Mauricio Macri volvió para ser y parecer: mostrar que lidera cómodo su espacio porque tiene la última palabra. Se lo pudo ver en un raid de tres notas: separa buenos de malos, útiles de inútiles, productivos de improductivos. A la manera de un inventario del personal. Este ajuste de cuentas se sostiene en un único principio: una realidad en el que él solo fija las reglas. Habla solo, despotrica selectivamente, y usa la “autocrítica sui generis” tal como escribió en su newsletter el periodista Fernando Rosso donde “autocritica a todos los demás”. Ya se dijo que actúa como el dueño de la marca.

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“Mi gobierno económico terminó el 11 de agosto”, dijo. Sin decirlo, propuso que, en cuatro años de conducción económica del país, sólo construyó la solidez de un gazebo que se llevó el viento. Veamos la frase completa: “Sin dudas dejé una economía mejor de la que recibí; hay que mirar los números hasta el 11 de agosto. Nuestro gobierno económicamente terminó el 11 de agosto. Lo decidió el mercado.” Y en eso que dice, dice algo más… cumple la regla de oro de su lógica: nunca tuve el poder. Volvió un clásico: el poder tercerizado. Llegó al poder para devolverlo. Devolverlo a los grandes de la economía, a Comodoro Py, a “los mercados”… llegar al poder para devolverlo significa entregarlo al antiguo cauce corporativo. Barrerle las distorsiones.

¿Qué encontró Cambiemos cuando pisaron Balcarce 50 en diciembre de 2015? Demasiado poder político. Ése fue el desguace de su gobierno: desarmar retenciones, cepos, leyes. No fue el desguace del Estado, más allá de la impronta de sus políticas públicas. Esa era la otra “pesada herencia” que el macrismo quiso reordenar: demasiado poder en la política y en el Estado. Eso definió la “psicología” del macrismo. Incluso en las transferencias de poder que hizo adentro del Estado. Con la “doctrina Chocobar” devolver poder de fuego. Con la frase en la que se desliga de las escuchas (hablando de que fueron los “cuentapropistas” de los servicios) invocar un poder autonomizado. O lo que “delegó” en ese grupo de filoperonistas, definidos con desdén como los culpables de no garantizar la profundidad de sus acuerdos (se votaban presupuestos, pero no eran sus presupuestos). La lista no es exhaustiva, pero es sintomática porque en todos los gestos Macri parece decir: “No tuve el poder”. Yo y el poder; los mercados, el mundo, el peronismo, los sindicatos, los filoperonistas. Las olas le capitanearon el barco, el viento le capitaneó el barco, el otro le capitaneó el barco. ¿Entonces qué tuvo Macri durante cuatro años?

En las entrevistas no parece tomado por un personaje. A esta altura de su construcción pública, Macri es Macri. Aunque luce duro, acartonado, por momentos incómodo. Diría rápidamente que es un hombre poco conversado. Y en la escasez de recursos está la ausencia notoria de frenos inhibitorios mínimos con los que calcular el efecto de las frases. Como cuando se le ocurre el ejemplo de Boca y Maradona. Luego Maradona da la mejor respuesta: “yo no le hice mal a nadie”. Pero hay en esos momentos de aparente improvisación un cálculo mal hecho. Y eso es Macri. Las malas lenguas repiten cuál es su autocrítica sincera: “No me dejaron ser”. Los roles de Marcos Peña y Durán Barba se pueden reducir, en parte, a la contención y civilización de Macri. Volverlo presentable, más político y cauto. En este regreso mediático eso se confirma porque rompe el silencio con honestidad brutal y sin los peajes de Marcos Peña.

Irrumpe Macri y la fantasía de que al gobierno le conviene poner a Macri en frente es tan dudosa como el resultado de la anterior fantasía que reza que al gobierno macrista le convenía poner en el centro de la escena a Cristina.

Ese juego de muñecas rusas reproduce que su relación última con su sociedad es delegativa. El macrismo, como un camaleón, se transparenta y se oculta en la parte de la sociedad que alienta. Y esa contraseña de anfibios habla de un nivel de conciencia sobre “lo político”. El camaleón que hace la política de los comunes, donde es común ver manifestantes opositores que dicen no ser partidarios, es común oír políticos opositores que dicen no llamar a las marchas (o a las que asisten “de civil”). Ese juego impone un ritmo político: adelante va la sociedad, atrás va la política, prácticamente para instalarse un minuto antes de que el canto concreto sea “Que se vayan todos”. Una política de socorro en la que no se reconocen particularidades partidarias, simbólicas, ni fechas propias. Como si su parte de la sociedad fuera toda la sociedad, las fechas los feriados patrios, la única bandera la Argentina.

Irrumpe Macri y la fantasía de que al gobierno le conviene poner a Macri en frente es tan dudosa como el resultado de la anterior fantasía que reza que al gobierno macrista le convenía poner en el centro de la escena a Cristina. Ambas se sostienen en una fantasía mayor: la del control que tiene la política sobre la sociedad. Por lo pronto Macri incomoda a los propios que sueñan con su superación.

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Mientras, la única agenda posible es la economía y la pandemia, así lo enunció también Alberto Fernández en el acto por el 75 aniversario del 17 de octubre de 1945 cuando dijo: “En todos estos meses nuestra mayor preocupación es que nadie padezca más que lo que la pandemia ya hace padecer”. No hubo mención a Macri. No hubo, esta vez, “oposición de la oposición”. Alberto señaló “el tiempo de la reconstrucción de la Argentina”, “hacerlo unidos”, “acá nadie sobra, todos hacemos falta”; y como si en cada subrayado se buscara el impasse definitivo para dar vuelta una página que se dijo mucho en estos días: que de tanto cuidar la unidad del Frente no se descuide el país. No nos olvidemos del límite a la felicidad de “un día peronista”: hay 42% de pobres. Alberto también les habló a las comunes, no podía no hacerlo: “los que piensan como nosotros y los que piensan distinto”. Pero el peronismo, paradójicamente, no actúa como si su pueblo fuera todo el pueblo. El 17 de octubre también es la representación de que el peronismo es una parte –enorme, mayoritaria, popular-, pero una parte. Barroco, sí; camaleónico, no. El peronismo es una máquina capaz de crear sus propios símbolos, y, sobre todo, sus propios amores. Tiene una marcha, un escudo, un grito de corazón: pero la bandera argentina se comparte entre 40 millones de argentinos. El 17 de octubre de 1945 es el día de los que no tenían día. Y el 17 de octubre es más que el folclore del 17 de octubre. Ayer, entre las mil performances apareció una voz solitaria, silvestre, sin autoedición: una señora de 65 años, trabajadora doméstica, que fregó pisos toda la vida y que se pudo jubilar con la jubilación para las amas de casa. Con el riesgo de que esta amplificación no mate el mensaje digamos: ahí está el porqué vale la pena. Lo real de un largo camino de 75 años.