Yihadista por el Cambio

El Canciller - Comentarios
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Lleva la ambición al hombro como digna aristócrata, integrante de una familia patricia. No se puede despegar de ese triple apellido, porque la cartografía de la historia también está cifrada en su nombre. Ella es Patricia. Y aunque la rebeldía adolescente la haya rebautizado con un nombre tan pedestre como Carolina “La Piba” Serrano, la sangre tira. Desde hace unos años, Patricia Bullrich Luro Pueyrredón emprendió el regreso al linaje conservador, antipopulista —“gorila” para los amigos— como quien vuelve exhausto al abrazo tibio de lo conocido. El poder la puso dócil a Patricia.

El tránsito por la Juventud Peronista, la negada participación en Montoneros bajo la instrucción de su admirado y queridísimo cuñado Rodolfo Galimberti, fueron apenas los primeros pasos de lo que hoy se comprueba como un proyecto, más que político, de acumulación de poder. La larga veintena de años bajo la fronda siempre verde del peronismo no fueron suficientes para retener a Patricia, que dice haber migrado quizás para comprobar, de primera mano, si la gobernabilidad es sólo un don de los fierros justicialistas.

Planta permanente de la política y la politiquería, luego de crear su espacio Unión por Todos, fue a parar a la Alianza, como ministra de Trabajo de Fernando De La Rúa, el presidente olvidable más recordado de nuestros tiempos. Thatchereana de las pampas, le cantó las cuarenta a los sindicatos, y con un 25% de desocupación, recortó haberes a estatales y jubilados como parte de un paquete de medidas, en sus propias palabras, audaz. “Débiles con los poderosos y fuertes con los débiles”, le espetó un providencial Néstor Kirchner al aire de A Dos Voces. Ya entonces, la adusta Patricia Bullrich, yihadista del ajuste, se ponía al frente de las misiones más extremas. De alcurnia, sí, pero no se le caen los anillos.

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La onda expansiva del 2001 arrojó a Bullrich del lado del radicalismo de modo definitivo. Rearmó su pequeño partido, confluyó en la Coalición Cívica, la puerta de preembarque del macrismo.

En 2015, Cambiemos le garantizó un lugar clave en la mesa chica. Hábil para rodearse de actrices de reparto que amortiguaran los golpes de un país que no respondía a sus manejos de CEO —como las hadas buenas Vidal y Stanley, y la excéntrica Carrió—, Macri le dio a Bullrich la llave del Ministerio de Seguridad con onda verde para disciplinar a la sociedad. Persecuciones irrisorias por tweets y doctrina Chocobar para todos. Inolvidable cosplay de Rambo y otro de redneck full republicana en la Embajada de Estados Unidos: en la cima, ya no tenía sentido mantener ese romance dentro del closet.

Talentosa para estar en los gobiernos del fracaso, puede ser oficialista pero también opositora. Desde la victoria de Alberto Fernández, trabaja para mantener viva a una oposición que sueña llevar al podio en 2023. Desde su departamento de la calle Beruti, la revelación tiktokera hoy se preocupa por los DDHH de los argentinos en la larga cuarentena albertista. Y justo cuando las balas de la red de espionaje urdida bajo su ala picaban demasiado cerca, apareció asesinado Fabián Gutiérrez. Tiró la justicia por la ventana y, golosa, se puso a aparatear: “Lea bien, Presidente”.