La ruta de los ocho cuadernos de Centeno y el misterio sobre su paradero: ¿dónde están?

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El lunes 8 de enero a las 13:38, en un bar, el periodista Diego Cabot recibió de un hombre una caja de galletitas crackers envuelta en celofán. Tenía la leyenda “frágil” escrita con fibrón negro en uno de sus lados. Dentro de la caja había una bolsa negra de un local de venta de camisas de San Justo, La Matanza.

“Acá hay información que seguramente te va a interesar”, le dijo la fuente al periodista, que al abrir la bolsa se encontró con un anotador rojo, seis cuadernos espiralados y uno de tapa dura azul. Pertenecían, según el informante, a Oscar Centeno, exchofer de Roberto Baratta, el número dos de Julio De Vido en el Ministerio de Planificación.

Cabot los cargó en su auto y, según contó, los tuvo dos meses en su poder. Durante ese tiempo, con ayuda de dos colegas, les sacó fotos a todas las páginas y volcó toda la información que pudo en su computadora. Una de sus colaboradoras, Candela Ini, subió a Instagram fotos que prueban que estuvieron en contacto con ellos.

Un día, todavía sin determinar, el hombre que le había entregado la caja le pidió que se la devuelva. El periodista lo hizo, no sin antes fotocopiar todo. Luego se dirigió a Comodoro Py, le entregó las fotocopias al juez Claudio Bonadio y declaró durante varias horas sobre el contenido.

En base a esas fotocopias, el juez ordenó la detención de cinco exfuncionarios y doce empresarios. En paralelo, el diario La Nación publicó la historia y las fotos que los periodistas les habían sacado a los cuadernos. El hecho fue una noticia nacional que trastocó la agenda política y activó cientos de alarmas en el Círculo Rojo.

Pero los cuadernos no aparecieron. Cuando el fiscal Carlos Stornelli le pidió a Centeno que lo guiara hacia las pruebas, tras tomarle declaración, el exchofer lo llevó a la casa de la persona que los tenía en custodia. Pero no estaban ahí.

Fue entonces cuando Centeno deslizó la posibilidad de que los haya quemado (¿por accidente?) cuando quemó algunas cajas. Stornelli volvió a su oficina masticando bronca y con las manos vacías.