Mil por hora

El Canciller - Comentarios

Un amigo matemático comienza a hablar: “Un millón de personas en diez horas implica que tendrían que ingresar 100 mil por hora. O sea, 1.700 personas por minuto. Pero si entraban 100 personas por minuto te da 6 mil personas por hora. Y en las diez horas que programaste el velatorio te da entonces 60 mil personas.” Los números no cerraban. Una economía política mal calculada. Y lo que dejó la salida del huracán Diego ahora es esa superposición de facturas entre Nación y Ciudad (además de la familia, aunque no es lo mismo) después del desmadre final y sobre todo del rol de la policía de Larreta, que parece siempre “canta pri” cuando se trata de reprimir. Esa goma fue el corolario perverso de un día que pareció, por su final, de demasiada improvisación.

La familia tenía su decisión. Y dijimos tanto “Dios” que nadie en su sano juicio podía dudar de que lo que decidiera su familia no fuera sagrado. Se cierra a las cuatro. A la una, a las dos, a las tres, a las cuatro. Y se cerró. Y pasó lo que pasó. El espectáculo de miles de personas apretadas, su pueblo bajo el sol. Pero esa no fue la última palabra. Del escozor con el que vimos el final en Casa Rosada pasamos, en ese día tan onírico como salvaje, a una imagen que era tan bonaerense como napolitana como latinoamericana. Un final argentino y universal. El ataúd llevado por la autopista y las mil motos que rodeaban las motos de la policía y las miles de personas en los puentes o en las lomadas de pasto, en el paso del cuerpo por el oeste del Gran Buenos Aires. Mientras eso ocurría seguramente muchos pensaron lo mismo: tendría que haber sido así, una caravana que señalizara los puntos imborrables donde Diego cambió las leyes de la física futbolística. Partir de La Boca y armar un itinerario. Un último paseo en la tierra para quien parecía de otro mundo. De la pérdida de Diego ni el Estado te salva. Diego ha muerto y es un cráter.

Si la intensidad fuera un commodity. Si la ansiedad fuera un commodity. Si el amor fuera un commodity. Seríamos, como quieren muchos, Australia. Canguros, sonrisas módicas y “agendas”. Pero del peso de eso que sobra y es “improductivo” están hechos los sentimientos definitivos. Diego, el argentino definitivo, aguantaba encima todo eso junto, nuestro cambalache. ¿Dónde los ponemos ahora? Es un buen verso de Calamaro el que dice “no tengo religión, tengo ansiedad”. El 2020 es el año Hannibal: hizo lo que quiso de nosotros y nos sacó a Diego. ¿Qué se puede hacer? Como esa escalera del duelo, de los siete pasos, de a poco dejamos el shock extático y ya empezamos a habitar la zona dolorosa de la certeza de esa pérdida. Pasó el tercer día y la piedra de su bóveda no está corrida.

Diego son todos los órdenes y los desórdenes juntos. Al reflejo que se vio estos días de querer separar al jugador de la persona (la obra del artista, como en el debate recurrente sobre cancelación), también funciona otro reflejo, quizás menos extendido que marca en estos tweets Mariana Moyano, sobre separar a Diego de la pelota. “Se ve como un ‘separemos al revolucionario del jugador’. Y, no le podemos hacer eso. Él hizo una revolución estética desde los pies. Eso es EN SÍ MISMO un gesto político revolucionario.” Pelota y revolución, no son asunto separado. Miren aunque sea los fragmentos del partido con Bélgica en el 86 para apreciar de nuevo la dimensión sobre la que hablamos. Ocurre que, seguramente, hay un Maradona post 2000, ya sin la pelota en los pies, que acompaña la era digital, que aparece más “ordenado” ideológicamente y que permite una escritura más marmolada. Pero el gambeteo de Diego organizaba toda su vida, no una parte. Diego respondía al principio de contradicción. En eso radica su fuerza, su magia, su singularidad. Era todos y era el único. Cuando lo creías solo periférico aparecía festejando en el vestuario con Los Pumas (los que ayer hicieron el papelón histórico de omitir un homenaje). El remate de la dedicatoria de su libro, del año 2000 (“Yo soy el Diego”), recordémoslo. En la primera hoja de la dedicatoria repasa a la familia entera empezando por sus hijas y la mujer (“la Claudia”), padres y hermanos, Guillermo Coppola y los futbolistas del mundo, y luego dice: “A Fidel Castro y, por él, a todo el pueblo cubano. A Rodrigo. Y a Carlos Menem”. En la página siguiente incluye “a todo Fiorito”, a Julio Grondona, Agustín Pichot y Emiliano Díaz (“el hijo de Ramón”), entre otros, “a los abogados que sacaron a mi amigo de la cárcel”, “a todos los pibes de Tortugas”, “a Cristian de Las Cañitas”. Y así. Un mapa social esmerilado, el mestizaje argentino. Diego, el que en los 80 apoyaba a Alfonsín, el que decía en Videomatch que votaba a Menem en la reelección porque perdió la interna Chacho (a quien hubiera votado), al Menem que después dedica su libro. Ese Maradona en 2005 se sumó al acto para repudiar el ALCA en Mar del Plata (consumando su vínculo con el chavismo) y en ese mismo año debutó como conductor de su propio ciclo: La noche del diez, para desteñir esa pantalla blanca, como señaló el inolvidable Nicolás Casullo. En 2008 Diego confesó haber gritado el voto no positivo de Cobos como un gol. Porque Diego a veces era un espectador más, uno que miraba lo que mirábamos todos, con la impaciencia de las tribunas populares frente a un partido chivo que había que terminarlo. En 2010 despidió a Kirchner con lágrimas, luego de haber estado en esa alianza del Fútbol Para Todos junto a Grondona y ya como director técnico de la selección.

