La psicología de los fondos y el interminable padecimiento de Macri presidente

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“Los tipos laburan con varios países al mismo tiempo y toman decisiones. Apostaron por el gobierno de Macri, a Macri le fue mal, se equivocó y Macri no les sirve más. Ellos no van a decir me equivoqué, van a jugar fuerte para que la candidata sea Vidal”.

Sentados como accionistas en la mesa de la política nacional, con la cara llena de papeles de la deuda argentina, la psicología de los fondos de inversión debería estar entre las materias principales de la escuela del optimismo. Pero, por lo que se ve, no se estudia en Balcarce 50. Por la desconfianza que le tienen a Macri, hoy los dueños del riesgo país son los que más invierten en el mercado de las encuestas. Piden sondeos a las consultoras que trabajan para la Casa Rosada, a los neutrales y -también- a los encuestadores de confianza de Cristina Kirchner.

El análisis de los grandes jugadores que conspiran contra el corto plazo del Presidente, mientras se reúnen con la oposición, está saturado de información. Pero cae de manera permanente en la sobrerreacción, de la euforia al pánico en cuestión de meses o de días. Pensar que van a cuidar que el dólar no se dispare para ayudar a un Macri que fracasó califica como error fatal.

Por la desconfianza que le tienen a Macri, hoy los dueños del riesgo país son los que más invierten en el mercado de las encuestas.

Llama la atención que un gobierno colmado de financistas no haya podido preverlo. Ni la primera vez -en 2018- ni la segunda, justo un año después. Los economistas que tienen línea directa con Wall Street no entienden quién, en la órbita oficial, esperaba que se reinvirtieran los 3500 millones de dólares que pagó Hacienda la semana última, si los tenedores de bonos están haciendo fila para huir de Argentina. A ellos no les sorprende que todo tiemble, a medida que las elecciones se acercan, con la marca Cambiemos tercera en las provincias y la figura de CFK agigantada como reverso de un gobierno que le habla con el corazón a los buitres.

No deja de ser curioso tampoco que a esta altura de la crisis, con derrumbe en el consumo, aumento de pobreza y desempleo hacia los dos dígitos, sean los fondos extranjeros los que tengan en sus manos la suerte del presidente argentino. Pero el riesgo país y la devaluación sacuden el cóctel amarillo de la inflación récord mezclada con ajuste y recesión.

Firme en su deseo de ir por la revancha, con el solo pero decisivo apoyo de Christine Lagarde y Donald Trump, Macri se aferra a su candidatura por una serie de motivos. Para insinuar que nadie le impone decisiones, para rechazar la posibilidad de un macrismo sin Macri y, sobre todo, para no delatar que un arnés lo sostiene allá arriba, cerca del precipicio. El Presidente no puede ni mirarle la cara al abismo. Si se baja de su candidatura ahora, como le piden, la fragilidad de su poder quedaría desnuda y el espiral de la crisis lo consumiría antes de ir a las urnas. Eso piensan los que respaldan su obstinación, pero le piden que “haga algo”.

Los economistas que tienen línea directa con Wall Street no entienden quién, en la órbita oficial, esperaba que se reinvirtieran los 3500 millones de dólares que pagó Hacienda la semana última, si los tenedores de bonos están haciendo fila para huir de Argentina.

Al otro lado de la polarización, hoy todo es optimismo: se sienten ganadores y empiezan a oler otra vez el poder. Eso explica las reuniones permanentes con fondos de inversión, las visitas a Estados Unidos y la autocrítica que Axel Kicillof llama “aprendizaje” en “Y ahora, ¿qué? Desengrietar las ideas para construir un país normal”, un libro reciente de Siglo XXI tal vez más pedagógico que el best seller de la jefa. Al menos para Wall Street, el Círculo Rojo y el Fondo.

En el Instituto Patria coinciden en parte con el núcleo duro de Balcarce 50, que ve a María Eugenia Vidal sin posibilidad de remontar las chances decrecientes del oficialismo. Hasta fantasean con un debate entre dos mujeres como el que enfrentó a Macri con Scioli en 2015. Si María Eugenia asumiera finalmente la brasa caliente de ocupar el lugar del Presidente, dicen, Cristina iniciaría la esgrima ante las cámaras con una pregunta retórica: “¿Por qué hoy usted está acá como candidata? Para explicar el fracaso de Macri”.

Seguir adelante como si nada tampoco es fácil para el team leader de Cambiemos. Su gobierno es un calvario que hasta borra la grieta: para él, similar al de su secuestro; para sus opositores, a los peores padecimientos. El ingeniero ingresa en la antesala electoral sin manejar variables esenciales. No puede controlar la furia de los mercados, no tiene posibilidad de prever los movimientos de la oposición y no domina tampoco el ánimo y los planteos de la mayor parte de sus socios. Que la alianza se mantenga unida, antes el punto de partida, hoy se cuenta en el haber oficialista. Los meses que faltan para ir a votar resultan interminables y la recuperación tan anunciada otra vez no aparece, como quedará evidenciado el martes con dos datos contundentes: el paro del sindicalismo antimacrista y el Estimador Mensual de Actividad Económica del INDEC.

Pese a los consejos heterodoxos de Jaime Durán Barba, Macri solo puede acudir una vez más a las faldas de Madame Lagarde y pedir un permiso especial para actuar en la zona de no intervención que convalidó el Fondo. Pero eso demandaría la aprobación del directorio del organismo, un proceso largo de siete semanas que culmina el 14 de junio, ocho días antes del cierre de listas en las que -se supone- el Presidente se anotará como candidato. El otro recurso es para muchos el último: apelar al amigo Donald para que deje de apoyar los préstamos del FMI y desembolse directamente de la suya. Un compromiso mayor y riesgoso entre viejos socios, que se conocen demasiado.