Todo juez es político

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Llegar a juez de la Corte requiere no solo del prestigio que te puede dar un currículum repleto de logros académicos sino de algo más. Ese algo más que te pone en el rádar de la política en el momento exacto en el que se produce (o se crea) una vacante. Contactos. Apoyos. Lobby. Éxito.

Esta semana se cumplieron 6 años del fallecimiento de Enrique Petracchi, histórico magistrado de la Corte. “Se dice que los jueces no son políticos, pero, ¡cómo no van a ser políticos!, son políticos les guste o no. A lo sumo, les va a pasar lo que al cangrejo, que es crustáceo, pero no lo sabe”. Petracchi estuvo en la Corte 31 años: irónico, filoso, siempre supo que a los jueces no les gustaba que se los mezclara con la política pero eso no significa que no estén inmersos en ella.

Los cinco supremos actuales son muy distintos entre sí. Hay tres generaciones distintas que conviven en el cuarto piso de Tribunales: Juan Carlos Maqueda ingresó en 2002; Ricardo Lorenzetti y Elena Highton de Nolasco son fruto de la renovación que se hizo a partir de 2003; y Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz representan lo más nuevo, ambos nombrados durante el gobierno de Mauricio Macri (con el fail de querer nombrarlos por decreto). La convivencia es ardua y nunca está exenta de hostilidades y desconfianzas.

De esos cinco, el gobierno eligió apuntarle al presidente de la Corte, ese que le arrebató el lugar a Lorenzetti: es Rosenkrantz el que “liga” los palitos de distintos actores de la coalición del Frente de Todos. Es Rosenkrantz, el “amarillo”, el macrista, el protector de las corporaciones. El oficialismo sabe que criticar al mundo judicial le paga mejor que jugar al republicanismo como hacía su antecesor. O por lo menos esa es la estrategia que mostró.

Pero Rosenkrantz es mucho más que un juez al que Macri nombró luego de que el Senado le diera el acuerdo (y con los dos tercios de los votos). Reducirlo a esa expresión es bajarle el precio, es subestimarlo. Considerarlo macrista es no saber leerlo. Más allá de haberse recibido con honores en la UBA, de haber estudiado en Yale, de haber sido rector de la Universidad de San Andrés, Rosenkrantz es un hombre cercano a las grandes corporaciones. El famoso “círculo rojo”, el poder real.

Cuando se conoció hace diez días el pedido de juicio político impulsado por una diputada kirchnerista, en Twitter comenzó a circular su famosa foto junto a Raúl Alfonsín, a modo de defensa. Rosenkrantz fue asesor en 1984 en el Consejo para la Consolidación para la Democracia. Del otro lado político le contestaban con su voto a favor de aplicar el 2×1 en el caso de un genocida en 2017.

En los fallos que ha firmado el juez conviven quizás ambas posturas: nadie podría asegurar que se haya encargado de impulsar las causas de lesa humanidad pero tampoco ha venido a detonar el sistema desde adentro. Ante todo, Rosenkrantz es un liberal. Sus votos así lo muestran: no hay en sus razonamientos algo que se pueda señalar como poco fundamentado o irracional, más allá de sus argumentos en contra de los derechos laborales amplios.

“Mi mejor argumento sobre por qué debo ser designado es que soy claramente consciente de que Argentina no necesita superjueces ni la exaltación de la individualidad, sino reconstruir una práctica de la ley del derecho que nos permita resolver los problemas”, dijo en 2016 el juez al que el oficialismo eligió como némesis. Sin embargo, sus años como presidente de la Corte le han traído más votos en soledad que grandes mayorías consolidadas a su favor. En ese sentido, y a pesar de haber perdido la presidencia, Lorenzetti ganó: su alianza táctica con Maqueda y Rosatti fue fundamental para bloquear el poder de Rosenkrantz.

Cuando se sentó frente a los senadores en 2016, les dijo que los jueces “no deben gobernar” y que sus gustos personales “no iban a impactar en modo alguno en lo que decida”. En ese sentido, su frase choca de lleno con lo que Petracchi aseguraba después de años de estar dentro del sistema judicial: “La Corte no está aislada, que no es un ser puro metido en una torre de marfil, que gobierna, que tiene una responsabilidad frente a su pueblo y que debe medir sus actos. Si el juez es un buen juez debe tener olfato político en un sentido elevado”. Petracchi, como Rosenkrantz, era liberal, aunque él decía que también tenía una preocupación clara por “la justicia social”.

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Para llegar a la Corte, ese olfato político es clave. Esa forma de moverse entre situaciones problemáticas. La diplomacia del conflicto. Rosenkrantz sabe que gana más colocándose en el lugar de víctima de un oficialismo que lo enfrenta (a veces, con muy pocos argumentos) que si sale a mostrar los dientes.

Las decisiones que se toman en la Corte son políticas, decía Petracchi, aunque aclaraba que también debían ser jurídicas y adecuarse a la Constitución. “Claro que la Constitución es un marco de posibilidades, cuya elección dependerá de la ideología del juez”, le agregaba. Entre Rosenkrantz y el Gobierno, todo parece cuestión de ideologías, aunque ninguno parece triunfador en este conflicto.