Los restos del ARA San Juan, desaparecido desde el 15 de noviembre de 2017, fueron localizados a 800 metros de metros de profundidad, a unos 600 kilómetros de Comodoro Rivadavia. En una asombrosa conferencia de prensa, aún para el generoso estándar al que nos tiene acostumbrados Cambiemos, Oscar Aguad explicó que “si hay responsables, que se hagan responsables” y concluyó no saber “si existe tecnología en el mundo para rescatar el submarino”. Tal vez un año haya sido poco tiempo para que Aguad pudiera averiguarlo.

En realidad, no es extraño que el ministro de Defensa opine sobre la desaparición de un submarino de la Armada y la muerte de sus 44 tripulantes como un espectador frente a la película que acaba de ver o como el usuario de algún servicio público frente al corte de suministro. No hace más que replicar al ministro de Hacienda, el hombre más poderoso del gobierno luego de Christine Lagarde, quien habla del aumento de la inflación como si analizara un fenómeno de la naturaleza tan ajeno a sus políticas como inmune a sus decisiones.

Lo mismo ocurre con el presidente, quien en cada nueva conferencia enumera las catástrofes que han asolado su gobierno- la pesada herencia, la sequía, la suba de las tasas en Estados Unidos o incluso la causa de los Cuadernos escaneados- y que le han impedido lograr aquello que prometió durante la campaña presidencial; aunque también predice futuros venturosos como consecuencia ya no de buenas políticas sino de buenas señales, esas que debemos generar para que el mundo las entienda y nos permita salir adelante. Podíamos vivir mejor pero en el medio pasaron cosas que nos indicaron que, en realidad, vivíamos demasiado bien. 

El gobierno de Cambiemos practica el macayismo, una doctrina que consiste en analizar la realidad como lo haría un periodista deportivo con un partido de fútbol en lugar de asumir que dicha realidad es el resultado de las políticas fijadas por el propio Gobierno. El haber delegado la política económica en el FMI consolidó ese rol de comentador de decisiones ajenas. 

El macayismo requiere para sostenerse en el tiempo un apoyo constante de los medios. Los mismos que durante la larga noche kirchnerista consideraban que el Ejecutivo era la única ventanilla de reclamos y hoy explican que, al contrario, el problema siempre es ajeno al gobierno nacional. CFK era culpable hasta de lo que opinara cualquiera que la prensa definiera como kirchnerista mientras que Macri no es responsable ni de sus propias decisiones. 

El límite al gobierno de comentaristas es la creciente alergia ciudadana frente a la falta de respuesta. El colapso, como ocurrió con De la Rúa, no suele dar tiempo a un cambio de estrategia.