Por el poder de Néstor

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El jugador

Le gustaba recordar que asumió con más desocupados que votos porque del reconocimiento de esa debilidad originaria hizo parte de su fortaleza. No lo votó nadie, no lo conocía nadie, era un Chirolita de Duhalde que llegó de una Santa Cruz más cercana a la Antártida que a Buenos Aires. Se arrojaba a los problemas y jugaba sin darle pista a quienes buscaban condicionarlo. El Presidente inesperado blanqueó que el poder, aún desde la Casa Rosada, se disputa con otros en un juego que se reinicia a cada rato. Reconstruyó con frescura, desprolijo pero a toda velocidad. Hacia adentro, reconcilió al peronismo con su origen popular, democrático y sobretodo, transformador. Y hacia afuera, se ocupó de que aquella relación voluptuosa que tuvo con el poder que amasó derramara más allá de su biografía: fue, para muchos, un llamado a no tener miedo, a gambetear las coacciones.

El asceta

Mocasines, traje cruzado mal abrochado, un cuaderno y la bic negra. Ojos saltones y un claro seseo. El ethos asceta de Néstor Kirchner impactó en la política no con el relamerse de los que se jactan de ser simples y etéreos. No la marikondeaba, lo suyo tenía la contundencia del que muestra lo que hay. “Seré desprolijo para vestirme pero soy prolijo para administrar los fondos del pueblo. Esto es lo importante y fundamental”, aclaró con linealidad. La informalidad con la que detentaba el poder no le bajaba el precio ni al cargo ni a la institucionalidad, era la invitación de un desgarbado a sumar voluntades simples para una empresa ambiciosa: el ciclo político y económico más largo desde la recuperación de la democracia.

Los mosqueteros

La mano de Chávez, sobre la de Lula, sobre la de Néstor y, aguantando abajo, Evo. La foto del scrum latinomericano durante la cumbre de presidentes en Puerto Iguazú en 2006 quedó como una postal de la única política de integración posible, la de los beneficios mutuos. Dos años después, Néstor asumió como primer secretario general de la Unasur, formada por doce países y tal vez el punto más alto que registre la historia continental. Más allá del ideario de autonomía, soberanía e integración, la foto de los mosqueteros permitió en la práctica resolver conflictos sin la intervención de la OEA, sin Estados Unidos. Despojado de nostalgia, confiado en el repechaje de la historia, Lula definió aquello con una metáfora futbolera: “Con Néstor y Chávez éramos Messi, Pelé y Maradona en el mismo equipo”.

La cosecha

Se debatía si Cristina iría por la reelección o si Néstor la reemplazaría, pero en el entramado de la historia se cocinaba otra cosa. Militante de la generación diezmada, en septiembre de 2010 durante el acto de la juventud en el Luna Park, Néstor no pudo ser orador porque había sido sometido a una angioplastía. El kirchnerismo, criticado infinidad de veces por no garantizar herederos por fuera del dogma del apellido, mostró por primera vez las famosas mil flores. Desde las gradas o mezclados entre los militantes, estaban los que hoy son dirigentes de primera línea, ministros, intendentes y legisladores. De fondo, la figura del Nestornauta, la gigantografía que hipervinculaba esa muestra gratis del futuro con los setenta y el héroe colectivo de Héctor Oesterheld.

El otro doble comando

Néstor aportó el apellido y, a la vez, la fórmula para la desacralización: “Nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio. Somos peronistas”. La transversalidad del kirchnerismo -que inició él, se mantuvo con Cristina y se reformuló con la llegada al poder del Frente de Todos- puso a dialogar al peronismo con los independientes, los partidos de izquierda, los movimientos sociales y los descreídos. Néstor los fue a buscar, les charló y los sumó. Ese fue el verdadero doble comando, el de una conversación -a veces aceitada y otras, entrecortada- entre el esquema partidario más clásico y todo lo demás. Es probable que la dinámica sí haya nacido del esquema matrimonial. En “Sinceramente”, Cristina ensaya una aproximación a la idea de amor que es, también, una definición de política: “Es tener ganas de estar con el otro. Para escucharlo, para hablar, para lo que sea”.

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