Como dos polos que se repelen, así funcionan. Mientras su sucesor lleva 20 días en el refugio de la Patagonia y se prepara para visitar Santa Cruz por primera vez, ella vive un enero atípico, lejos de su lugar en el mundo. Por razones personales pero también políticas, Cristina Fernández de Kirchner decidió quedarse en Buenos Aires en el arranque del año que la presenta como la principal rival de Cambiemos en las elecciones presidenciales.

Los que la visitaron en el último tiempo, la vieron convencida de un escenario inverso al que imagina Mauricio Macri, sin el rebote que vende el oficialismo y con la Argentina camino hacia una nueva crisis de la mano del Presidente. No sólo eso. La ex presidenta repite en la intimidad su profunda convicción: después de cuatro años de fracaso económico, Macri no va a ir en busca de la reelección.

Habrá que esperar para saber cuál es el pronóstico que se cumple, quién se impone en la pulseada por el adelantamiento de los comicios que reclama María Eugenia Vidal y cómo es posible llegar hasta fin de año. Pero una sensación queda cuando se habla con los más leales: la candidata Cristina rejuveneció con Macri en la Casa Rosada y disfruta un centro de la escena que no pierde sin hablar ni aparecer.

Activa entre el Instituto Patria y su domicilio porteño, aprovecha la tranquilidad de las mañanas para leer, prefiere recibir visitas por la tarde y sólo enciende su televisor para mirar C5N. Ya no goza del poder que supo acumular y soporta la venganza intermitente de Comodoro Py, pero enfrenta unos cuantos problemas menos que cuando le tocaba gobernar, con restricción de dólares, trastornos en la economía y contados aliados de peso. También eso deberá evaluar cuando llegue la hora de la definición.

Mientras mira encuestas y posterga su decisión final, CFK convoca y recibe al lote en ascenso de los que quieren escucharla, muchos de los que se fueron y hoy piden volver. Solo hay dos de sus exfuncionarios -conversos destacados- que aparecen vetados para cualquier reconciliación. El resto es bienvenido y, a todos los que quieren ser candidatos, los alienta con un mensaje ambiguo para una pista enjabonada: corran pero ganen. Una manera de decirles: “voy a tener que volver a ser yo”.

No deja de ser extraño. La senadora insiste en hablar de la unidad más amplia para enfrentar a Cambiemos, como si no advirtiera que depende -precisamente- de que ella se despida de su tercer mandato. Esa esperanza es la que iguala a sus detractores más duros del PJ del medio, como Miguel Ángel Pichetto, con los que retornaron a su zona de influencia en busca de una oportunidad, como Felipe Solá. Aunque choca con dos límites elocuentes: lo que mide la candidata en los sondeos y la incapacidad del resto del peronismo para ofrecerle algo más que una promesa de tranquilidad en Comodoro Py, sin garantía a la vista.

Pese a los nuevos y viejos leales, la ex presidenta pasa la mayor parte del tiempo sola. Así, dicen, definirá la candidatura que hoy parece un hecho indiscutible. Quiérase o no, la oposición que la tiene como vértice no puede pedirle nada más al Presidente. Ajuste como mandamiento, recesión sin fecha de vencimiento, inflación sostenida, tarifazo permanente y tasas que ahogan a los empresarios: un manto de pesimismo que pide a gritos por una alternativa.

Contra la cosecha récord que entusiasma en el campo, otras facciones del establishment padecen la travesía de Cambiemos en el poder. El futuro de un Mercosur más flexible que promocionan Bolsonaro y Macri genera pura incertidumbre en sectores como el automotriz. Será parte de la agenda del miércoles próximo en Brasilia, aunque la lógica ya se puso en marcha con el acuerdo de libre comercio que Michel Temer firmó con Chile en noviembre, después del triunfo del exmilitar de ultraderecha. Una preferencia por el país de Piñera que el brasileño confirmará cuando llegue a Santiago en su primer viaje.

En la escena doméstica, macrismo y cristinismo se perfilan como los dueños de una confrontación que deja afuera a un tercio del electorado, incluidos los sin techo del Círculo Rojo. De eso hablaron, antes de fin de año, Roberto Lavagna y Eduardo Eurnekian en un almuerzo pleno de coincidencias y preocupación ante la realidad que Macri convida a la fuerza. Dueño de una fortuna de U$S4000 millones, llamado a indagatoria por Claudio Bonadio, el alma de Corporación América es uno de los que se decepcionó rápido con el Presidente y ahora suma nuevos motivos para el espanto. La polarización que promueven las usinas de la Casa Rosada es la que lleva a muchos como él a postergar cualquier inversión. “Son ellos los que te dicen que todo se puede ir a la mierda”, repiten los millonarios afectados por la duda.

Mientras Lavagna amaga con una fuerza que sorprende a los escépticos pero juega tiempo de descuento, CFK asegura que ella no tiene ningún apuro. Con su gestión cotidiana y su temporada prolongada de malas noticias, es Mauricio el que la pone en valor ante indecisos y neutrales. Por eso, los colaboradores de la expresidenta ya hablan de un eventual primer año de gobierno guiado por un pacto social que incluya a los empresarios, a los sindicatos y a la Iglesia detrás de una consigna ingrata pero considerada inevitable: un nuevo periodo de sacrificios -distribuidos en forma más equitativa- para sacar a la Argentina del pozo de recesión y endeudamiento que cavó el mejor equipo de los últimos 50 años.

Bien pensado, también para Cambiemos es temprano. El rebote de la economía es imposible de ver entre los datos negativos que abruman, falta convencer a Vidal de que ate su destino al de Macri y, como si fuera poco, Jaime Durán Barba permanece todavía en el exterior. Hasta que no vuelva a asumir en su puesto, no va a empezar la campaña.