“Tengo coronavirus”

En primera persona: cómo es vivir con la enfermedad. Protocolo, síntomas y cambios en la rutina.
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Pese a los cuidados que tuvo, la pandemia del COVID-19 modificó los planes de Carla B. “El 2 de febrero viajé a estudiar un posgrado de Customer Experience en la Universidad de Liverpool en Londres. En ese momento se hablaba del coronavirus que sucedía en China. Se lo veía como algo super lejano“, sostiene una de las infectadas en el país.

Para poder viajar, renunció a su cargo de gerenta de operaciones de Customer Service en DHL. Su objetivo era adquirir conocimientos y abrir su consultora. Aparte de estudiar durante su estadía, que iba a durar hasta el 28 de marzo en el Reino Unido, ya había hecho reservas para viajar a París y a Edimburgo los fines de semana. Sin embargo, regresó en los primeros días de marzo por miedo a no poder volver a Argentina después. 

Cuenta su historia para poder concientizar. “La única vacuna que tenemos hoy en quedarnos en casa, porque el virus viaja con nosotros”, repite Carla a lo largo de la entrevista.

Londres

“Estoy segura que me contagié en el curso, tres o cuatros compañeros tienen coronavirus”, explica la mujer de 48 años. Tenía 15 compañeros de distintos países; había ingleses, sudafricanos, australianos y un francés. “Cada vez que terminábamos de cursar nos íbamos a un bar a tomar una cerveza. En Londres no se hablaba del coronavirus y acá casi no había casos“.

La Universidad en donde cursó.

Cuando empezó a haber más casos en Italia, Carla decidió dejar de tomar el subte y de usar Uber. También canceló las reservas en París y Edimburgo para no exponerse en los aeropuertos. Al igual que su hijo que iba de vacaciones a París el 19 de febrero y lo suspendió.

“Hasta el día anterior a que la OMS declarara la pandemia estaba todo normal. La gente caminaba por la ciudad como siempre”, relata. Por si acaso, Carla ya limpiaba sus manos, el vaso, el asiento y los cubiertos (cuando cenaba en restaurantes) con alcohol en gel. “Me miraban como una loca, pero no me importaba. Tomé todos los recaudos“, dice.

Pero cuando el coronavirus estaba más avanzado, el primer ministro, Boris Johnson -quien este viernes confirmó que tiene coronavirus- dijo que había que prepararse para perder a los seres queridos: “Cuando escuché eso, empecé a buscar pasaje de regreso”.

Los alumnos y la facultad se pusieron de acuerdo para cambiar la modalidad de cursada: de presencial a virtual. Y Londres seguía igual.

Regreso

El único pasaje disponible era en business. “Lo saqué igual”, dice. Quería evitar quedarse varada si los países si cerraban las fronteras. Además, le pareció una buena idea no estar en contacto tan cercano con otros pasajeros si viajaba en un asiento en primera.

Cuando hizo la escala en Madrid pidió un barbijo en el mostrador del aeropuerto, y desde ese momento, no se lo sacó más. Carla volvió en el último vuelo de Iberia que llegó al país antes del anuncio del Gobierno de que los argentinos debían ser repatriados con Aerolíneas Argentinas.

“En Ezeiza me buscó mi marido. Lo saludé de lejos, aunque me sentía bien y me senté en el asiento de atrás del auto”, explica Carla. En ese momento había cuarentena obligatoria para los argentinos que volvían de determinados países, entre ellos Reino Unido. Al llegar a su casa también vio de lejos a sus tres hijos (de 24, 18 y 17 años).

La noche de su arribo tuvo escalofríos y se sentía muy cansada. “La cabeza me explotaba”, cuenta. Al día siguiente, comenzó con tos y dolor de garganta. Se tomó la fiebre y le ardía la piel. “Tenía 39,4, parecía que era una gripe muy fuerte”. Al llamar a su obra social le indicaron que debía bajarse una aplicación para hacer una videollamada con un médico, quien le confirmó que sus síntomas se correspondían con un caso sospechoso de coronavirus.

Protocolo

Estuvo cinco días internada en el Sanatorio Agote, de Recoleta. Solo dos días le faltó el aire y le dieron mascarilla de oxígeno. La prepaga le hizo la gestión para que la busque el SAME. “No podés tocar nada, solo agarrarte para subir a la ambulancia”, le indicaron.

