Venezuela: la piedra en el zapato de un gobierno con demasiadas grietas

El Canciller - Comentarios
@Jorge Kreyness El artículo es bueno en sus...
@Norberto Rossell Muchachos lo escuché a...
@Esteban Godoy Espectacular nota....agregaria...
@Fer Muy buena nota. Bastante...

El gobierno de Alberto Fernandez se volvió a complicar la vida solo. Nuevamente el debate sobre la crisis en Venezuela expuso la falta de consenso interno sobre una crisis muy sensible en nuestra región.

El protagonista fue Carlos Raimundi, embajador argentino ante la Organización de Estados Americanos (OEA) quien planteó en el Consejo Permanente de la OEA una posición sobre la violación de los Derechos Humanos en el país caribeño que no corresponde con la oficial.

La realidad es que el tema lo tomó por sorpresa al ex Solidaridad e Igualdad, ya que, la reunión fue convocada de forma extaordinaria y la OEA no es el espacio institucional de debate del informe de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Raimundi sostuvo que “Venezuela ha sufrido un fuerte asedio de intervencionismo” y consideró que “hay una apreciación sesgada de lo que son las violaciones a los Derechos Humanos en determinados países”. En otro tramo, puso en duda la seriedad del informe de Michelle Bachelet por no haber recogido testimonios dentro del país.

Este tono coincide con los defensores más cerrados del gobierno de Nicolás Maduro que acusan a Bachelet de no tener una mirada objetiva de la situación y hacer oídos sordos a otros procesos que violan los Derechos Humanos de su población, lo cual es absolutamente falso porque la expresidente de Chile abordó las represiones policiales en Chile y Ecuador durante las protestas del año pasado, el golpe de Estado en Bolivia y la matanza de líderes sociales en Colombia, por citar algunos.

Además, mientras en Argentina crecía la indignación por el supuesto rechazo del gobierno al informe de la ONU, Nicolás Maduro y Michelle Bachelet mantenían una reunión virtual para acercar posiciones.

La exposición de Raimundi cayó pésimo tanto en Cancillería como en Casa Rosada porque rápidmente se convirtió en insumo para los medios de comunicación que están las 24 horas tratando de vincular al gobierno con el chavismo para erosionar la imagen del presidente.

Si bien el funcionario mesuró su declaración en una entrevista radial al día siguiente, lo insólito de la situación es que un funcionario con responsabilidad diplomática opine como si estuviera en un panel de televisión o en una reunión con militantes sin medir los costos que implica para el Estado que representa.

Las declaraciones posteriores del Secretario de Política Exterior, Pablo Tettamanti, fueron demasiados suaves pero intentaron aclarar que “no corresponde a ese organismo tomar una decisión sobre el informe de la Alta Comisionada de la ONU Michelle Bachelet presentado al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, y por lo tanto no estaba previsto en modo alguno que hubiese un pronunciamiento”. “Tampoco era el ámbito para que las delegaciones se pronunciaran sobre ese reporte sino antes que nada reaccionar eventualmente con algún comentario sobre la presentación que se hizo”, agregó el funcionario.

Los contrapuntos sobre Venezuela son evidentes dentro del Frente de Todos y Alberto Fernández intenta hacer equilibrio entre la mirada bolivariana de Cristina Fernández de Kirchner y la posición más dura como la de Sergio Massa que ha dicho en varias ocasiones que Maduro es un dictador e, incluso, celebró la proclamación de Juan Guaidó como “Presidente Encargado” en 2018.

Como ocurre en otros ámbitos del Estado, los integrantes de la coalición representan parcelas de poder que se contradicen todo el tiempo y conspiran contra el normal funcionamiento de la gestión. La Política Exterior tiene que poder ser una puerta que se acerque a la tan esperada pospandemia y genere soluciones en medio de tantos problemas.

El canciller Felipe Solá hace el esfuerzo con la proyección de exportaciones mediante el Consejo Público Privado para la Exportación y brinda señales de pragmatismo que lo acercan tanto a la Nueva Ruta de la Seda de China como a inversiones estadounidenses y acuerdos comerciales con Brasil. Sin ir más lejos, ayer grabó un mensaje de salutación en el marco de los 71 años de la fundación de la República Popular China y se reunió con el Embajador de Estados Unidos en Argentina, Edward Prado. “Más tercera posición es imposible”, esbozaron desde el Palacio San Martín.

Sin embargo, la hiperideologización, el capricho y la tozudez en torno a Venezuela se cruzan en el camino para embarrar la cancha y alimentar fantasmas.

Es hora que el gobierno resuelva este asunto y construya una visión de Estado que exceda las valoraciones de las partes. Si Argentina tiene una posición clara sobre temas como el conflicto entre Palestina e Israel o el bloqueo de Estados Unidos a Cuba, ¿por qué no tenerla en relación a Venezuela?

La tradición de defensa de los Derechos Humanos obliga al país a manifestar su preocupación y, tal como hizo en Ginebra y a través del Grupo de Contacto Internacional, denunciar los atropellos institucionales de un gobierno, independientemente de las relaciones de amistad de tiempos pasados.

A diferencia del comité republicano que armó Luis Almagro en la OEA, la Oficina de Michele Bachelet es lo suficientemente seria como para tomar en cuenta los reportes y pensar acciones conjuntas que se alejen de la idea del intervencionismo y al mismo tiempo contribuya con una salida negociada, democrática y pacífica.

Mirar la realidad venezolana con anteojos del 2007 es una torpeza y una irresponsabilidad que complicará la existencia de un gobierno que ya está atravesado por enormes presiones.

Alberto Fernández deberá ponerse el traje de conducción y ordenar una grieta interna que le hace mucho daño al gobierno, al peronismo y a las fuerzas progresistas que conviven en el Frente de Todos. No se trata de ir detrás de la voluntad de Estados Unidos y repetir como un mantra el fetiche de “convertirse en Venezuela” sino de pararse por encima de la situación y abrazarse a una neutralidad activa que demuestre empatía y compromiso con una nación que la está pasando verdaderamente mal.

Resolver la posición respecto de Venezuela es parte de la necesaria tarea de construcción de una política de Estado regional basada en el pragmatismo y la inteligencia que pueda sostenerse en el tiempo. No hay margen de error para debates estériles ni caer en la trampa de que todo aquel que cuestiona la democracia venezolana es un aliado del imperio o un traidor a la causa latinoamericana.

La semana que viene se realizará la reunión del Consejo de DDHH de la ONU en donde se discutirá la renovación de la Misión de Determinación de Hechos para Venezuela, con lo cual, esta novela puede continuar.

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