argentino. Le pareció una noticia “sensacionalista”, lejana a la realidad. Pero al llegar al Regimiento, sus “subalternos” se lo confirmaron.

“Qué cagada nos mandamos”, expresó. Uno de los jóvenes que se encontraba allí le consultó “¿por qué?”, y él le explicó que era una situación que “no se podía sostener en el tiempo”.

El 16 de abril de 1982, salió para Malvinas. “Todavía no había comenzado la guerra cuando llegué”, explica. Lo que más lo afectó es que su regimiento cruzó a la Isla Gran Malvina y él se quedó solo con 75 “de sus hombres” y sin armamentos en Puerto Argentino: “Cuando iba a cruzar, paran los cruces porque ese día los buques ingleses se empiezan a acomodar. Solo tenía un fusil y las armas de puño”.

“El coronel Mohamed Alí Seineldín me dio una zona a defender cerca del aeropuerto”, recuerda el excombatiente. Y agrega: “El 1ro de mayo, los aviones ingleses bombardearon el sector donde estaba a las 4:50 hs”.  Un soldado lo despertó mientras él dormía en el suelo de una carpa. Al salir, se encontró con “las explosiones” y observó que “volaba todo por los aires”.

A sus 73 años, reconoce que no tuvo miedo de morir, sí preocupación y momentos de angustia: “Me dediqué a conducir a mí gente, ubicarlos en el terreno y a colaborar con los pocos elementos que tenía”, relata.

“Aprendes a manejar ver gente muerta alrededor tuyo”, manifiesta. En el 2013 fue al cementerio de Darwin a “visitar a sus hombres”.

Cementerio de los soldados argentinos en las islas Malvinas. Foto: NA/ DANIEL GARCIA.

Cuando supo que habían perdido la guerra sintió “una sensación de alivio”.

Reconoce que Malvinas lo marcó, pero no le dejó traumas o lo acomplejó. Considera que “muchos hoy trabajan de veteranos de guerra”, algo que no le agrada.  

Al regresar volvió a las Fuerzas Armadas. “Hubo cosas que no se tuvieron debidamente en cuenta”, sostiene. Eso lo cree una consecuencia a la falta de experiencia de guerra. “Llegué de Malvinas un día a las 19 hs a Paso de los Libres. Me recibieron con un ágape y el jefe del Regimiento nos dijo que nos esperaba al día siguiente a las 7:30 hs en la formación de la bandera”, recuerda Vlcek, quien sentía la necesidad de tomarse dos semanas de descanso tras su vuelta.

Pese a los días de dolor que vivió en la guerra, hoy ya retirado, confiesa: “Iría de nuevo a Malvinas, para eso es la vocación que uno lleva adentro”.