La agenda del país quedó copada por uno de los eventos más importantes de la historia. River y Boca van a definir el campeón de la Copa Libertadores. Entre despidos, inflación y una economía en recesión, el fútbol se apodera de la mente de casi todos los argentinos. Y, por supuesto, el hincha número uno del equipo de la ribera quiere ser parte de todo esto y sacar rédito de la situación.

Mauricio Macri le debe mucho al fútbol. Su exitosa presidencia en Boca Juniors le permitió llegar a la política nacional como un hombre de gestión y logros. A su vez, el fútbol, una pasión para los argentinos, le sirvió para librarse de la idea del empresario millonario alejado del pueblo.

La estrategia comunicacional de metáforas futbolísticas ha sido uno de los caballitos de batalla en toda su carrera. Desde la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hasta la presidencia de la Nación, incluso, para las relaciones diplomáticas. Hay que reírse para no llorar. Ahora, Macri sueña con levantar la Copa Libertadores en la Casa Rosada.

La superfinal le dio una nueva oportunidad al oficialismo para copar la agenda. Así es que el presidente, según dicen aconsejado por el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba, lanzó la propuesta para que los partidos se jueguen con público visitante. Inmediatamente, el ministro de Seguridad de la Ciudad expresó su preocupación porque no estaban dadas las condiciones para cumplir con el pedido presidencial. Sin embargo, pasaron cosas. Minutos más tarde, el propio ministro Martín Ocampo salió a confirmar que se jugará con visitantes. Todo muy serio hasta acá.

Las frases de Macri sobre el partido merecen un párrafo aparte. Y en ese marco no hay que perder de vista la delicada situación económica en la cual se encuentra el país. Lejos de la realidad, el Presidente dio una entrevista radial para hablar exclusivamente de la final. Las declaraciones no estuvieron a la altura; chicanero y soberbio recordó "aquella semifinal del 2004 que ganamos, con el estadio en silencio". Además, intentando poner paños fríos, días atrás también había deslizado que el perdedor tardaría 20 años en recuperarse.

El Gobierno quiere utilizar estos dos partidos como una vidriera, mostrarle al mundo y a los argentinos ya acostumbrados a ver los partidos solo con público local, cómo puede organizar la final más relevante de la historia. Todo esto días antes del G20, un dato no menor y a tener en cuenta.

Ahora, ¿están dadas las condiciones para que los dos partidos reciban público de ambas parcialidades? ¿Están las fuerzas de seguridad preparadas para un evento de tal magnitud? La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, fue firme: "El que no arriesga no gana". Una pena que no tomó nota que arriesgarse y que salga mal puede desembocar en un final con heridos o, incluso, algo peor.

Utilizar un evento deportivo, improvisadamente, por recomendación de un asesor en comunicación y con solo fines opiáceos parece, en principio, una locura que solo puede terminar mal. Esperemos que no.