Durán Barba estuvo en el bunker de Juntos por el Cambio pero esta vez no subió el escenario

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Todavía no se habían hecho públicos los primeros datos oficiales cuando el señor, sesenta años, ingeniero en sistemas y parte de las cientos de personas que se acercaron hasta Costa Salguero, soltó una sentencia: “Las sociedades cambian y él no supo cómo llegarles a los jóvenes. Todos los ciclos se cumplen”. Asombro: ese “él” no refiere a Mauricio Macri sino a otro individuo al que el señor de sesenta no olvidaba en esa noche que quizás alguna vez quiera olvidar.

Jaime Durán Barba, figura central en la arquitectura que le permitió a Macri sentarse en la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2015, quedaba así apuntado como uno de los responsables del resultado electoral que le puso un freno al proyecto político que arribó prometiendo “la revolución de la alegría” y se retiró con niveles de pobreza, desempleo, inflación y –sobre todo- endeudamiento muy por encima de los recibidos.

¿Ya está? Esa pregunta también resonó en la cabeza del consultor ecuatoriano cuando el gobierno de Jamil Mahuad, del que fue secretario de la Administración Pública entre 1998 y 2000, se estrelló envuelto entre crisis económicas y escándalos de corrupción.

Más de uno supuso que sería el final de la carrera del pupilo de Joseph Napolitan, el hombre fuerte en el armado de la estrategia para instalar a John Kennedy en la cima del poder ejecutivo de los Estados Unidos. Pero nada de eso sucedió. Se recicló en la realidad latinoamericana, conoció a Macri en 2004 y se transformó en el escultor de un potencial candidato que, con la gestión en Boca sobre sus hombros, pretendía desembarcar con éxito en la política nacional.

Jaime Durán Barba a pocos minutos de que arranque el segundo debate presidencial. Foto Marcelo Capece/NA.

“Durán Barba humanizó a Macri”, apuntó, entre los ecos de otras voces de derrota macrista, un muchacho cordobés que se definió como voluntario y al que la ilusión del balotaje se le evaporó cuando se confirmó que Alberto Fernández había superado la línea de los 45 puntos.

El domingo 22 de octubre de 2017, luego del muy buen desempeño de Cambiemos en la elección de medio término, Durán Barba cruzó por primera vez una barrera que hasta ese momento no había saltado ningún consultor político en la Argentina: se subió al escenario con las principales caras de la coalición gobernante y se llenó los oídos con una ovación que difícilmente se la vaya a esfumar.

La “duranbarbización de la política”, es decir, la interpretación de que la disputa del poder se juega centralmente a través del marketing y la gestión de la imagen, daba la sensación de haber aterrizado para quedarse. El economista austro-estadounidense Joseph Schumpeter, de los primeros en pensar a la democracia como una competencia por ganarse el aval de quienes desprecian la política, se hubiera sentido orgulloso. Desde esa noche, ya no pudo ocultar su pertenencia al bando de quienes, de un lado y del otro del Atlántico, combaten eso que, sin demasiadas precisiones conceptuales, suelen denominar populismos.

Durán Barba, el día de la asunción de Macri. Foto: Daniel Vides/NA.

“El multitudinario apoyo a Mauricio Macri en treinta ciudades del país es un fenómeno que está en esa dimensión. Nunca antes se produjo esa presencia de gente sin buses, burocracia ni punteros en todo el país”, escribió Durán Barba en la columna publicada por el bisemanario Perfil el 13 de octubre pasado.

Debajo del escenario en el que en esta ocasión no apareció, distintas voces criticaron su decisión de polarizar excesivamente contra Cristina Kirchner sin considerar que no es lo mismo ser oficialismo que oposición. En los últimos tiempos, dirigentes de Cambiemos como Emilio Monzó y Nicolás Massot cuestionaron públicamente su apuesta por privilegiar los efectos propagandísticos por encima de la gobernabilidad. Sin embargo, ni las miradas militantes ni las objeciones de los diputados parecen haber disminuido su influencia sobre Macri.

María Eugenia Vidal reconoció la victoria de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, repartió agradecimientos por doquier y afirmó que, lejos de abandonar, ahora comenzará otra etapa. Convencido de que la comunicación se ubica en el corazón de la política –o, dicho de otro modo, que la comunicación es la política-, es posible imaginar que Durán Barba tuvo voz y voto en la elaboración de un discurso que intentó sostenerse de pie desde la emoción sin salirse del perímetro trazado hace una década y media: cercanía, positividad y futuro.

-¿Ya está?, preguntó de nuevo el señor de sesenta años.

No hubo respuesta: Durán Barba ya no estaba.