Permítame Aníbal que tome prestada su frase y me atreva a cambiar el país de la comparación. Pero quiero compartir con los lectores una simpática experiencia vivida en carne propia el último fin de semana y las reflexiones que me provocó.

Un gran amigo productor agropecuario me invitó a pintar un panorama sobre economía y finanzas en Argentina para un reducido grupo. Entre los presentes, un reconocido profesional en menesteres diferentes a los que me competen objetó mi visión respecto del carácter restrictivo de nuestro sistema impositivo, y lo disuasivo que este es para potenciales inversores.

Alegó que la carga tributaria en Argentina es idéntica a la de Suecia, e incluso menor para segmentos de mayores ingresos.

En su argumento más o menos válido desde lo fáctico, olvidó prestar atención a una cosa: que Suecia es Suecia. Y tuvo que llegar a ser Suecia para luego gravar a la gente en las tasas que lo hace. De todas maneras, desconozco la estructura tributaria sueca para juzgar si se la puede clasificar como progresiva, regresiva, restrictiva, expansiva, o como se la quiera catalogar.

Pero sí te puedo discutir de igual a igual acerca de finanzas y economía, particularmente vinculadas al apetito de los inversores. Aunque, como debe ser, tomo todas las opiniones, sugerencias, quejas y reclamos. Especialmente, cuando se trata de alguien que con su conocimiento técnico (limitado o ilimitado, no interesa) es quien pone el pecho al país, intenta crear empleo y debe pagar las cuentas; con todo el respeto y admiración que eso me merece.

Pero al menos en lo que respecta a mi visión de la economía y las finanzas (y solamente nos atendremos a estas dos disciplinas) Suecia y Argentina son absolutamente incomparables. Puntualmente en lo que respecta al efecto disuasivo que en Argentina tienen los impuestos, y quizás no los tienen en Suecia por más que ambos tengan la misma carga tributaria.

Si hablamos de finanzas, se me vienen a la cabeza principalmente dos cosas: Suecia tiene niveles de incertidumbre mucho más bajos que Argentina, menor volatilidad, por ende menor riesgo país. Entonces un privado a una inversión en Suecia le va a pedir menor rentabilidad que a la misma inversión en Argentina para considerarla más atractiva que a esta última. Por otro lado, Suecia tiene un mercado financiero y de capitales de profundidades mucho mayores. Y esto implica que un empresario en Suecia puede endeudarse, y se endeuda. Porque confía en su sistema. Y la deuda tiene una particularidad: los intereses que generan se deducen de impuestos (lo que se conoce como escudo impositivo o tax shield).

En cambio en Argentina, un empresario solamente entra a un banco a punta de pistola, y no quiere saber nada con créditos, con apalancarse, con deberle nada a nadie. Entonces, un empresario argentino financia sus actividades mayormente con capital propio, que contrario a lo que sucede con la deuda, la renta que genera no puede ser deducida de Impuesto a las Ganancias por la empresa.

De acá se desprenden dos situaciones que hacen que el peso de los impuestos en Suecia no sea grave como lo es en Argentina en términos de incentivos a la inversión:

• En un país “normal” un empresario invierte si su retorno va a ser “normal”. En un país “de locos” el empresario va a invertir solamente si los retornos justifican esa locura. Esto quiere decir lo antes expuesto: si en Suecia quiero ganar un 5% bottom-line, en Argentina voy a querer ganar un 15%.

• Pero además, en Suecia los bancos me prestan plata a tasas que me gustan, y no tengo ningún problema con los bancos, por lo que no temo pedirles lo necesario para que mi estructura de capital (Activo = Pasivo + Patrimonio Neto) sea óptima. Y además, los intereses podrán ser deducidos de impuestos. Entonces, el “costo de mi emprendimiento” será menor, por lo que tengo otro incentivo a invertir a un retorno menor al que lo haría en tierras gauchas.

Mi opinión de la reforma tributaria argentina es que es insuficiente, y que la estructura impositiva local es un fuerte desincentivo a la inversión. Como también lo son las numerosas trabas burocráticas que hacen a un empresario pensar dos veces si invierte o no; y si lo hace, si formaliza todas sus operaciones o no. Si lo de las trabas burocráticas no les parece tan importante, la próxima vez que vayan a pagar en una playa de estacionamiento intenten verle la cara al cajero, si es que todos los carteles que deben colgar para estar “a derecho” aún les deja un hueco para asomarse.

Impuestos elevados y distorsivos; costos laborales altos (con sueldos reales bajos); una burocracia infinita (con requisitos inagotables y en algunos casos hasta irrisorios, inspecciones que multan con un nivel de detalle “sueco” a un microemprendedor argentino que apenas le alcanza para empatarla, etc); alta volatilidad; incertidumbre; falta de políticas económicas “de estado”. Diganme, qué clase de demente puede querer invertir en proyectos capital intensivos de largo plazo ante ese escenario? Por suerte, algunos locos hay.