Aramburu, el mano dura

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Nos quedamos en que Lonardi había resultado medio tibiecito. Cuando te ponen para hacer las cosas y te ponés dulzón, te sacan para poner a otro que lo haga mejor, entonces no hay que decepcionar. Así que el almirante Rojas, desde la comodidad que da la vicepresidencia, mandó a la cancha al tal Aramburu.

Como contábamos, tenía que rendir rápido o también lo harían tomarse el buque. Y para eso había que meter mano dura y decisión. Sobre todo contra el peronismo, cosa que al almirante, también conocido como hormiga negra, lo sacaba de quicio.

Entonces el flamante presidente de facto, cordobés, militar, formado en el Colegio Militar y profesor de historia, fue a lo profundo: proscribir al peronismo, prohibir sus diversas denominaciones, destruir sus símbolos y hasta impedir nombrar a su líder, a quien ahora llamarían, preferentemente, el tirano prófugo.

En la misma línea de trabajo, intervino los sindicatos y la CGT y detuvo a todos sus dirigentes, para que no se ablandaran tampoco. La Pampa y La Plata dejaron de llamarse Eva Perón y el Chaco dejó el nombre del quetejedi para volver a ser el Chaco.

Aramburu en visita presidencial al inaugurar el Monumento a la Bandera en Rosario

Don Eugenio Pedro tampoco estaba solo, gobernaba junto a una especie de Poder Legislativo, un órgano al que dieron en llamar Junta Consultiva regenteada por el vicepresidente. Para mostrar espíritu democrático y buena voluntad, la integraron los partidos políticos que no eran liderados por el quetejedi. El radicalismo, el socialismo, los demócratas -los cristianos y los progresistas-, todos aportaron sus hombres y mujeres para esta noble tarea. Alende, Alicia Moreau de Justo, Repetto y Zavala Ortiz asistían a las reuniones del almirante en el Congreso de la Nación a fin de responder las consultas de los libertadores, jurar la nueva Constitución y blanquear fusilamientos de díscolos. Los comunistas fueron los que no participaron de esta gesta.

Como el bendito rol de los medios ya era algo importante en esa época, el Gobierno intervino los principales diarios y radios para transmitir su mensaje de paz y armonía sin la interferencia de los que siempre quieren meter palos en la rueda.

Mientras tanto nos clavó una deuda externa de 700 palos fuertes, la inflación se fue a valores cósmicos y toda la platita que habíamos amarrocado durante la Segunda Guerra se fue al demonio.

Pero claro, como siempre, nos quedamos sin capacidad de pago. Así que los juntamos a todos en la hermosa París para pedirles la pelela. Les contamos que no se pudo, que aguantamos todo lo que pudimos, pero que no había biyuya, tarasca, viva o como quisieran llamarla, para cumplir. Y así se formó el famoso Club de París, que no era el poderoso PSG, el que tiene a Ney y ahora quiere a Messi. De paso, nos metimos en el FMI.

A todo esto, el peronismo plantó resistencia. Primero con alguna huelga, donde podía. También con algún sabotaje. La cosa fue un poco más específica en junio de 1956 cuando al mando del general Valle decidieron dar una asonada intentando boletear al Gobierno.

Aramburu

No sólo no funcionó, la jodita terminó con una treintena de insurrectos fusilados, mientras que el quetejedi le escribía a Cooke que estos muchachos habían sido un tanto imprudentes, cosa típica de los militares. Y lean Operación Masacre. Dense el gusto.

En todo este sainete, el radicalismo tenía sus cuitas internas ya para la Asamblea Constituyente de 1957. Frondizi y su sector pretendían un acuerdo con los innombrables y el resto no. A lo hecho, pecho. Se cargaron a la Constitución de 1949, retornando a la de 1853, menos moderna, pero, como igual se la iban a pasar por la bisectriz, tampoco se necesitaba nada del otro mundo. Por las dudas se aclaraba en la letra chica que “siempre que no se opusiera a los principios de la revolución”. No sea cosa que no haberla leído les trajera algún contratiempo. Se incorporaron, eso sí, los derechos sociales con la creativa fórmula de artículo 14 bis.

Ya con la peña bastante revolucionada Aramburu se decidió a llamar a elecciones. Por supuesto, sin los indecibles.

Como vimos, los de la boina blanca andaban a las patadas. De un lado el frondicismo que repudiaba al Gobierno de facto y quería una fórmula presidencial que los mostrara listos para la democratización, del otro, los balbinistas que no querían saber nada. La Convención de Tucumán votó a favor de los primeros y eligió al correntino Arturo Frondizi como candidato a presidente. Y así, el frondicismo formó la Unión Cívica Radical Intransigente y los balbinistas la conservadora Unión Cívica Radical del Pueblo.

Cuentan las malas lenguas que entre Rogelio Frigerio y John William Cooke llegaron a un acuerdo para que el quetejedi mandara a sus acólitos a votar por don Arturo a cambio de la devolución de sus bienes, levantar la proscripción, normalizar la CGT, los sindicatos y cosas por el estilo.

A esta altura el exilio iba por la parte de Venezuela, donde conoce a Isabelita, otra historia apasionante de amor y aventuras, mientras el cadáver de Evita seguía dando vueltas por el mundo en otra saga de peripecias que mejor no recordar. O mejor sí.

Arturo Frondizi

Frondizi fue a las elecciones con Alejandro Gómez de vice, del otro lado la UCR balbinista lo enfrentó con la fórmula Balbín – Santiago del Castillo. La UCRI los pasó por arriba, los destrozó, titularían hoy algunos medios, 45% a 29%. Lapidario, quedaron pedaleando en el aire. La Pampa y Misiones no pudieron participar por problemas que aquí llamaremos técnicos, más precisamente no tener una Constitución acorde a la Revolución.

Así, don Arturo Frondizi se ganaba el derecho a sentarse en el sillón del funesto Rivadavia. Antes necesitó que el presidente de facto saliente le calmara a unos milicos que se habían puesto nostálgicos antes de tiempo y querían evitar la asunción.

El 1º de mayo de 1958, Aramburu le entregaba el poder a un presidente más o menos democrático. Y en default, como es costumbre. Aramburu iba a terminar mal, don Arturo más o menos y el almirante, después de intentar y fracasar con otros golpes de Estado, caer preso y pedir la guerra contra Chile por el Canal del Beagle, sería anfitrión de un presidente peronista que, por la paz y la concordia, fue hasta su domicilio, en la exclusiva Recoleta, en pos de la reconciliación de los argentinos que llevábamos 40 años de unos contra otros. Como ahora.