Costumbres argentinas

Avellaneda es sinónimo de fútbol, pero también de comida gracias al Tano, una parrilla que representa la idiosincrasia argentina: comer hasta el hartazgo.
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Si se busca “una verdadera parrilla argentina”, donde comer “carne exquisita” y “variada, con todos los cortes y achuras”, éste es el sitio indicado. Es un lugar para que vengas con tu grupo de amigos, tus familiares o tu pareja. Pero eso sí: ¡Con mucha hambre y ganas de divertirse! Un servicio especial –“sirven asado a grandes cantidades y sin necesidad de pedirlo”– siempre que no se sientan molestos por la informalidad.

Así se presenta El Tano de Avellaneda en su página web y podría cerrarse la nota acá. La descripción es (casi) tal cual, pero ningún editor permitiría una nota de un párrafo, así que empieza el alargue.

El Tano de Avellaneda debería llamarse El Tano de Argentina, porque representa la costumbre argenta de comer a explotar. Cantidad mata calidad. Si uno va a pagar 400 pesos el servicio de mesa (sin bebida), tiene que exprimir cada centavo y explotarse las arterias de grasa. No hay punto medio: al Tano no se puede ir a picar.

La carne no para de pasar delante de tus ojos y uno es humano, la tentación es irresistible y pincha todo lo que pasa: provo, chori, morci, chinchu, asado, costillar, matambrito, lomo, ensaladas, papas fritas La única distracción que tienen tus ojos son las camisetas de fútbol que decoran el lugar, que hay de todo tipo y color, exceptuando una… El Tano es tan fanático de Independiente que no hay NADA de Racing.

Para ir al Tano hay que ser estratega. Con el perdón de las damas, hay mucho corte que no vale la pena, por no decir todos. Tan sólo el matambrito (de vaca) a la pizza con huevo frito es lo que paga el cubierto. ¿El resto? Un querido amigo lo describió como ‘‘olvidable’’ y me sumo a ese tren.

Es difícil nadar contra la corriente, pero la esencia del Tano no está en la comida, está en la experiencia: ir a comer a explotar con amigos, con momentos de música al palo y ya. Vendría a ser como una excursión, no más que eso, porque insisto: la comida, exceptuando el matambrito, está más floja de pelpas que La Casa de Papel.

Párrafo aparte para el piso, que está lustrado de tanta grasa que cae de los platos y de los costillares que reparte nada más y nada menos que Fabio, hijo del Tano. “Pasá, pasá” y “Vamo', vamo'” son algunas de sus frases, dignas de Ramón Díaz, cuando te pone un costillar inmenso arriba de la mesa. Imposible no encariñarse con semejante personaje. Hablando de la grasa, prácticamente todos los cortes tienen una proporción 60/40: 60% grasa, 40% carne (en realidad, me quedo corto con el porcentaje, pero no quiero que me odien los Tanoliebers).

Sin dudas el Tano es un lugar que representa nuestra cultura de mesa navideña, de comer como si no hubiera un mañana. Desde Barril no nos llevamos muy bien con ese post dolor de panza que te recuerda por qué comiste tanto, pero una vez hay que ir. Conocerlo es un checklist obligado de Buenos Aires, porque El Tano ya es un ícono de la Provincia… Podrá gustar o no, pero la realidad es una: hay fila de martes a domingo a cualquier hora.