3 Viernes 21 de Septiembre de 2018 Entreselfies
Casciari: "No tengo cosas nuevas alucinantes para decir, pero sí una nueva manera de decir lo que dije"

"Leer a Casciari es como fumarse un porro", me explica un pibe al que, conversando en un bar, le conté que venía de entrevistar a Hernán esa misma tarde. Salió el tema de casualidad y resultó bastante conocedor de la obra del mercedino. Hablamos de sus cuentos, de su capacidad para transmitir sensaciones, de que te hace reír y llorar, como Sandrini. Lo mismo que le dijo el mismísimo Jorge Luz durante el estreno de "Más respeto que soy tu madre".

Casciari es un escritor raro, es leído. Tiene una comunidad de lectores. Es popular. Hace poco leyó un cuento de siete minutos en Telefé. Le gusta a todas las generaciones. De un tiempo a esta parte dejó de escribir tras un infarto, y su oficio transmutó a contador de su obra. Ahora, es más intérprete que autor. Hace radio con Andy Kusnetzoff en Perros de la Calle, y teatro. Es un escritor que llena teatros. Es raro Hernán Casciari. Una obra junto a Zambayonny; otra, Nostalgias, con Cucuza Castiello y; otra más, En Envase Familiar, junto a los suyos.

Es curioso porque te ponés a hablar con él y te das cuenta de que sabés el nombre de su perro, el de su mamá, el de su hija. Es como si fuera tu amigo, como si vos fueras El Chiri, su mejor amigo. Sus nombres y qué hicieron te sabés. Pelos y señales. "¿Cómo está Nina?" "Bien, ya tiene 14 años". Conocemos casi todo de la vida de Casciari. Al menos, conocemos casi toda la versión literaria de la vida de Casciari, que, por supuesto, es seguramente más entretenida que la vida de cualquiera, incluso la suya propia.


 

—Estamos cerca de vivir otra crisis grande y a las crisis le suceden oleadas migratorias, ¿qué le recomendarías a un argentino que está pensando en mudarse a España?
—Es verdad, está pasando de vuelta. Racing va primero. El FMI no manda la plata. ¿Sabés que yo no me fui por la crisis del 2001? Me fui antes. O sea, no se cómo funciona irse expulsado. No tengo el recuerdo de haberme ido triste. Debe ser choto irse triste, no se cómo funciona. Irse porque sospechás que no tenés más oportunidades en tu lugar. Pero un buen consejo es no esperar nada allá. No esperar que las cosas estén mejor. Pero sin embargo es recomendable estar un tiempo afuera porque todo lo que te parecía insoportable acá, allá lo empezás a extrañar. Te empezás a reconciliar con todas las garchas de este lado. Te empezás a reconciliar con lo que creés que es tu país. A los cinco, diez años de estar allá me empezó a pasar de decir "no, ¡pero Argentina qué lindo que era. ¡Mirá esto que podías hacer!". Y, en realidad, después me di cuenta que estaba recordando mi juventud, no mi país. Estaba recordando otra cosa, algo que no iba a volver nunca, no importa dónde estuviera. Una época estaba idealizando. Pero está bueno irse a la mierda, es divertido. Hay un montón de cosas que vos no sabés que no pasan en otro lado. Lo mismo que te pasa cuando vivís con tu familia los primeros diez años, que te pensás que las costumbres de tu familia son las del mundo. Mi viejo, me acuerdo, comía la polenta con miel arriba. Entonces cada vez que había polenta, había un pote de miel sobre de la mesa. Y todos le poníamos miel. Y la primera vez que hubo polenta cuando fui a comer a la casa de otra gente yo buscaba la miel. Y no, era en mi casa nada más. Eso pasa con el país también. Hay mil cosas que vos te pensás que son de todos lados, como cierta entonación que tiene la amistad en la Argentina, y no existe en ningún lado. No vas a encontrar nunca esa forma de amistad. Intensa, de contarse secretos, no está en otro lado.

—De hecho te tuviste que llevar a Barcelona a tu mejor amigo, El Chiri.
—Me llevé unos cuantos, me llevé cinco. De a poco. Empezaba a andar bien en el laburo y cuando veía que había un puestito de laburo que podía dar, llamaba por teléfono a gente que estaba en la mala acá y me los llevaba. Y siempre amigos muy íntimos. Y generé en el barrio donde vivía una especie de comunidad de mercedinos. Una cosa muy loca, muy divertida. Después nos volvimos todos. Todo el mundo comiendo salame, traficando salame.

