Brasil 1950: El Dorado fue Celeste

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El Dorado es una zona legendaria ubicada entre Venezuela y Colombia en la que -se decía- existía una cantidad inimaginable de oro allá por el siglo XVI. El Dorado, también, es lo que nos hizo perder la posibilidad de jugar el mítico mundial de 1950, acá nomás, en Brasil. La historia tiene un génesis síndico/gremial que narraremos someramente.

El primer paro que sufrió un gobierno peronista no fue de metalúrgicos, taxistas, personal de la construcción ni empleados públicos. Allá por fines de 1948 un grupo de jugadores comandados por el fenómeno Adolfo Pedernera, alma mater de La Máquina, se declaró en huelga, en señal de protesta por la desproporción entre los ingresos de los clubes y los salarios que ellos percibían.

La situación se hizo insostenible y generó un éxodo masivo de jugadores hacia la tierra prometida: El Dorado colombiano. También conocida como Liga Pirata, reunió a los mejores jugadores sudamericanos de una generación, convirtió al Millonarios bogotano en “el ballet azul”, uno de los mejores equipos de la historia y nos dejó en medio de un conflicto, que sumado a la anterior negativa de FIFA para otorgarnos la sede del mundial, desembocó en la segunda ausencia consecutiva de nuestra selección a la máxima cita.

El presidente en su laberinto

Jules Rimet la vio fulera allá cuando a poco más de veinte minutos del final Schiaffino empalmó un centro atrás de Gigghia, provocando el empate. Los nervios de las 202.772 personas, según el dato oficial, provocaron una energía en el ambiente que el francés, incómodo, prefirió no tolerar y se perdió en el laberinto de un Maracaná con los revoques arenosos aún frescos.

En su bolsillo llevaba un discurso escrito en portugués que vaya uno a saber qué elogios tendría hacia el país que temblaba invocando a todos los dioses, rogándoles que el tiempo se hiciera un sólo latido ahora que la ilusión inicial de la goleada aplastante ya estaba trunca y el empate servía igual para hacer estallar los fuegos artificiales, que flotaban en el Atlántico y la bahía Guanabara esperando una señal que nunca llegaría.

Cuando Jules Rimet asomó por la boca del túnel, listo para entregarle el trofeo a los locales, supo que aquel silencio no envolvía nada bueno.

Cuando el francés asomó por la boca del túnel, abriéndose paso entre la guardia de honor y la banda de música, listo para entregarles a los locales el trofeo que por primera vez llevaba su propio nombre, supo que aquel silencio no envolvía nada bueno. Las tribunas ofrecían todo un catálogo de lágrimas y llantos desgarradores.

La pelota seguía rodando, en realidad volando por los sucesivos rechazos de los defensores uruguayos que ahora formaban una muralla cerca de su área. Algo andaba mal. Alguien se lo dijo, pero tal vez no necesitó que se lo dijeran. El 7 de celeste, un petiso, algo chueco, de bigotito, hijo de un tucumano, había sacado a pasear a Bigode, el 6 brasileño al que tuvo de hijo toda la tarde, y con un derechazo seco la había clavado abajo, al primer palo de Barbosa.

Hubo un córner para Brasil que quedó en la nada. Rimet sacó el reloj de su bolsillo. Eran las cinco menos cuarto de una tarde de junio y el deporte acababa de escribir una de sus páginas inolvidables. Con poco más de 2 millones de habitantes, Uruguay lograba un récord que difícilmente sea superado: desde el primer torneo mundial de fútbol que se organizó, en los Juegos Olímpicos de París en 1924, hasta ese mundial de 1950, se coronó campeón en cada competencia mundial en la que había participado.

El 7 de Uruguay, Alcides Gigghia, que allá por 1947 casualmente había compartido equipo con Adolfo Pedernera en Atlanta, corría ahora pero ya no gambeteando por enésima vez a Bigode, sino entre lágrimas buscando el abrazo de un compañero mientras Rimet hacía un bollo con el papel que guardaba en el bolsillo derecho de su saco, se escurría entre los abrazos y festejos celestes para otorgarle, sin ningún tipo de ceremonia, el trofeo al capitán Obdulio Varela y desaparecer en el primer avión disponible de ese país que se hundía en lágrimas.