Una de las características más notables de Cambiemos fue la certeza. No es que esa cualidad sea escasa en otros gobiernos, pero en el caso del actual oficialismo se transformó en una declaración de principios. El "mejor equipo de los últimos 50 años", como lo calificó el propio presidente con la humildad de quien tomó la precaución de nacer millonario, contaba con un diagnóstico acertado y un programa indiscutible. "Tengo que cumplir con una planilla de Excel", explicó en su momento de gloria Juan José Aranguren, el ahora ex ministro de Energía, frente a las críticas por los aumentos de tarifas. Retomaba así una de las máximas del ex ministro Ricardo López Murphy el Breve: "No se trata de política, ni siquiera de economía: es aritmética".

Esa certeza de hoja de cálculo fue acompañada desde un principio por otra virtud tan noble como autoproclamada: el diálogo. Siempre me pareció asombroso que un equipo que se consideraba el mejor, valorara tanto el diálogo. En realidad, el valor estaba dado sólo en el diálogo que partiera de las mismas premisas y llegara a las mismas conclusiones, es decir, en el monólogo.

Quienes discreparon tanto con el diagnóstico como con las políticas propuestas fueron tratados de alarmistas, ignorantes o, mucho peor, de kirchneristas. Eran partidarios de aquella infame “campaña del miedo” que buscaba asustar a los electores.

La certeza oficialista fue tal que nadie creyó necesario explicar en qué consistía el modelo de país propuesto, más allá de la repetición de letanías vaporosas como la de "volver al mundo" o esperar una "lluvia de inversiones", tan inminente como esquiva. El único driver de la economía fue la deuda para financiar gastos corrientes y compensar la reducción de retenciones y otros ingresos fiscales.

En una reciente entrevista, Mauricio Macri explicó que recibió un país quebrado pero logró que el mundo le prestara más de US$130.000 millones gracias a su “positivismo”, que no es una corriente filosófica sino una “actitud positiva”. Al parecer, los mercados le prestan a los entusiastas, no a los desendeudados que tienen capacidad de repago. Asombra, entonces, que esos mismos mercados sean tan reticentes a seguir financiando al país luego de 2 años y medio de políticas acertadas llevadas adelante por un presidente que no carece de optimismo.

Ocurre que en unas pocas semanas, la carroza se transformó en calabaza y la certeza, en desconcierto. A partir de la corrida del dólar, la pérdida de reservas, la aceleración de la fuga y una devaluación como no padecíamos desde el 2002, el gobierno tomó la decisión de recurrir al FMI, el prestamista de última instancia, y separarse de varios funcionarios del círculo más cercano al presidente. Así, pese a que tanto el oficialismo como nuestros medios serios persisten en explicar que el préstamo del Fondo no incluye condicionalidades -a la vez que advierten que esas condicionalidades que no existen, en realidad no son tan graves- el aura del mejor equipo parece difuminarse como la Pobreza Cero o el millón de viviendas prometido.

El desconcierto también se percibe entre nuestros economistas serios. En un hilarante artículo publicado en Clarín, varios de ellos declaman su asombro ante una crisis “que nadie vio venir”. El economista jefe de FIEL, por ejemplo, explicó que “el semáforo no captó que había un volcán abajo nuestro”. No conocemos ese extraño semáforo que detectaría erupciones pero sí hemos leído a varios economistas que sin ser expertos vulcanólogos, percibieron desde un principio las consecuencias nefastas del programa de Cambiemos, como Alfredo Zaiat, Claudio Scaletta o Mariano Kestelboim, por sólo nombrarlos a ellos. En el mismo artículo, algunos voceros del ministerio de Hacienda explican la crisis por algunos “shocks impredecibles” y con una honesta aunque involuntaria confesión de parte declaran que “había razones para que nadie los vea”. Como escribió Upton Sinclair: “Es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”.

El gobierno y sus entusiasas parecen seguir los pasos del notable diputado Bossio, un ex kirchnerista que descubrió los horrores de su espacio político apenas éste perdió las elecciones presidenciales y que apoya con ahínco las iniciativas oficialistas pero lamenta con pasión sus consecuencias. Cambiemos pasó así de vanagloriarse de ser el mejor equipo de los últimos 50 años a justificarse como un gobierno jardín de infantes, que no es responsable de las consecuencias de sus actos, apenas de llevarlos a cabo.

Cuando el Presidente anuncia que persistirá en el mismo camino fallido, a la vez que culpa por la crisis a la oposición, la sequía, la suba del petróleo, los mercados, el dólar, el mundo tan volátil o las cosas que pasan, es difícil no recordar a uno de sus predecesores, Fernando de la Rúa.

Sólo pido que sus asesores no lo hagan golpear sobre una mesa. Es una de las pocas calamidades que todavía pueden evitar.