—Alguna vez te leí que en la Argentina los pobres y la clase media-baja no se van. Se quedan en el barrio, se la rebuscan. Que la que emigra es la clase media.
—El pobre reformula la habitación del abuelo cuando se muere y pone un kiosco. Hace cosas pero sin salir casi del barrio. Yo estaba allá y no había kioscos. Y ahí es cuando me di cuenta que el pobre se queda, que pone kioscos pero ahí al lado, a la vuelta de su casa. "Lo necesitamos acá", pensaba. Y además no tienen una garcha esos kioscos, tienen Criollitas y dos Gillettes. Nunca tienen mucho. Son los únicos lugares en donde a mi me vendían cigarrillos de a uno.

—Me decías que no te fuiste por necesidad a Europa, ¿cómo fue entonces?
—Me gané un premio en Francia, el Juan Rulfo de cuentos, y fui a buscar la plata y una plaqueta. Justo había estado charlando con una mina catalana por internet. La conocí en París y dejé pasar el billete de vuelta. No me fui con 14 valijas y todos los libros. Me fui con mi bolsito a pasar 12 días a París. Y me quedé 15 años.

—Hablado de premios, ¿cómo te llevás con tus colegas? ¿Te respetan o te discriminan por, no se, efectista? Por apelar a la emoción del lector. ¿Te sentís parte del canon literario?
—Yo creo que no llegué todavía al canon. O sea, no llegué a que me conozca el canon. Como para decir algo. Nunca escuché a nadie inteligente, de verdad inteligente, de los escritores, decir algo, jamás, nunca. Nadie dijo nada de mí. Ni bueno, ni malo. No es que me dicen: "¡Ah, pero este es un efectista!". Nada. Me parece un lugar súper cómodo el mío, un lugar lindísimo. No me tengo que defender de nadie, nadie me ataca. Por ejemplo, estuve en la feria de escritores en Costa Rica y no fui a la cena. No voy yo a estar ahí. Es que no puedo ir ahí. No puedo escuchar a gente hablar de libros. Me da como una cosa de vergüenza ajena lo que hablan. Hay como una intención de ser inteligentes que a mí da "Ahjj". Me da, de verdad, muchas ganas de vomitar. De solemnidades, de esnobismo. Y terminan hablando siempre de plata. Siempre terminan hablando de plata, de los porcentajes. Y del otro; de cómo le va al otro, del bestseller del otro. Puterío. Es la misma garcha que en todos lados, pero desde el halo de la inteligencia, y peor todavía, porque son peores. No quiero estar en ningún circuito. De hecho no es que no quiero, no estoy.

—¿Te sentís parte de la prosapia de escritores populares a los que el reconocimiento les llegó tarde? Como Fontanarrosa, como Soriano.
—Todo eso pasa cuando esos escritores, incluso populares, están en sus mismas editoriales. Yo ni siquiera participo. Yo no estoy ahí. No participo de ese deporte. Ellos no saben lo que vendo. Ni siquiera les preocupa, ni siquiera les asusta. Porque no saben, no está. No estoy en los suplementos literarios porque como no pertenezco a ninguna editorial, solamente están esos libros. No me dicen: "¡Qué bien! ¡Vendiste tu decimocuarta edición!". Nadie sabe, y es mejor. Es como cuando la AFIP no sabe. Para mí es mucho, pero mucho mejor.

—Pero a su vez debés sentir admiración por muchos de ellos.
—No soy muy lector. Le compré a mi mujer el otro día el de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, que lo agarró y lo terminó. Porque tuvimos una hija y está como muy atenta a que no se caiga y qué se yo qué. Leí que el libro éste hablaba de esas distancias de rescate, del espacio que una madre le da a un hijo sabiendo que se puede levantar corriendo y rescatarlo. Y lo agarré ahora yo y me gusta, pero no leo, no leo nada. No me compro un libro. A no ser que un amigo saque un libro y tenga ganas de leerlo. Pedrito Mairal saca un libro y me lo leo, Fabián Casas saca un libro y me lo leo. Pero no porque sean escritores, sino porque son amigos míos. Como si sacaran un disco, lo mismo.