Cuando llegó a la clínica, le hicieron un hisopado en la nariz y la garganta, placas y extracción de sangre. Cuenta que en las habitaciones del piso donde la internaron vio carteles que decían “visita restringida”. “Creo que solo estaban los casos sospechosos y los positivos de coronavirus”, cuenta.

“Las enfermeras entran solo dos veces al día. Te toman los signos vitales y la oxigenación en sangre, la fiebre y la presión. Cada vez que salen tiran el camisón que tienen puesto“, explica Carla sobre el cuidado de los profesionales de la salud dentro del sanatorio.

La comida se la daban en recipientes descartables. “Una vez que terminaba la tiraba en una bolsa de residuos patógenos”. Aunque no tiene apetito, agrega: “Como un pedacito de queso o un yogurt”.

Durante su internación tuvo un poco de fiebre (38,2) y no necesitó suero. “Me confirmaron que tenía coronavirus, pero como no tenía nada en los pulmones me dieron el alta institucional”.

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Medicación

Los remedios que tomó durante la internación los sigue tomando. No le dieron paracetamol “porque te puede esconder los síntomas al bajarte la fiebre”. Toma salbutamol (ventolin) para poder respirar mejor, lo usa después de toser. Y diclofenac “para el dolor fuertísimo de cabeza”.

Ahora que está en su casa en Palermo toma paracetamol solo cuando no tuvo fiebre durante el día. “Para el dolor de cabeza, no para bajarme la fiebre”.  También le recetaron un jarabe con codeína para el dolor de garganta y la tos. “La tos a veces se torna insoportable, sobre todo a la noche”, explica. La entrevista telefónica, que duró 50 minutos, fue interrumpida en varias oportunidades por este motivo.

Cuarentena

Su familia no puede salir a la calle, pese a que no están contagiados. Ni siquiera a comprar comida o medicamentos. Entre las recomendaciones del Ministerio de Salud que le dieron al egresar de la clínica, figura el cambio de las sábanas y de ropa dos veces por día y bañarse diariamente.

Se mantiene aislada de sus hijos y su marido en su cuarto, el cual cuenta con baño y terraza propia. A su vez, utiliza un plato, cubiertos y un vaso solo para ella. La entrevista se detiene unos minutos porque su hijo mayor le avisa a lo lejos que le deja un té por su incansable tos.

A los 21 días (contando desde el momento en que le dieron el alta) terminará su cuarentena, ya que la infección dura “entre 15 y 20 días, depende de la persona”. Carla cuenta que “en el día 19 o 20 le van a hacer otro hisopado que seguramente de negativo, me explicó la médica cuando me dio el alta”.

Por lo general tiene 37,5 de fiebre, aunque a la noche puede subir a 37,7. “Perdí el olfato, el gusto y las ganas de comer”, confiesa. Por el dolor de garganta come cosas blandas, y así evita tener que tomar un suplemento vitamínico. Se siente bien aunque dice que la cabeza le “explota” y a veces le falta el aire. Está cansada, pero por momentos ordena y limpia, depende de la fiebre que haya tenido, “dado que se va acumulando”.

Parte de su rutina diaria implica una videoconferencia con un médico de la prepaga. “Me tomo la temperatura cada cuatro horas, anoto eso y los síntomas”. Esa información se la da al doctor que la llama.

También trabaja un rato, controla el armado de la página web de su consultora o chatea con sus amigas. Sufre la distancia con sus padres y está preocupada por ellos porque son grandes. “Los extraño a mis viejos, de una manera que no te puedo explicar. Mi mamá tuvo cáncer y cuando estaba en Londres se hizo el control y le dio bien, después de hacerse quimio y rayos”. Y arremete: “Una buena”.

El encierro le genera angustia y miedos. “Tomo ansiolíticos para estar tranquila, porque aunque me digan que estoy bien estoy asustada”, relata. Y aclara: “Me agarra más bajón que sentirme mal”.

Todavía no entiende cómo hay personas que no se respetan la cuarentena. “Hay que ser más solidarios y conscientes. Nuestros abuelos y bisabuelos estuvieron ocultos por las guerras y nosotros nos quedamos en nuestras casas“, sentencia. Se preocupa por los demás, a quienes aunque no conozca pueda contagiar. “Espero que esta situación nos haga reflexionar para dejar de ser egoístas. Usemos la pandemia como sociedad para pensar de otra manera”.