La utopía de la unidad y el peronismo que merecemos

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En los últimos días, el Tano Menéndez intenta ser la cara de una idea que ronda hace mucho, pero pocos quieren llevar a cabo: convocar a todos a un peronismo realmente unificado, que represente en votos la suma de sus partes. Y lo intenta, además, citando una de las cuestiones más claras en el amplio movimiento donde las diferencias son más personales que programáticas, más de egos que de objetivos y más pendientes de dejar atrás el pasado que de pensar el futuro.

No es una apuesta menor para el flamante presidente del PJ bonaerense. Quien logre ponerle el cascabel al gato tendrá un pergamino clave para protagonizar, no sólo las elecciones de 2019, sino la próxima generación de dirigentes de la provincia.

¿Es posible unir lo que no quiere ser unido? Veamos. En principio, tanto el “colaboracionista” Pichetto como la “empoderada” Cristina han repetido lo mismo: el peronismo no tiene beneficio de inventario. Viene con Perón y con Isabel, con Menem y con Néstor, somos todos partes de esta historia.

No es una cuestión menor para entender uno de los grandes problemas que enfrenta el peronismo como marca. A esto se aferra Cambiemos para sostener gran parte de su discurso, desde los moderados hasta los ridículos como Fernando Iglesias, que culpa a Perón hasta por el tráfico en avenida Córdoba.

Difícil equilibrar esa cancha donde la culpa del justicialismo pareciera instalada. “Peronia”, “70 años de Peronismo”, “En Chile no hay peronismo y mirá…” se repiten como máximas. Un caso muy diferente al del radicalismo, que no tuvo problemas en cambiar de ropa infinitas veces y al que no le cobran, por ejemplo, que uno de los que bombardeó Plaza de Mayo para voltear a un gobierno democrático haya sido ministro de Arturo Illia (Presidente durante la proscripción del peronismo). Otro caso irónico es el del propio Alfonsín, quien nombró un ministro de Defensa (Roque Carranza) que fue parte de atentados de bomba al subterráneo en 1953 y que -quién diría- hoy tiene una estación que lleva su nombre.

¿Es dejar el pasado atrás, entonces, la opción posible? No tanto. ¿Es anclarse en una referencia pasada sin pensar en la realidad y en el futuro? Tampoco. Como en todo lo que plantea la doctrina de Perón, la clave es el equilibrio armónico. Ni la reafirmación en la inversión positiva de los conceptos gorilas negativos, (el peronismo gorila, como cuenta bien Pablo Touzón) ni en la negación de la historia para desprenderse de lo identitario.

En la síntesis entre los logros históricos y la perspectiva de futuro, en la condena a lo reprochable con la idea de ser mejores, en ese punto de confluencia se encuentra quizás el sueño para 2019 del amplio arco de todos los colores: la expresión unificada que persigue Menéndez y por la que ya trabajan otros referentes como Rossi y Solá. En rigor, lograr la dirigencia que se merecen los peronistas. Como diría Jim Gordon en The Dark Knight, los héroes que merecemos.