—Lo que tenés vos son lectores que desde afuera se ven como una comunidad. Como miembros de una sociedad de fomento. Una especie de Casciari Fútbol Club.
—Yo no sabía qué era internet. Nadie sabía. Y de a poco me fui dando cuenta de que estaba generando algo, que la gente empezaba a leer lo que escribía. En el Mundial del 2006 en un momento pongo un post diciendo "che, ¿no da que vayamos a ver el partido todos juntos a algún bar en España?". Y de repente me di cuenta de que no había ningún bar que metiera tanta gente, y me dije: "¡A la mierda! ¡Se pueden hacer eventos también, se pueden generar cosas!". Te vas dando cuenta de a poco que la gente responde. Y vas armándote más o menos un parámetro de cuánta gente responde y a qué. Cuando empezamos con la revista, con Orsai, había llegado a la conclusión de que la gente iba a responder, a poner dinero. Y yo siempre pensé que los que iban a poner dinero de la comunidad iban a ser unos 3.000, entonces saqué más o menos una cuenta mental. Epa. En general vas inventando mientras va ocurriendo. Y la propia gente iba decidiendo hasta los precios. Era muy divertido, siempre fue muy divertido. Ahora pasa que con las redes sociales es más volátil. No está la gente agrupada en un lugar. Tenés que estar escuchando vos dónde está la gente. Tenés la comunidad pero la tenés más dispersa. Más distraída. Pero está bueno que también sea así porque es más grande, se reproduce más rápido todo, hay mayor velocidad, está bueno. Me empecé a dar cuenta de que cualquier idea trasnochada que pudiera tener a las cuatro de la mañana cuando me fumaba un porro, con comunidad, no era trasnochada. La podés plantear. Si tenés un buen marketing de discurso, si sabés explicar bien. Las ideas trasnochadas ocurren. Y tuvimos muchas.

—Incluso perdiendo guita, muchas veces.
—No es que no me importe la guita. Es que me interesa mucho lo que se puede hacer con eso. Sí me importa, la necesito. Lo que pasa es que cuando vos te vas de vacaciones nadie te dice "perdiste guita". "¿Te fuiste dos semanas al Caribe?" "Sí". "¿Te fue bien?" "Sí". "Bueno, perdiste guita". Nadie te dice "perdiste guita". Y para mí hay cosas que son gustos. Que los compro. Yo compro. Ciertos eventos que yo tengo muchas ganas de que ocurran, los compro. Porque es como irme de vacaciones. Yo no me voy tanto de vacaciones. No me gusta irme al Caribe dos semanas a estar mirando para arriba. No me la gasto en eso. Me la gasto en otra cosa. No perdí guita, me compré eso.

—¿Tu obra más popular es "Messi es un perro"?
—Posiblemente debe ser el más escuchado. Tiene una versión con muchas visitas en YouTube y eso. Seguramente porque estaban acompañados con las imágenes de gambetas de Messi. No creo que se hubiera escuchado tanto con fondo negro. A mí me ha pasado que lo he escuchado de vuelta sin que me importara yo mismo o el tipo que hablaba porque quería seguir viendo las jugadas. No es falsa humildad. Si tiene 7 millones de visitas y el mismo audio sin ese video tiene 344.000, bueno, mucho tiene que ver con Messi y sus gambetas durante esos diez minutos.

—Imagino a Fito terminando de componer Mariposa Tecknicolor y pensando “esto es oro”. ¿Pasa algo así con los textos? ¿Te das cuenta que escribiste un hit?
—Las razones por las que las cosas funcionan muchas veces las evidencia el formato. Messi es un perro salió en la revista Orsai Nº5. Y durante nueve meses estuvo en la revista Orsai Nº5. Muy elogiado por todas las personas que compraron la revista Orsai Nº5. Un día, pasó el tiempo, y la revista salió en PDF. Tuvo 2 millones de descargas el PDF. Y otro día lo puse en el blog, el texto plano y ¡pum! enlace a Twitter: ¡Faaaaa! Entonces es el formato. El cuento está bien. Tiene el fútbol como conector, la infancia, un perro. Está bien. Pero el formato es fundamental.

—Uno de mis cuentos favoritos tuyos es el que pensás que habías matado a tu sobrina con el auto y al final te das cuenta de que era un tronco, ¡el Jesús en la boca me dejaste!
—¿Vos dónde pensás que yo dije que era un tronco?

