Aires de soberanía: la despedida de Whitelocke

Entrado 1807, los ingleses, que ya se habían reforzado como había pedido Beresford, dominaban la Banda Oriental desde Colonia hasta Maldonado y, para mediados de año, ya habían juntado la friolera de diez mil soldados que quedarían al mando del recién llegado General John Whitelocke.
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De este lado del río a Sobremonte se le agotó el crédito, no le aguantaron más derrotas y una Junta de Guerra lo despachó a España, donde no le fue tan mal. El poder se lo dejaron a la Real Audiencia, que nombró Virrey a cargo al francés Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, por tener el rango militar mas alto del barrio.

Buenos Aires, después de la primera invasión, se había militarizado creándose los Regimientos de Patricios, de Cazadores Correntinos, de Dragones, de Arribeños, y los tercios de Andaluces, Gallegos, Vizcaínos y Catalanes, entre otros.

Santiago de Liniers.

Así, Liniers tenía el mando militar y De Álzaga, que era el alcalde de la ciudad, tenía la ascendencia sobre los vecinos para sumarlos a la defensa cuando y como fuera necesario.

Este era el cuadro para finales de junio de 1807, cuando Whitelocke se nos apareció en Ensenada al frente de ocho mil hombres y un montón de barcos cargados de mercadería para vender.

Oigan, que nunca hay que descorchar antes de tiempo, decía un reconocido filósofo.

Y, para qué negarlo, arrancamos mal. Whitelocke venció a Liniers en Miserere y tomó algunos puntos de la ciudad. Pero, este páramo milagrero, tuvo suerte, porque acá siempre nos salva la suerte y una, una siempre vamos a tener. Resultó que el británico se durmió en los laureles y se tomó un par de días para dar la estocada final mientras mandaba a las tropas a desfilar por las calles. Liniers pudo rehacerse y el Cabildo, con De Álzaga a la cabeza, organizó a los vecinos armando barricadas, pozos, trincheras y ollas de agua caliente para tirar desde los techos. Y así, se dieron dos jornadas de sangre y fuego con muertos para todos lados, donde el entusiasmo de los criollos superó a la organización y la disciplina de los casacas rojas.

De Álzaga.

Para que tenga y guarde

Whitelocke tuvo que rendirse y, no solo perdió definitivamente a Buenos Aires, sino que tuvo que entregar los territorios ganados en la Banda Oriental.

Chocó la Ferrari, así que se tuvo que comer el garrón. Estaba representando a un imperio hecho y derecho y lo echaron a escobazos. Un papelón. Pero, además, aceptó condiciones de rendición humillantes, inaceptables para el orgullo anglosajón. Así que le tocó un Consejo de Guerra. Estaba fregado, el fusilamiento pagaba un penique.

El Consejo se llevó a cabo en Chelsea en 1808, y se lo encontró culpable de cuanto cargo le endilgaron, excepto el de llevar las armas descargadas – imagínense ya el nivel de bochorno –, declarándolo “inepto e indigno de servir a Su Majestad en ninguna clase militar”. Una joyita, pero con gusto a poco porque no lo fusilaron como pedía el populacho inglés con toda su fanfarronería herida.

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Un tal almirante John Byng

Ahora, si ustedes vienen siguiendo esta página, habrán visto la semana pasada que en el Museo de Historia tenemos un cuadro siniestro sobre la primera invasión, fechado unos cien años después de los hechos. Pues bien, si andan por ahí alguna vez, verán, justo al lado, a la izquierda, una viñeta que sí es de la época.

En esa viñeta, Whitelocke está sentado en un sillón, espantado ante el fantasma de un tal almirante John Byng quien se le aparece increpándolo por no haber sido condenado a muerte como él.

Almirante John Byng.

El almirante John Byng carga el sambenito de haber perdido, allá por 1756, la isla de Menorca, y nada menos que a manos francesas. Y cuando se pierde, se necesita un culpable. Y este hombre tenía todos los números, al Consejo de Guerra, y chau picho. Se la dieron por no haber hecho todo contra el enemigo en el campo de batalla. Eso sí, le perdonaron el cargo de cobardía, que ya parecía saña.

Lo fusilaron a bordo del HMS Monarch sin que el pobre Byng hubiera hecho peor papel que nuestro derrotado Whitelocke.

Pero, resulta ser que Whitelocke tenía sangre, sino azul, al menos, celeste. Lo de siempre. Así que lo mandaron de rositas, con una foja de servicios vergonzosa, pero con la cabeza pegada al cuello y el uniforme sin agujeros. Y con el fantasma del Almirante a cuestas, claro.

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Volviendo a nuestro parque, los criollos habían limpiado al delegado del Rey, adquirido conciencia de su valor – vencieron a uno de los ejércitos más poderosos del mundo – y una creciente organización militar. Y, de paso cañazo, habían conocido el libre comercio. Para peor, Carlos IV se estaba metiendo en camisa de once varas con el tal Napoleón.

La cosa se ponía a punto nieve, colegas, con un semillero de jóvenes ilustrados que venían con ideas emancipadoras, con conocimientos de administración y organización política, bien formados, eficaces y con los huevos bien puestos para meterse en el barro a plantar bandera y hacer una nación.

Pero también, por esos días, entre el Fuerte, el Cabildo, la Plaza de la Victoria y las casas de algunos vecinos más vecinos que otros, se empezaba a guisar el veneno que nos acompañaría para siempre, la imperiosa necesidad de dividir nuestra existencia entre vencedores y vencidos. Por la cara, sin perdonar vidas ni haciendas.