En esos zigzagueos hay también una intuición popular que esquiva el lápiz de acero. Nadie detiene el amor en un lugar, decía Fito. A Diego todos le quieren escribir sus cartas de amor. Nicolás Maduro se lo disputa y el presidente francés Emmanuel Macron lo homenajea en un texto afiladísimo como un “artista”. Maradona es, primero, la historia del romance con la pelota, ese óleo sobre el que después se viste lo demás. “Reescribió el fútbol”, dice Alejandro Caravario. A fuerza de repeticiones, a fuerza de mito, una vez Messi hizo “el gol de Maradona a los ingleses”. Fue al Getafe en 2007. La educación de Lionel tenía ese gol tatuado, una escritura eléctrica en el cuerpo. Messi es Messi pero viene después, tiene grabado a Maradona en los músculos. No hay siglo XXI sin siglo XX.

La despedida en Casa Rosada, en el exacto mismo salón, propuso una comparación tal vez inevitable con la de Néstor Kirchner. Aquella despedida de octubre de 2010 culminó como una coreografía que, a su modo, la política venía guionando desde 2003. Una forma de reencuentro de arriba hacia abajo entre política y pueblo, ese naciente pueblo kirchnerista hecho de sus juventudes militantes, de los más caídos de la democracia que por fin tenían una política que les soplaba a favor y de los funcionarios con el pin orgulloso del Bicentenario que, casi diez años después del Que se vayan todos, aparecían como primera generación de una burocracia política renacida. Pero la despedida de Maradona y su fallido final pusieron en escena una época más desbordante de la relación entre sociedad y Estado. Maradona ni es el Estado ni es exactamente la sociedad: pero provoca algo común, que mete adentro hasta los contreras (Maradona funda el “anti Maradona”), eso popular que vimos y que leímos, pero no diciendo con “popular” algo exclusivamente plebeyo, sino esa masividad desconcertante que desata Diego, y que es inasible, que no puede ser comprendida en imágenes lineales, con metáforas de nuevas “patas en la fuente”. Diego es lo inesperado.

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Y este golpazo ocurre en el año 2020, el año del Covid, con la economía al filo. En un tiempo así, ¿puede el Estado y la política gestionar esa despedida y contenerlo todo? Ignacio Fidanza arranca así su columna: “El peronismo tiene una larga tradición de movilizaciones desbordadas. Está en su génesis. Del épico 17 de Octubre a la tragedia de Ezeiza. Le gusta subir el termostato popular al rojo y después vemos que pasa. No busquen un plan perfecto, es más parecido a una pulsión, que acaso busca revivir ese momento fundacional, donde el pueblo ignorado se convirtió en sujeto histórico.” Fallaron muchas cosas el otro día de un gobierno confiado a una idea que sobredimensiona la capacidad coreográfica del peronismo con el Bicentenario o la despedida de Kirchner como varas de una ceremonia pública. Y, a la vez, acá estalló algo de dolor más incontrolable para los resortes políticos. La muerte de Diego, tan irreal, fue un canal para un baño de realidad. Y éste es un gobierno al que le pasaron todas juntas. Crucé a Chino Navarro en las afueras de Casa Rosada. “Cuántas cosas estamos llorando”, me dijo con sensatez. Todo así. Lágrimas, velas y nuestros propios cuentos se acumulan estos días. El porte de Claudia Villafañe y las cartas de sus hijos, un género aparte.

El sabor de la cereza, esa película iraní que fuimos a ver muchos atravesados por el canto de sirena de la crítica del momento, tiene ese sobresalto cuando se ve una calcomanía de Maradona en una garita, en esa zona en obra. Maradona en Irán. Entró por la ventana. Diego, siempre, donde no lo esperabas.