Alrededor del 90% de la población argentina debe mantenerse aislada en sus hogares. En total serán 23 días de encierro cuando llegue el 12 de abril y se levante la prohibición de circular por las calles.

Mientras que algunos se dividen entre trabajo y actividades dentro de sus propias casas, Gabriel Marquez recuerda cómo pasó seis años y seis meses encerrado en prisión.

Leer, estudiar y practicar deportes, mantener la mente ocupada es clave para poder pasar los días en la cárcel. Gabriel ingresó a sistema penitenciario a los 18 años, primero lo metieron en un calabozo de una comisaría donde rogaba que no lo terminen llevando a “la uno”. Sin embargo, así lo decidió la Justicia.

La violencia y la superpoblación es uno de los problemas principales en las cárceles de Argentina. Foto: NA.

Comenzó a cumplir su condena en el penal Nº 1 de Olmos, en La Plata. Una de las prisiones con mayor violencia y superpoblación. “Era una cárcel estructuralmente fea y con muchos años. Parecía un hospital gigante y la única luz solar entraba por una ventana pequeña entre los barrotes”, relató.

En la celda compartía espacio con otros nueve reclusos, “vivían diez y solamente había ocho camas, dos dormían en el piso”, recordó Gabriel. Lejos de mejorar, la situación empeoró. “Donde debía haber 10 ponían a 14. Al principio tenía mucho miedo. Cuando uno está encerrado piensa que es lo peor, pero te acostumbras”, afirmó.

Para mantenerse ocupado, comenzó a leer. “Siempre me gustó. Agarraba cualquier diario o libro, era una forma de pasar el tiempo”. Procuraba llevarse bien con sus compañeros de celda para poder jugar a las cartas o compartir un mate. “Charlábamos mucho, hablar y contarnos nuestros problemas también era una manera”, expresó.

A diferencia del coronavirus, que representa un peligro invisible, en prisión el riesgo pasa por el lado de la violencia. Gabriel contó que entrenar podía resultar "incómodo" porque “pensaban que uno se estaba preparando para pelear, pero en realidad solo lo hacía para mantener mi cabeza ocupada”.

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Sin embargo, los roces están, el miedo era parte del clima, "te tenías que preparar para lo que podía llegar a pasar”. Los primeros ocho meses entre cuatro paredes fueron difíciles para él, sobre todo cuando le quedaban otros cinco años más. “Sentía que no iba a llegar más, que me moría. Aunque, con el paso del tiempo te acomodás”.

Mientras contaba el tiempo que le quedaba intramuros, se alejó de las peleas, en especial tras un incidente que le mereció unos 10 días en el “engome” o la “caja”. Una celda pequeña que no supera los cuatros metros cuadrados, completamente aislado de los demás presidiarios: “Ahí sí, ocupás tu mente en lo que puedas. Había una guitarra y aprendí a tocar a la fuerza para no volverme loco”.

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Durante su paso por sistema carcelario, Gabriel tuvo varios traslados hasta que llegó al penal Nº 48 de San Martín donde conoció a Los Espartanos. Un club de rugby que funciona dentro de las unidades penitenciarias y ayudan a mejorar la vida de los internos.

Gabriel (centro) junto a los integrantes de los All Blacks, durante una visita a la Unidad Nº 48 de San Martín. Foto: NA.

Actualmente con 27 años, su estadía en prisión poco tiene que ver con su vida actual. Trabaja en una planta de energía y continúa estudiando. Toma clases de inglés y está a punto de finalizar el secundario, a causa del coronavirus debe ser a la distancia: “Espero poder terminar pronto, así puede empezar con una carrera universitaria”.