La primera presidencia de Yrigoyen

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Habíamos quedado en que Roque Sáenz Peña cumplió su parte del trato al sancionar una nueva ley electoral y que Yrigoyen cumplió la suya, al dejar de lado las revoluciones y al presentar su partido en las elecciones. Ya les había ido bien a radicales y socialistas en las urnas en 1912 con el nuevo sistema y ahora iban de nuevo, pero a las presidenciales.

Estamos en los albores del nuevo siglo, despidiendo a la república conservadora y recibiendo al radicalismo, mientras el mundo se está reventando a cebollazos con muertos para hacer dulce y tirar al techo.

Pero veamos un poco de qué venía este muchacho, al que le decían “el peludo”, por su aversión a socializar. Como marca de nacimiento era sobrino de Leandro N. Alem que, para ese entonces, ya se había volado la tapa de los sesos, tío al que tanto admiraba como combatía en la interna radical, cosa que les apasionaba desde la mismísima creación.

Yrigoyen fue comisario y presidente del Consejo Escolar de Balvanera. También profesor de filosofía, instrucción cívica e historia, y diputado. Estudió derecho, lideró revoluciones y fue líder abstencionista del radicalismo durante el período conservador. Además, tenía unos campitos de los que vivía cuando donaba su salario.

Hipólito, el presidente

El binomio radical Hipólito Yrigoyen–Pelagio Luna ganó con el 45% de los votos sobre la fórmula conservadora de Rojas–Seru, además de la lista progre de De La Torre y la socialista de Justo. La cosa no le quedaba tan cómoda, sin mayoría parlamentaria, con provincias que seguían en manos conservadoras y con los medios en manos de los viejos dueños en contra.

Don Hipólito llega a la presidencia de la mano de los nuevos usos y costumbres que habilitaron a votar a un nuevo actor, la clase media. El apoyo popular estaba, tanto que aquel 12 de octubre al dirigirse de la Asamblea Legislativa a la Casa Rosada para sentarse en el sillón del siniestro Rivadavia, el gentío desenganchó los caballos de la carroza y la llevaron a pulso. La “chusma en alpargatas”, como le dieron a llamar los dueños del antiguo régimen, el populacho. Un horror, oigan.

Había que hacerse cargo del país, bancarse las obstrucciones (al menos hasta las próximas legislativas) y sacar lo que se pudiera por decreto. Para el tema de las provincias gobernadas por la oposición o por radicales traviesos, optó por la solución de las intervenciones, algunas por ley y otras a través de decretos. Siempre aclaró que los gobernadores elegidos con la vieja ley carecían de legitimidad, y chau picho.

Gobierno en marcha

Los proyectos enviados al Congreso solían dormir el sueño de los justos, cuando no eran rechazados, como la creación del Banco Agrícola, de préstamos para la siembra, la creación de la flota mercante nacional y la ley del Banco de la República, a la postre un Banco Central para ordenar la emisión monetaria y regular el crédito y las tasas de interés.

Tampoco pasaron el filtro de los conservadores que no estaban dispuestos a soltar el mango de la sartén donde habían rehogado al país durante 50 años, el impuesto a los réditos y la ley de enseñanza.

Era un gobierno de corte nacionalista que pretendió el control de la energía, el petróleo y los medios de transporte. De hecho, se metió con los ferrocarriles cuando impuso controles a las tarifas de las compañías británicas e impulsó la salida al Pacífico a través de Ferrocarriles del Estado.

Relaciones internacionales

En cuanto a la guerra se mantuvo la neutralidad, pero los coletazos se sentían. Las fábricas que recibían insumos importados estaban paralizadas, las exportaciones de carne y granos se derrumbaron y el valor mismo de las tierras empezó a caer drásticamente.

Sumado a la difícil situación del intercambio internacional, veníamos de un vicecónsul pasado por las armas en Bélgica y un buque tomado por los alemanes, hechos por los que el Gobierno anterior no había dicho esta boca es mía y estos muertos, también.

A Yrigoyen le tocó el hundimiento del “Monte Protegido”, por lo que el Congreso le pidió romper relaciones con los tetracampeones del mundo, cosa que no hizo tras recibir la promesa teutona de indemnizar a los dueños del barco y hacerle un homenaje a nuestra bandera, pero cuando terminara la guerra, que ahora estaban ocupados con el asuntillo ese.

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La revolución de los gremios

En esos años aumentó la cantidad de gremios y sus afiliados, también se respetó el derecho a huelga. Incluso en la de los ferroviarios, Yrigoyen se negó a reemplazarlos por oficiales de la Marina. Además, hubo un importante crecimiento económico, aún, como récord en la materia.

Se sancionó la ley de alquileres -dio valor social a la propiedad privada- y la ley de amparo a la familia. También se creó el régimen jubilatorio para empleados y obreros de empresas privadas de servicios públicos, y se crearon las cajas de jubilaciones para empleados de servicios públicos.

Pero don Hipólito no iba a ser la excepción en eso de tener una masacre a cuestas. Se la apuntó en enero de 1919, en la llamada Semana Trágica, cuando los trabajadores de la metalúrgica Vasena tuvieron la loca idea de pedir mejores condiciones de trabajo, una jornada laboral de 8 horas, pago de horas extras y terminar con el trabajo a destajo. Insensatos.

Semana Trágica

Yrigoyen puso al frente de la policía a Dellepiane y le dio rienda suelta para reprimir. En una semana, con una emboscada en el cementerio de la Chacarita incluida y con réplicas en otras ciudades y en el interior, la jodita facturó entre 800 y 1.000 muertos, y alrededor de 4.000 heridos. Ninguna de las fuerzas de seguridad, que además fueron felicitadas, recibieron donaciones de la alta suciedad.

Finalmente, y a un costo un poquito alto, la huelga triunfó. Dellepiane renunció y don Hipólito liberó a todos los detenidos.

El caos dijo presente (de nuevo)

La otra que le vino torcida fue la pelotera conocida como La Patagonia Rebelde: un quilombo en Santa Cruz por mejores salarios y viviendas para los peones de campo. Para hacerla corta, el Gobierno mandó al Teniente Coronel del Ejército, Héctor Benigno Varela, con dos Regimientos de Caballería a poner orden, cosa que en principio consiguió.

Al caer el precio de la lana y complicarse la temporada de esquila el conflicto, el conflicto reverdeció. Cuestión que se acabó la saliva y se pasó a la pólvora. Cada huelguista que no depusiera su actitud, dijo Varela, sería fusilado. Y, hombre de palabra, cumplió. En pos de preservar el prestigio de la fuerza y la confianza de la sociedad en ella, Yrigoyen no procesó a nadie.

La Patagonia Rebelde

Ya de salida, y aprovechando la paz que gobernaba al mundo, después de cobrarse unos 20.000.000 de fiambres, y la aparición del motor de combustión, Yrigoyen fundó la querida YPF para explotar y comercializar el petróleo argentino compitiendo contra las compañías yankees y británicas. Sería su sucesor el que la pondría en marcha con el General Mosconi al frente, su ideólogo.

La caída de Hipólito

Se venían las elecciones y, para sucederlo, Yrigoyen se inclinó por Máximo Marcelo Torcuato de Alvear que en esos momentos andaba por París de embajador. El próximo presidente era nieto del hijo de puta de Carlos María, hijo de Torcuato y hermano de Carlos Torcuato, intendentes que dieran imagen y semejanza parisina a la opulenta Buenos Aires.

Y adivinen si iban a terminar todos a las patadas o no.