Las 11 cuadras entre la fiesta y el terror

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Once cuadras separaban al epicentro global del fútbol de la sede central de la crueldad humana en aquellos tiempos. Mil cien metros, algunos pasos, pocos minutos caminando para unir el estadio Monumental, donde se jugaron los partidos decisivos del Mundial de Fútbol 1978, con la Escuela de Mecánica de la Armada, donde se propinaban las más terribles vejaciones que un ser humano pueda imaginar. Varios testimonios incluso recuerdan que se escuchaban los goles desde las celdas donde cientos de argentinos eran privados ilegítimamente de la libertad.

La pelota picó en los momentos clave de nuestra historia. El Mundial ‘78 cayó en Argentina en 1966. Fue en Inglaterra, mientras se disputaba aquella copa que a la postre ganarían los británicos, cuando se determinó que finalmente nuestra tierra albergaría aquello que se venía negando desde 1938.

Argentina en 1966 estaba, cuándo no, convulsionada. Un mes antes de la noticia, la Revolución Argentina, de la mano de Juan Carlos Onganía, derrocaba a Arturo Illia, iniciando una dictadura que duraría siete años. El peronismo había sido proscripto y su líder lo estaría hasta 1973, momento en el que Héctor Cámpora interrumpió su breve presidencia con el fin de llamar a elecciones, en las que se impuso por amplia mayoría Juan Domingo Perón, quien falleció un año después, casualmente, durante el mundial de Alemania 1974.

Hizo falta tanto fútbol para acallar tantos gritos. Tantos papelitos para tapar tanta sangre. Un Mundial, ni más ni menos. Y los gritos no callaron, no. Hoy siguen retumbando en cada rincón de la memoria.

Sin embargo, en ese momento nadie parecía saber muy bien lo que pasaba allá abajo. O preferían no saber o bien la máquina de ocultar vergüenzas funcionaba a la perfección. Mientras Alicia Alfonsín, de 16 años y embarazada, y su novio Damián Cabandié de 19 eran torturados y despojados de su bebé recién nacido en la ESMA, los medios locales se quedaban con el director del Ente Autárquico Mundial ‘78, el vicealmirante Carlos Alberto Lacoste que hacía lobby para que Menotti convocara al Beto Alonso.

Mientras el “tordo” Osvaldo Sigfrido De Benedetti, uno de los dirigentes políticos más relevantes de Tucumán, era fusilado en un simulacro de escape del penal en el que estaba detenido, El Gráfico publicaba una carta apócrifa del capitán de Holanda, Rudolf Krol, a su hija, en la cual narraba lo bello y tranquilo que era este país, en el que no se disputaba la Copa del Mundo sino la Copa de la Paz. ”No tengas miedo, papá está bien, tiene tu muñeca y a un batallón de soldaditos que lo cuida, que lo protege y que de sus fusiles disparan flores”, rezaba la misiva que, años después, se supo, había sido inventada por el periodista Enrique Romero.

Sin embargo, hubo otra cara. El mundial, que le hizo ver sólo “la fiesta del fútbol” a la mayoría de los 25 millones de argentinos, tuvo su efecto secundario en los medios foráneos que obedecían al llamado que emergía desde los subsuelos.

El día que comenzaba el torneo, un 1 de junio en el que Jorge Rafael Videla coronaba el colorido acto de inauguración previo al soporífero 0-0 entre Alemania y Polonia con un discurso surrealista que intentaba espantar la instalación de una “campaña antiargentina”, la TV holandesa prefirió presentarle al mundo en directo a las Madres de Plaza de Mayo que, como cada jueves, hacían sus tradicionales rondas.

No fue el primer mundial que se utilizaba para lavar una dictadura, claro. La práctica empezó en 1934, cuando Mussolini les espetó un cálido “vencer o morir” a los jugadores de la azzurra antes de la final. Más de 40 años y dos guerras mundiales después, unos vencían en la cancha al tiempo que muchos morían en los sótanos, o arrojados atados de pies y manos, drogados, con piedras en los tobillos, a un Río de la Plata que resplandecía mudo a pocos metros de la fiesta monumental.