—Al final de todo, en las últimas líneas.
—No, en la línea 4. Al principio de todo, es lo primero que digo. Funciona así porque no importa. Yo no te quiero hacer trampa en la cabeza. Yo quiero que te quede la sensación de qué le pasa a una persona cuando mata a su sobrina.

—No te creo, lo dijiste al principio.
—Mucha gente me dice o me pelea que no pongo lo del tronco. En el primer párrafo lo digo, lo buscamos... Finlandia se llama [agarra el celular y busca]. Acá está: "El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marcha atrás con el auto. Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco...". Cuarta línea.

—Increíble.
—Pasé los 10 segundos más espantosos de mi vida. Yo lo que quería contar es todo lo que me pasó hasta descubrir que había sido un tronco, pero no hacerte trampa. Yo sabía que de todas maneras te iba a dejar en la cabeza la sensación. Porque a mí me pasó, realmente, durante 10 segundos, eso. De verdad estuve 10 años soñando con eso. Hasta que escribí el cuento. Cuando escribí el cuento dejé de soñar, de despertarme. Era mi gran miedo. De hecho el 14 de noviembre del '95 fue el último día que manejé. No me subí nunca más a un auto del lado del conductor. No manejé más. Me bajé ese día del auto y no me subí más de ese lado. No tengo auto, vivo usando Uber, jamás voy a usar un auto, no voy a manejar nunca. Sé que no voy a manejar nunca. Me quedó un trauma con eso. Y un día dije cómo hago para explicarle a alguien eso que me pasó. Lo cerca que estamos de que nos cambie la vida. Y por suerte lo escribí y se me fueron los malos sueños. Lo dejé en manos de mucha gente. Y está buenísimo poder usar el escribir para dejarle al otro tu angustia. Y bajar un poco de ahí.

—Debe ser que la sensación que transmite es más fuerte que la lectura minuciosa. Por eso negamos al tronco. Hacés emocionar y tenés la capacidad para hacer reír desde la escritura. Venís medio compungido y de repente nos hacés morir de risa en el mismo texto.
—O hago chiste, chiste, chiste y preparo el terreno para cagarte a trompadas. Cualquiera de las dos funciona. Es divertido ese cambio de estado en el otro. Ahora que estoy haciéndolo en el escenario me gusta un montón el movimiento grupal, o sea, la respiración. Además no los veo, es como si fueran un mamut. Porque escuchás respiraciones. A veces estoy contando algo y ya sé -porque ya sabés cuándo se van a sorprender o emocionar o reír- y me quedo muy atento a cómo reacciona "El Mamut". En esa penumbra. Hay un cuento en donde le hago una broma pesada a una vieja y en ese momento le digo algo que a la gente le sorprende mucho: "Ahhh". Hacen así. He empezado también muy de a poquito a usar el silencio. Antes era más ansioso, más escritor, de llenar con palabras todo. Estoy en una etapa de absoluto aprendizaje, de usar adjetivos nuevos que no están en la palabra, que están en el matiz de la voz, en el silencio, en la mirada. Sin ser actor ni pretenderlo, sí entiendo mejor que nadie lo que escribí. Nadie me puede decir "lo estás haciendo mal". Y eso me da mucha libertad también.

—El infarto que tuviste, ah, re amarillo, fue lo que te llevó a dejar de escribir.
—El dejar de escribir me llevó a ese lugar. Por una cuestión de "algo tengo que hacer con todo lo que tengo en la cabeza". Porque si no se me pudre. Empecé a hacer cosas en Perros de la Calle y a hacer teatro, inmediatamente, después del infarto. Dos semanas después. Fue como todo muy veloz y durante seis, siete meses pensé que era un parche. Que era una cosa que iba a hacer hasta que volviera a escribir y ahora me doy cuenta de que me chupa tanto un huevo escribir.

