Sin boliches ¿hasta noviembre?

Los empresarios reconocen que será un año perdido para la actividad, que arrastra recesión desde 2016. El temor por las fiestas clandestinas, y una particular excepción.
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La pandemia del coronavirus paralizó la actividad económica en la Argentina. La sociedad entera se confinó en sus hogares para amortiguar el impacto de la enfermedad y la mayoría de las industrias transitan el día a día envueltas en incertidumbre. En este contexto, el rubro de la noche fue el primero en bajar las persianas y será el último en reabrir las puertas. Si bien todo estará supeditado a la evolución de la curva de contagios en los próximos meses, los pronósticos más optimistas descuentan que los boliches no funcionarán hasta noviembre.

El secretario de la Cámara de locales bailables de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Beco, cree que no habrá solución hasta que no encuentren una vacuna contra el virus. “Honestamente, y con un gran dolor en el alma, no puedo decir cuándo podremos retornar”, lamenta ante la consulta de El Canciller.

Previo a que se decretara el aislamiento social, preventivo y obligatorio, a los 120 boliches “clase C” de la Capital Federal asistían, en promedio, 150.000 personas por semana. Sólo en el distrito porteño la industria engloba a más de 25.000 empleados, que no podrán trabajar, como mínimo, durante los próximos seis meses. “La única salida que tenemos es que el Gobierno nos apoye, con ayuda para pagar los sueldos del personal y la eximición de impuestos. Necesitaremos una moratoria durante estos meses hasta que vuelva a abrir el negocio. La continuidad de la actividad depende de las autoridades”, indica Beco.

Los empresarios del sector saben que serán los más postergados en la batería de medidas que implementa la Casa Rosada a diario para paliar la crisis económica. Hoy están a la expectativa. Todavía no tienen certezas sobre si podrán acceder a créditos blandos para atravesar el tsunami, como ellos mismos denominan. Es que las boletas de luz y agua siguen llegando, pese a la nula utilización de los salones. Y, según apuntan, la actividad ya venía golpeada. Del 2016 a la actualidad, se produjo un descenso del 20% año a año, algo que se atribuye a una cuestión cultural: en vez de ir a bailar, muchos eligen otros planes.

“Esto es una regla de tres simple: si las clases reanudan en agosto, como se está rumoreando, lo lógico es que las discotecas no abran antes de octubre. Muchas de ellas van a cerrar”, apunta Gustavo Palmer, vocero de la Cámara de locales bailables de la provincia de Buenos Aires y encargado de los boliches Club Aráoz (CABA) y Pink (Pinamar). La proyección de Jorge Beco es más drástica: recién podría existir una reapertura en noviembre, con medidas de seguridad muy estrictas como la regulación de la capacidad y pautas de distanciamiento.

El análisis de Palmer encierra lógica. El regreso del ciclo lectivo implica que 100 personas, como máximo, compartan un aula con ciertos criterios de separación. El retorno de los boliches implica un hacinamiento que, en los salones más espaciosos, puede abarcar a más de 3.000 personas. A diferencia de colegios y universidades, los asistentes a las fiestas nocturnas van a interactuar de manera personal, bailar y, en muchas ocasiones, establecen contacto físico estrecho. Tras el paso de la pandemia, se podría presumir que los hábitos van a cambiar.

¿Qué pasará con las fiestas clandestinas?

Con los boliches cerrados hasta nuevo aviso, florecerán las fiestas en casas, galpones y espacios públicos, como plazas. No sólo se percibe en ello una problemática, sino que se puede convertir en una bomba de tiempo. Si esta modalidad -que incluye alcohol, parlantes y bullicio- ya proliferaba desde hace años y suponía múltiples denuncias de los vecinos a la policía por los ruidos molestos que ocasionaban, ¿cómo harán para controlarlas sin el funcionamiento de los boliches?

“Va a ser un problema al cubo, porque esas fiestas no tienen ni una condición de seguridad. En plena cuarentena, en Avellaneda, había 25 personas haciendo una fiesta el otro día. Cuando se comience a flexibilizar el aislamiento, las fiestas clandestinas van a aflorar. Queremos tener un diálogo con el Gobierno para alertarlo, debe pensar medidas para que esto no ocurra“, sostiene Palmer.

“La gente cuando pueda empezar a tener un poco de libertad, va a realizar ese tipo de fiestas. Será imposible evitarlas. Yo no veo solución. Tenemos que encontrar variantes para darle seguridad a esa gente, más allá del negocio”, añade Beco.

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La Bresh, una excepción en la pandemia

La fiesta Bresh vive un fenómeno impensado. El 24 de junio de 2016 tuvo su debut en Beatflow, un pequeño boliche de Palermo. De a poco, con el crecimiento en su convocatoria se estableció en un salón vecino, Niceto Club. Desde entonces, se convirtió en su hogar todos los fines de semana hasta que la pandemia dijo basta. No obstante, a finales de 2017 logró llegar a Mandarine Club, en la Costanera Norte. Su expansión en la Ciudad también abarcó algunas noches en Groove y el Teatro Vorterix.

En 2019 apostaron por un proyecto: con la marca consolidada, los creadores decidieron llevarla por todo el país. Y lo que nació como una fiesta porteña viajó a más de 20 ciudades nacionales. En diciembre pasado aterrizaron en el Estadio Malvinas Argentinas y en enero del 2020 alcanzaron su apogeo, con una noche en el balneario Mute de Mar del Plata que aglomeró a más de 10.000 personas. Tras una gira por la Costa Atlántica, pisaron suelo en Uruguay y, previo a la irrupción del coronavirus, gestionaban una gira por Sudamérica.

¿Cómo lograron sacar rédito de la pandemia? Los últimos dos sábados organizaron lives de Instagram con el DJ pasando -desde su casa y respetando la estética de la fiesta- la tradicional música de todos los fines de semana que abarca reggeatón, trap y pop.

En la transmisión más reciente, el set se extendió durante dos horas y media y llegó a un pico de más de 45.000 personas en vivo. En Twitter, la palabra “Bresh” se acomodó como trending topic durante toda la madrugada. Pero el dato más trascendente fue el aumento en el número de seguidores de Instagram: en tres años, la cuenta @fiestabresh había sumado 200.000; y solo en las últimas dos semanas, acumuló 100.000 usuarios más.

“La Bresh es un fenómeno que le debe el éxito a la comunidad que formó. Logró hacer eco de un montón de valores, sentimientos y gustos que llevaron a generar un nuevo producto en la noche. Por ahora, la única forma que encontramos para subsistir y mantener esa identidad que generamos con el público es utilizar la digitalidad”, cuenta Broder, uno de los DJ residentes.

Más allá de la masividad que la Bresh logró en medio de la cuarentena, el beneficio económico por los streamings es nulo. Ante la consulta de El Canciller, Broder cuenta las posibles alternativas con las que podrían recaudar: “Leí que Instagram tenía la intención de monetizar los lives y que eso genere algún tipo de ingreso. Otra chance es que los sponsors pongan el dinero para sustentar el producto, me parece que puede ser lo más próximo”.

Ante el rotundo éxito, este sábado la fiesta virtual se realizará desde las 00:00 hasta las 7:00, como en una noche de boliche normal. “Quedó demostrado que el valor de lo que uno hace no es simplemente juntar gente en un boliche, sino la alegría que genera. En un momento como este, que un sábado por la noche miles de personas se cambien en sus casas para bailar por zoom con sus amigos tomando algo, vale oro. Es nuestra forma de transmitir esperanza“, cierra.