Si Mauricio Macri no tuviera su historia y su destino tan atado al fútbol, estaría a salvo de cualquier malentendido. Al ingeniero no se lo juzgaría por lo que hizo y hace en beneficio del club que le regaló esa popularidad que le era esquiva, sino por su desempeño como el Presidente de todos los argentinos, los que lo votaron y los que lo padecen.

Cuando mañana retorne por fin a concentrarse en sus funciones, Macri se topará con un clima espeso que trasciende lo que se puede ver en las canchas y flota en el aire del diciembre que ya llega. Blindado por las fuerzas de seguridad que no tranquilizan a nadie, la puesta en escena del G20 mostrará al Presidente con un respaldo internacional formidable, que hubiera sido la envidia de Fernando De la Rúa y su fugaz ministro de Economía, Ricardo López Murphy. Pero no podrá resolver la ecuación más difícil que deberá enfrentar su gobierno el día después, cuando los aviones militares de las potencias emprendan el regreso.

Optimistas irreductibles, Macri y Dujovne se esfuerzan por hacer ver el vaso medio lleno. Promocionan el ajuste monumental aprobado en el Congreso y los pagos de deuda cubiertos por el Fondo hasta 2020, como garantía de que todo va a andar bien. Pero la historia larga de defaults argentinos obliga a una pregunta amarga: cuándo comenzará a descender el cociente de deuda en relación al PBI, que la administración Cambiemos elevó a un ritmo vertiginoso en apenas tres años.

Economistas que apostaron por el Presidente remarcan que esa es la herida que se autoinflingió el proyecto de los CEOs y sólo puede suturarse por dos vías. Primero, la esperanza de un crecimiento que esté a la vuelta de la esquina y se combine con la baja de la inflación que está forzando el frío recesivo. Segundo, la osadía de hacer cirugía mayor también en el año electoral, con otro ajuste furioso de esos que Dujovne festeja porque no se llevan puesto al gobierno. Ese plan B que nadie admite hoy en Casa Rosada asfixiaría a una porción masiva de la población que ya hace su sacrificio, incluidos los votantes de Cambiemos.

Si ninguna de las dos opciones se abre en el corto plazo, Macri puede reeditar un escenario que ya se vivió en los años ochenta: una deuda pesada que inhibe el crecimiento y se agiganta hasta aplastar cualquier partícula vital en la actividad económica.

La caída del poder adquisitivo y el consumo, el parate en la industria y las cifras en ascenso de la pobreza derivan ya en hechos de sangre como la muerte del militante de la CTEP y apuran además los armados opositores para 2019. En la vereda de enfrente, el peronismo del medio proyecta una rara convivencia entre los que hablan de unidad y los que dicen No al pasado. Con una Cristina Kirchner lanzada y bien posicionada en las encuestas, entrar en un balotaje sólo sería posible, admiten en el PJ, si la base del oficialismo se deteriorara hasta dejar a Macri y su equipo afuera de la segunda vuelta. Algo que hoy resulta inverosímil.  

La CFK electoral aparece puertas adentro en modo Néstor, con la disposición a escuchar y sumar que, en el poder, nunca tuvo. Hacia afuera, la ex presidenta combina la amplitud de campaña con un mensaje que resulta grato en el Vaticano. La convocatoria a los pañuelos celestes no sólo sugiere que la senadora nunca se convenció de la necesidad de despenalizar el aborto: también habla de la intención de pararse por encima de contradicciones que cree secundarias para construir un frente nuevo para la victoria, que incluya la prédica de Francisco. Aliado del populismo en su atención a los más vulnerables, el Papa combate desde su pedestal contra los movimientos que defienden los derechos de la mujer. Por eso, la alianza discursiva de Cristina y Bergoglio puede redundar en un rostro más plebeyo y también más conservador para el peronismo kirchnerista.

Son estrategias de campaña para un 2019 que asoma polarizado y extenso, a la salida de un diciembre que puede ser de lo más denso en las periferias. Buscan aprovechar la oportunidad de los comicios pero no resuelven, por supuesto, el problema de fondo.  Si no encuentra motores de crecimiento y no sale del estrangulamiento de la falta de dólares, que Macri deja como herencia envenenada, la economía puede estallar, incluso con un nuevo gobierno. Aunque hoy nadie se tome en serio el riesgo y se actúe como si la amenaza se hubiera disipado con la final de la copa, la escena del G20 y la inminencia del año electoral.