—No leés y te chupa un huevo escribir, las claves para ser un escritor de éxito.
—Ya lo hice, hice un montón de eso. Ahora estoy haciendo esto que es mucho más divertido. Yo creo que tiene que ver con la energía de una cierta edad. Donde tenés una sorpresa tremenda por lo que está pasando. Y lo noto, lo descubro en gente. Digo "este pibe está en un momento en donde le está encantando todo lo que dice". Eso, te gusta todo lo que decís. Yo en este momento no creo tener cosas alucinantes para decir, nuevas, pero, en cambio, tengo una manera nueva de decir lo que ya dije. De actualizarlo, de recuperarlo, de cagarme de risa incluso de eso, de redescubrirlo. No se si tengo algo para decir sobre cómo la gente usa Instagram. Qué se yo, me chupa un huevo. Hace 20 años hubiera escrito muchísimo de eso porque me hubiera interesado. Porque de verdad me hubiera dado vergüenza ajena lo que hace tal. Entonces hubiera elaborado una teoría. Ahora no me interesa tanto lo que la gente haga, soy un viejo.

—Hablando de interpretación, ¿cómo fue el momento en el que viste a Gasalla trabajando tus textos?
—Me pasaron muchas cosas en esa época porque vivía en un pueblo, ni siquiera vivía en Barcelona: me había ido a vivir a la montaña. Quería ser absolutamente anónimo. Que nadie supiera nada. Y llegar a un estreno de una obra y que esté tu nombre en la calle Corrientes es fuerte. No hubo progresión, fue todo como muy entre la nada y el todo. Tus chistes en la boca de un persona que vos conocés mucho y admirás. Cagarte de risa de algo que escribiste pero como si no lo hubieras escrito. Estaba Jorge Luz y cuando terminó la obra me agarró en el camarín y me dijo: "Sos como Sandrini, que hacés reír y hacés llorar". Y Jorge Luz para mí fue un ídolo máximo. Una persona de otro planeta, adelantado a su tiempo en todo, admirable como persona, como todo. El chabón con su sombrerito y en sus últimos años, porque murió al toque, que me dijera, no eso, algo: que me mirara y supiera quién era. Cada cosa que me pasaba era increíble. Y después leía cosas. Charly estaba internado y la primera salida que le deja hacer Palito Ortega fue ir a ver la obra. La primera cosa que le hizo reír en la calle cuando salió seguramente, pensaba yo, fue un chiste mío. Boludo, decía, "Charly se está riendo de un chiste mío". Esas cosas las cuento porque me las sigo acordando desde la sorpresa de un nene de pueblo.



Cuestionario Flotante

—¿Cuál es la ensalada ideal para acompañar un bife?
—Ensalada de rúcula. Sola. Nada. Sólo rúcula. 

—¿Qué te olvidás de comprar cuando vas al supermercado?
—No me acuerdo, me olvidé.

—Si tuvieras que elegir un personaje de Los Simpsons para naufragar en una isla desierta, ¿cuál elegirías?
—Apu, Apu, Apu, Apu, Apu, Apu. Toda la vida. Siempre. Me gusta cómo habla. Me gusta el color de su piel, las cosas que dice, lo que piensa, su esposa, sus hijos, todo.

—Músico o disco para recomendar:
—Escuché hace muy poquito tiempo a uno que se llama Cucuza Castiello, que ahora está tocando conmigo. Pero lo escuché por primera vez hace tres meses. Hace cosas de rocanrol pasadas a tango. Un lujo.

—Emoji que más usás:
. No sé qué es pero lo uso por las dudas. En “Más respeto que soy tu madre”, versión blog, Mirta Bertotti iba a una carnicería online que se llamaba ‘El Chatcinado’ y era casi todo emojis. Era absolutamente bizarro el asunto.

—¿Una torta o un tostado?
—Un tostado. Siempre lo salado, siempre. 

—Algo para recomendar que hayas visto recientemente en Netflix:
—Lo último que vi fue La Casa de las Flores con Verónica Castro, es increíble. Alucinante. Lo mejor que vi en Netflix en toda la historia.

—Tu puteada favorita:
—La renegrida concha de tu madre porque renegrida concha es primero adjetivo y después sustantivo, o sea que es una puteada borgeana.

—El mayor famoso con el que estuviste cerca:
—Yo conozco a un tipo que tiene una prima que cogió con Johnny Depp.

—Un cuento tuyo que te haga sentir orgulloso, que recomiendes fervientemente:
—Me gusta uno que se llama Finlandia.

—Es el que hablábamos recién, el del tronco.
—Hace un rato hablamos de eso, sí.

—Que no es el queso.
—No, no, no; ése es Filadelfia.

—Ah, es cierto, eso es una película sobre el sida.
—También. Es verdad.

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