Suiza 1954: tángana, falopa e infarto en Los Alpes

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A Suiza tampoco fuimos. La mala relación entre la AFA y el resto de las confederaciones sudamericanas se extendió más allá del mundial de Brasil provocando incluso el faltazo a dos Copas América, la de 1949 y 1953.

Recién volvimos a jugarla en 1955, un año después del mundial de Suiza y sí, la ganamos, con Mussimessi en el arco, Pedro Dellacha en el fondo y Ángel Labruna arriba. El camino a la coronación incluyó un 6-1 al Uruguay que un año antes había hecho un gran papel en la cita máxima. Como para volver a machacar con la ucronía. ¿Qué hubiese pasado si…?

Nunca lo sabremos, pero pasaron otras cosas que hicieron de Suiza 1954 una bisagra en la historia de los mundiales. La llegada de la televisación, la evolución del juego -ahora más estilizado y táctico- y muchos partidos que quedarán en la historia.

Welcome to the bardo

El chito era un juego español, aproximadamente del siglo XIII, en el que los contendientes debían lanzar discos alrededor de un palo llamado tángana, que en su parte superior tenía el premio para el ganador, las monedas apostadas por los contendientes. Las que caían más cerca del disco eran para el lanzador. Como es de imaginarse, la definición de este juego a menudo generaba discusiones, polémicas y, por qué no, la hecatombe, la debacle total. Una serie de hechos bochornosos que convirtieron a la palabra tángana en sinónimo de trifulca en el deporte.

Brasil

Más allá de alguna escaramuza en la final de Uruguay 1930, la tángana se estableció en un mundial por primera vez en 1954, en un partido de cuartos de final entre Brasil y Hungría, el favorito. La batalla de Berna fue la primera tángana y la madre de todas las demás.

Los brasileños, que querían vengar la afrenta sufrida en su propia casa cuatro años antes, sufrieron de lo que después, a lo largo de los mundiales iban a gozar; un arbitraje parcial. El segundo gol de Hungría a los siete minutos, fue en posición dudosa de Kocsis. Más adelante, cuando la verdeamarela estaba arañando el empate, el árbitro inglés Mr. Ellis les regaló un penal a los húngaros. Esto ya empezó a alterar a los cariocas que, murra va, patada viene, levantaron la temperatura del partido sin que los magiares esquiven el bulto ni por asomo.

El resultado del partido, además de 4-2 para los europeos, fue una batalla campal en el campo de juego, que se extendió a los vestuarios y en la que no faltaron cabezas rotas a botellazos ni intervención de las fuerzas del orden.

Uruguay

Los húngaros, además de imbatibles, eran guapos. Pero difícil ganarle de guapo a Uruguay. Los campeones del ‘50, que llegaban entonados tras dejar en el camino a Escocia e Inglaterra, fueron el partenaire ideal para conformar uno de los mejores partidos de la historia de los mundiales. El juego fue no apto para cardíacos. Literalmente.

Luego de ir cayendo 0-2 casi todo el partido, Uruguay llega al empate en el minuto 42 del segundo tiempo. Su autor, Juan Eduardo Hohberg, se infartó luego de convertir el tanto. El médico uruguayo, Carlos Abate, le suministró dos dosis de coramina luego de realizarle masajes cardíacos para la reanimación.

“Pobre Hohberg, se perdió el alargue”, pensará usted. Bueno, no; volvió a los 10 minutos del suplementario y hasta metió un tiro en el palo. No sería suficiente. Dos goles de Kocsis a falta de escasos minutos para el final de la prórroga depositaron a Hungría en la final y propinaron la primera derrota en mundiales para la celeste.

Alemania

Faltaba un último escollo para que los magiares mágicos, el equipo de oro, el que acumulaba 28 partidos invicto, se alzara con la gloria. El rival resultó ser el que con el correr de los mundiales se convertiría en eterno aguafiestas: Alemania. Alejada ya de las pretensiones absolutistas, nueve años después del fin de la segunda guerra y de la caída del régimen nazi, fueron al mundial con lo que tenían; orden táctico, orgullo, botines adidas de tapones altos y un botiquín generoso.

Hungría tenía, encima, a Puskas, el mejor del mundo. Recuperado luego de la terrible patada “táctica” que justamente un alemán le propinó en el partido por la primera ronda, no quiso perderse la posibilidad de salir en la foto alzando la copa aún estando claramente disminuido físicamente.

Si hay algo para criticarle al seleccionado húngaro es que no aguantaban un resultado ni cruzando la cortina de hierro delante del arco; tras dilapidar otra vez un 2-0 tempranero se fueron quedando sin fuerzas. En el segundo tiempo casi no podían levantar las piernas, acusando el cansancio por las ásperas rondas previas ante los sudamericanos.

No podían hacer pie en el barro del Wankdorfstadion, mientras los teutones se mostraban frescos, dinámicos y aprovechaban la inventiva de un integrante de la utilería del plantel, un tal Adolf “Adi” Dassler, que había ideado un calzado con tapones intercambiables.

Los alemanes aprovecharon la inventiva de Adolf “Adi” Dassler: los tapones intercambiables de los botines Adidas fueron clave para ganar la final.

Los botines Adidas fueron una de las claves para que los germanos resurgieran de las cenizas y a 5 minutos del final Der Boss Helmut Rahn consiguiera la gloria. Una Alemania en proceso de deconstrucción, obligada a la humildad, recientemente readmitida por FIFA tras años de castigo de posguerra finalmente cumplía el sueño de Adolf Hitler y, sobre todo, de Joseph Goebbels, al levantar la copa Jules Rimet y coronarse campeón del mundo.

Aunque ojo, otra de las claves del triunfo se conoció años más tarde. En el entretiempo de la final los campeones se inyectaron pervitina y metanfetamina para mejorar el rendimiento, una práctica habitual en los soldados de las Wehrmacht durante la guerra.

Cuando, luego de volver a su país, ocho jugadores del plantel presentaron cuadros agudos de hepatitis y dos más de cirrosis, la Federación se lo atribuyó al desmadre en los festejos. Ni una palabra de las jeringas encontradas en los vestuarios de aquel estadio de Berna en el que Alemania le había avisado al mundo que estaba de vuelta.