Cuando se refiere a la reestructuración de la deuda, Martín Guzmán prefiere no hablar de éxito. Lejos de la euforia y la autocelebración, el ministro de Economía de Alberto Fernández suele decir que, al final de la larga y desigual negociación que llevó adelante con los grandes fondos de inversión, lo que se hizo fue “resolver un problema”. Así parece darle la razón a los que advierten que no hay demasiado para festejar, salvo el haber evitado el default absoluto y haber despejado en el corto plazo la avalancha de vencimientos que Mauricio Macri generó en tiempo récord. Guzmán coincide con los que afirman que la quita de U$S 37.000 millones que se obtuvo, la tasa de interés que se logró reducir del 7% al 3% y el margen de gracia más exiguo del que se pretendía a la hora de pagar no expresan un triunfo rotundo sino lo máximo que se podía conseguir, desde la debilidad múltiple que enfrentaba el gobierno del Frente de Todos en la pulseada con los pulpos de Wall Street.

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Sin embargo, después de meses de ser vapuleado desde afuera y desde adentro por los que querían desplazarlo de su cargo, el economista Guzmán acaba de anotarse un éxito en el terreno de la política, ese campo minado en el que se mueve con máxima prudencia. El discípulo tercermundista de Joseph Stiglitz no sólo pudo conservar el respaldo del Presidente sino que se alzó con la confianza esquiva de su vice. Cuatro horas en el departamento de Recoleta de Cristina Fernández de Kirchner, el lunes 3 de agosto, sirvieron para repasar los detalles de la última oferta y garantizarle un apoyo que en la primera línea del ancho oficialismo muy pocos tienen. El paso fundamental del ministro puede ser leído como parte de sus méritos, tal como lo hizo Fernández en las últimas horas, o como parte de la saga de fracasos de rivales que se cansaron de anunciar el peor final en cadena nacional.

A ese bloque de poder estridente que quiso voltearlo y delató así su propia fragilidad, Guzmán le responde a puro contraste, con un lenguaje que no rinde en el show de la polarización, le ahorra problemas al gobierno y sintoniza mejor con la realidad de una crisis que no se resolvió. La austeridad discursiva del ministro no es solo la característica de un académico que debuta en la función pública: es también el diccionario que delata problemas irresueltos que demandan solución urgente y, sin embargo, deberán esperar -en algunos casos- bastante más de lo que se supone.

Pasa por ejemplo con el dólar ahorro y la discusión que enfrenta a Guzmán con Miguel Pesce en el corazón del gabinete económico. Quienes frecuentan al ministro sostienen que se opone a prohibir la compra de 200 dólares porque lo ve como un parche más que no asegura la paz cambiaria. Frente a la urgencia de un Banco Central que quema reservas a una velocidad desmedida y ve cómo los sojeros retienen la cosecha, el profesor de la Universidad de Columbia le responde con una consigna que circula en el ministerio de Economía: “No podemos ser un gobierno que aguanta. Tenemos que marcar un camino”. Ese plan que tanto le reclaman desde el mercado empezará a llegar en cuentagotas con el borrador del Presupuesto 2021, pero la falta de dólares persistirá como mal crónico por varios ejercicios más.

Finalizada la etapa de adhesión temprana al canje local, el viernes se liquida la operación con los bonistas extranjeros y, desde el sábado, el ministro ultimará los detalles de un proyecto de ley que pretende reducir el déficit a la mitad en el año electoral. “Heterodoxo con restricciones fiscales”, según la amarga definición que le escucharon de sí mismo, Guzmán deberá hacer magia para que el bisturí no detone en mayores conflictos ni haga sangrar las chances electorales del Frente de Todos. Para ese desfiladero de lo más estrecho entre el ajuste que exige la ortodoxia y la expansión “que se pueda financiar”, el gobierno se encomienda a otro funcionario clave y de un perfil todavía más bajo: el secretario de Hacienda Raúl Rigo, un sobreviviente que fue subsecretario de Presupuesto de la Nación entre 2002 y 2017. Fogueado al lado de Jorge Sarghini, Carlos Mosse y Juan Carlos Pezoa, ahora Rigo deberá calibrar el destino de los fondos en plena sequía, mientras Guzmán tendrá que verle al FMI la peor cara. El organismo que preside Kristalina Georgieva entra a discutir por la suya y cuenta con los elogios de un gobierno que se cansó de agradecerle sus gestiones y hasta descubrió partículas de sensibilidad en la burocracia que responde a la búlgara amiga de Francisco.

Con una recesión interminable, cierre de empresas, aumento del desempleo, suba de la pobreza y salarios deprimidos, no sobra margen para las recetas de Washington. Las consultoras prevén un rebote para 2021 que compensará sólo en parte lo que se está perdiendo este año y se suma a lo que se resignó en los últimos dos de Macri.

Aliviado como nadie, Fernández recuperó el oxígeno y se muestra tan distendido como para ir a sentarse horas a la televisión o pasar por el departamento que alquila en Puerto Madero en busca de cosas olvidadas. Sin embargo, la pandemia avanza con un ritmo vertiginoso, los muertos son cada vez más, la tasa de letalidad aumenta y el ex jefe de Gabinete parece haberse quedado sin palabras para el problema que hasta hace unos meses ocupaba el centro de su actividad. Más de cinco meses después del inicio de la cuarentena, cuando las estadísticas exhiben la faceta más agresiva del COVID-19, el botón rojo no aparece y el Presidente se muestra en otra frecuencia. Quienes lo visitan en Olivos afirman que transmite su satisfacción porque acaba de ganar una mano en la partida de poker con las telcos y el impuesto extraordinario a la riqueza templa el ánimo de una tropa que se acostumbró a las malas noticias.

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Del otro lado de una polarización que se confirma cada día más vital, la postal no puede ser más distinta. Los pronósticos de catástrofe se mantienen y los ricos -que hace rato pusieron a trabajar la contabilidad creativa- ahora anuncian que se mudan a Uruguay. Como deforme traducción política de esos sectores, Juntos por el Cambio se endurece, se aferra a su núcleo duro y denuncia un giro estatista. De no ser un extravío general de la dirigencia política, el teatro de la cámara de Diputados por el formato de las sesiones ratifica que el oficialismo no tiene manera de penetrar con leyes la trinchera del antikirchnerismo y queda entre la parálisis y los decretos. Que el gobierno se sienta en un momento de relativa fortaleza cuando la oposición eleva el tono de la confrontación y la rabia rige la coyuntura, anuncia prontos intentos de tapiar la salida del laberinto que vislumbra el Presidente. Si alguien no tiene un minuto para relajarse, ese es Alberto.