Crónica de un día histórico: el retorno de Maradona al fútbol argentino tras 22 años

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Cuando Diego Armando Maradona clava los ojos casi en el cielo y se golpea el pecho con el puño cerrado para agradecer el tsunami de cariño que baja desde los cuatro rincones del estadio, a Dylan le estalla el corazón. Siete años, llegado al Juan Carmelo Zerillo desde Mar del Plata un rato antes del comienzo del partido, agita una bandera con la cara del hombre del domingo. “Mi papá me contó la garra que tenía adentro y afuera de la cancha. Quiero verlo más a él que a Gimnasia”, suelta el nene. A Emiliano, el papá, quien sí fue testigo de los anteriores nueve estrenos en el fútbol argentino del mito viviente que sacudió la ciudad de las diagonales, también lo invade la emoción: “¿Sabés lo que es que el más grande te elija, se ponga tu camiseta y cante tus canciones?”.

La socióloga francesa Danièle Hervieu-Léger diría que Maradona desata eso que ella define como “linaje de creyentes”. Quizás, dada la situación deportiva del Lobo, creer en algo es lo que justifica cada bocanada de aire.

Un apellido que produce un torbellino no sólo en los sueños de la gente sino en la economía doméstica. En una de las primeras arengas al plantel, Maradona les dijo a sus jugadores que los hinchas sufrían por la crisis y que ellos eran privilegiados. Jonatan tiene desde hace varias temporadas un puesto que vende gorras enfrente del ingreso a la histórica tribuna visitante. Mandó a hacer 200 porque tiene la expectativa de que el aluvión tripero le permita pagar la factura de gas sin tanto sufrimiento. Cada una cuesta 400 pesos y estima que venderá todo.

A pocos metros, Carlos sonríe mientras ofrece dos calcos por 50. Todos los diseños tienen la palabra clave: D10S. Es la primera vez que se acerca hasta El Bosque para ofrecer lo que define como un producto de calidad. La sola presencia del ídolo es suficiente para que altere su agenda del fin de semana. El periodista Marcelo Gantman resumió en una oración el espiral al que se suben Jonatan, Carlos y cientos de personas desesperadas por gambetear la pobreza: “Maradona modifica las ciudades, los clubes y el ecosistema del mundo fútbol”.

El periodista del World Soccer Digest de Japón sube las escaleras del edificio de estilo colonial que lo conducen al pupitre que le asignaron desde el área de prensa de Gimnasia. Es uno de los 150 acreditados para ver el debut de Maradona como técnico de un equipo que da la sensación de precisar un milagro para mantener la categoría. Por falta de capacidad, 350 solicitudes, muchas enviadas por medios que jamás se habían interesado en el presente futbolístico del Lobo, fueron rechazadas. Antes de entregar el papel que oficia de credencial, se topa con una placa. Lee: Antonio Piovoso, Luis Ciancio y Miguel Sánchez. Pregunta en qué época jugaron. Le responden que no importa, que están ahí porque los tres se encuentran desaparecidos por la dictadura de Jorge Rafael Videla. Ahí empieza a entender que, al menos en el sur del continente americano, el fútbol es más que un juego.

Faltan apenas unos minutos para que Maradona pise el césped. Suena a todo volumen la canción que le dedicó el Potro Rodrigo. De golpe, el humo azul y blanco invade la atmósfera. Rengo y excedido de peso, poquito antes de las once de la mañana, entra por la boca de un túnel con forma de lobo y se hace cargo del peso de la escena. Explota la ovación. Las gargantas entonan el mítico “Dieeeego, Dieeeego”.

“Gimnasia siempre se abrazó a la ilusión. Nunca tuvo nada y ahora el mejor de todos eligió venir. Eso para el hincha basta. Él es el único capaz de crear una revolución y de hacernos pensar que se puede”, explica un futbolista criado en el club que prefiere resguardar su pasión en el anonimato. Leandro, uno de los referentes del museo institucional, sintetiza eso que se palpa sólo con dar unos pasos por la Avenida 60: “Hasta que no lo pasás, no sabés lo que se siente”. Y suena lógico. Al fin y al cabo, la vida es eso que sucede mientras Maradona vuelve y vuelve.