"A los blancos hizo Dios, a los mulatos San Pedro, a los negros hizo el diablo para tizón del infierno", vocifera el Martín Fierro buscando provocar al hombre negro, al que muestra bruto y sin sentido del humor frente a sus “coplitas”, que no son más que agresiones.

Los versos de José Hernández componen una biblia racista y tejen las redes que contendrán el relato fundacional de esta tierra. Entre esos versos encontramos las principales fuentes de porqué nunca funciona bien lo que se entiende como racismo o no racismo, lo que lleva a una inminencia de expresiones racistas que se suceden con la verborragia habitual a cuando alguien quiere salirse de una zona de riesgo, aunque el riesgo no sea para uno. La ajenidad con la que se nos presenta lo racial lo convierte en propio.

El pulso de esas expresiones es que se presentan inofensivas y agraciadas, pero son gestos conformes a una narrativa que nos trasciende. A lo largo y ancho de América sobran ejemplos de cómo se adorna en un acto cultural un terrorismo racista para desprenderse de un mientras tanto en el que se ordenaban los rompecabezas territoriales, es decir, la disputa del poder económico.

El film El Nacimiento de una Nación

Así como en Estados Unidos El Nacimiento de una Nación planta las pautas de criminalización sobre la comunidad negra una vez abolida la esclavitud, aunque vigentes hasta hoy, cuando el gaucho clava el facón en el cuerpo del hombre negro augura el relato ideológico de la excepcionalidad argentina: un país sin negros y naciente bajo el fervor del artículo 25 de la Constitución Nacional, el que espera con brazos abiertos a la inmigración europea.

Decir “somos hijos de los barcos que llegaron de Italia y España” no solo es negar la colonización, a los pueblos originarios y a los barcos que llegaron desde las costas africanas siglos atrás, también producto de colonizaciones. La trampa de esta negación es la racialización de esos barcos europeos. El eurocentrismo americano tiene esa piedra en el zapato.

La gran mayoría de esos inmigrantes no vinieron a hacer turismo existencial, escapaban de escenarios bélicos, pobreza, persecuciones religiosas, políticas, ¡raciales! La condición migrante no es dejar la tierra natal, son las circunstancias que obligan a hacerlo y a las que se exponen en ese habitar desarraigado un no-lugar de pertenencia. La xenofobia es íntima del racismo porque el inmigrante es variable racial.

Como explica Steve Biko a partir de la idea de conciencia negra, la que recuerda que raza es una construcción política, negro es el marginado social, el perseguido político, el explotado, no es un tono, ni siquiera cuando el conflicto se materializa a partir de la percepción ridícula de una “piel de color”.

Frantz Fanon hablaba de comunidades tercermundistas, independiente de si es potencia o no el país donde habiten, porque negro es una construcción política en pos de un poder económico. La respuesta es esa conciencia que aparece como herramienta indispensable de organización y que mantiene una tradición de lucha y resistencia que se inaugura frente a las colonizaciones.

Convencido de no ser racista, el argentino cuanto más pretende no serlo, sumergido en la comprensión racial nacional del gaucho, se confirma como tal. La tragedia en este punto tiene un clímax en el convencimiento que sugiere al racismo como patrimonio exclusivo de las derechas.

Spoiler: el peronismo, las izquierdas, feminismos y progresismos —ambos transversales ya a todas las nociones de partidismo convencional— son tan o más racistas que la derecha, porque, además, lo niegan, camuflan, intelectualizan, lo llevan a otros campos de discusión (los límites del humor, con la corrección política ya no se puede decir nada, si te molesta “x” el racista sos vos porque no tiene nada de malo decir “x”, etcétera). La implicancia del “tengo un amigo judío” trasladada al campo racial aparece de múltiples formas porque el racismo es dinámica cotidiana.

Todos estos gestos de reformulación sellan nuestra condena porque nadie puede cambiar lo que cree que no es. Nadie quiere cambiar lo que niega sabiendo que en ese cambiar perderá algo. Muchos de esos “nadie” son los que después pretenden que esos sectores racializados abracen al campo que ellos piensan como “nacional y popular” desde avenidas de la Ciudad de Buenos Aires. Son los que se indignan porque Pablo Sirvén habla de un “africanizado conurbano” pero si lo dicen afines no se inmutan. Como si el racismo y esa sustantividad no neutra se midiera en buenas o malas intenciones.

Solo el antirracismo es lo que deviene en no racismo y es urgente poder entenderlo. Es hora de juzgar al gaucho que se pavoneaba por el asesinato del negro. “Me hirvió la sangre en las venas y me le afirmé al moreno dándole de punta y hacha pa dejar un diablo menos”, porque no hay tal Memoria, Verdad y Justicia mientras el gaucho sea festejado y el piberío racializado siga desapareciendo. Esto no es prescindir de un poema nacional, de hecho, lo tenemos. Es hora de formalizar como el negro asesinado renació y vino a sacudir nuestra historia negada.

Maradona en su juventud

Ese negro renacido como Diego Armando Maradona en un hospital público del “africanizado conurbano” es la única gran expresión antirracista argentina. Que sustantivar África y el conurbano sea el florecimiento de una conciencia negra que festeje al negro que nunca renegó de sus orígenes, que sea un gesto de reparación y reivindicación para con pueblos originarios, para la afrodescendencia que dio la vida por la independencia de esta patria, un gesto de unidad para con la diáspora. En definitiva, el florecer de un nacionalismo interseccional lúcido que abrace y honre su historia, que funde un nuevo ser solidario.

Porque es el antirracismo el mapa que contiene todas las causas, órgano vital de la justicia social. En palabras de Ijeoma Oluo, “La belleza del antirracismo es que no tenés que fingir que estás libre de racismo para ser antirracista. El antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que se lo encuentre, incluso uno mismo. Y es el único camino posible para poder combatirlo”.

Por Bárbara Eva Pistoia.