Tres en uno

Un repaso por las presidencias de Onganía, Levingston y Lanusse.
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Con el apoyo de los periodistas de moda, el radicalismo, el MID, los sindicatos, los empresarios, la sociedad rural, la bendita embajada y todos los que prefirieron el no te metás, el teniente general Juan Carlos Onganía se transformaba en un nuevo okupa del cotolengo de Balcarce 50.

Había ordenado un poco al Ejército después del disparate de azules y colorados, así que ahí venía, con dos huevos a organizarnos el país. Todo bajo el nombre de Revolución Argentina. Quería devolvernos el orgullo de ser argentos. No se le podía negar la oportunidad.

El prontuario no tiene demasiado más para mostrar. Estudió en el Colegio Militar, se casó con la que sería tía de Gustavo Green, un exintendente de Merlo, y titular del SEDRONAR durante el menemato, detenido por estafas e ideólogo de la famosa campaña “Sol sin drogas”, la que Charly rebautizara como “Drogas sin sol”. Los ’90 fueron divertidos, no nos podemos quejar. Y eso que no teníamos tuiter.

El presidente Onganía

Volviendo, puso un ministro de Economía que agarró para el lado equivocado, entonces lo volaron y ubicaron al célebre Krieger Vasena, más ducho para lo que había que hacer: devaluar un 40% la moneda y congelar los salarios. Y así aplacó la inflación. Se frenó la industria, pero todo no se puede.

Además, se creó el Peso Ley, porque otra forma de arreglar nuestros problemas será este, crear monedas quitándole ceros a los papeles del estanciero. En este caso, 1 Peso Ley eran 100 de Moneda Nacional y 2500 de Moneda Corriente. Un noruego no podría entenderlo, de ahí el orgullo.

Para frenar las huelgas metió una ley de arbitraje y metió la pata con sus socios con los comités consultivos, acá nadie quería la opinión de nadie. Y mucho menos si habían puesto a semejante macho alfa al frente del desaguisado. De paso, prohibió a los partidos políticos que tanto molestaban con sus ideas estrafalarias.

Tal vez Onganía hubiera preferido ser recordado por ordenar la cosa, pero le salió el tiro por la culata. Digamos que quedó lejos de eso y lo recordaremos siempre por la noche de los bastones largos. Un día se le ocurrió revocar la reforma universitaria. Los pibes, los profesores y los graduados se le fueron al humo, protestaron. Palos en la rueda, lo de siempre. Entonces abrió la mesa de diálogo, que consistió en mandar a la Federal a terminar con los loquitos. Detuvieron como a 400 tipos, los hicieron poner en fila y a medida que iban pasando les aplicaban el correctivo con bastones, largos. Unos cuantos, después de esto, se tomaron el piróscafo.

La noche de los bastones largos

Tampoco la venía pegando tanto. Entonces en la ciudad de las mujeres más lindas, del fernet, de la birra y las madrugadas sin par, se armó la hecatombe. Es que se venía de soportar represiones fuertes en protestas sindicales y estudiantiles, ya con dos mortadelas sobre los hombros.

Los salarios congelados, la moneda devaluada y los partidos políticos en desuso, la olla iba a reventar. Y reventó. La CGT combativa de Córdoba, con Agustín Tosco, de Luz y Fuerza, a la cabeza convocó a un paro general. El Gobierno contestó con un toque de queda.

En síntesis, obreros y estudiantes marcharon a la capital de la provincia, a la postre sitiada por la policía. Pero la policía quedó rápido fuera de combate, así que se militarizó la cosa. Aviones, balas, francotiradores, quema de un casino de suboficiales y comisarías. El bardo se extendió por todo el país. A la noche, el Ejército se hizo de la situación, pero la monedita ya estaba en el aire. Nunca hubo un conteo oficial de muertos que pueden ser entre 4 y 500. Se inmortalizaría como el Cordobazo.

Cordobazo

El gabinete se borró en pleno, aparecieron los idealistas del ERP y Montoneros, las revueltas seguían por todos lados y Onganía se despachaba con que necesitaba más de 20 años para arreglar a esta sociedad descarriada. Calculaba, a vuelo de pájaro, un proceso de casi 50 años. Ambicioso.

Pero a cada chancho le llega su San Martín, y Montoneros secuestró y se cargó al general Aramburu. Y a los padres de la criatura esto les llenó los huevos. Así que le pidieron a Onganía que alcanzara su renuncia burocrática a las oficinas del Estado Mayor Conjunto y se fuera a criar malvones a su casa. Aguantó todo lo que pudo.

Ahí mismo la Junta le dio las llaves de la Rosada al general puntano Roberto Marcelo Levingston. Debía saber cosas de todos porque había manejado la SIDE. Además venía de ser agregado militar en la Madre Patria del norte. Y tal vez por eso, se sintió poco condicionado y se mandó a hacer la suya. Mejoró los salarios, instauró el compre argentino, sacó líneas de créditos blandos. El tipo se miraba al espejo y se sentía El General. Pero la realidad es que la inflación se fue a la estratósfera, la guita empezó a fugarse y la gente andaba con cara larga. Y los jefes ni qué decir.

Roberto Marcelo Levingston

Quiso dialogar con los partidos políticos, pero nadie quería hablar con él. Rucci, desde la CGT, le metió huelgas hasta en el patio de las palmeras y, cuando mandó un interventor a Córdoba, terminaron de nuevo a los tiros. El funcionario, un tal Uriburu, sobrino de José Félix, firmó la papeleta y se fue a su casa. Soldado que huye…

El siguiente llamado que recibió fue para avisarle que le dejará las cosas ordenadas al tal Lanusse, miembro de la Junta que, harto de que no hicieran lo que pedía, se iba a hacer cargo personalmente del asunto. Como apostilla de su gobierno, designó a la primera mujer en la Corte Suprema, Margarita Argúas.

Así asumió el teniente general Alejandro Agustín Lanusse Gelly, porteño, que había participado del intento de golpe del ´51, estuvo preso, anduvo como embajador especial en el Vaticano, fue de los azules y comandó el Ejército argentino.

Alejandro Agustín Lanusse Gelly

Para arrancar le dio matraca a la obra pública. Cemento en las rutas, puentes, obras eléctricas. Lo que mueve la economía, de toda la vida. Restableció relaciones con Latinoamérica y, aunque no llegó a hablar de patria grande, al menos se volvió al diálogo, el consenso y coso.

Para la salida democrática metió a un radical en el Ministerio del Interior, impulsado por Balbín, un tal Mor Roig. El asunto es que el innombrable iba a volver, ahora tenía que perder. Había que preparar el estofado. La UCRP se volvería la UCR, la UCRI se uniría al MID y Alende se armaría el Partido Intransigente. Y así, idearon el Gran Acuerdo Nacional, que devolvía a la vida a los partidos, les reintegraba sus bienes y daba libertad de acción política.

Pero, entre lo ideal y lo real, la violencia estaba a la orden del día. Y se fue de las manos. En Trelew más precisamente, donde los muchachos del ERP, las FAR y Montoneros hicieron un trabajo colaborativo para ir a sacar unos presos. Se ve que no estaba aceitado el operativo. A algunos los sacaron y escaparon a Chile, pero a otros no. Resultado, los fusilaron simulando una fuga. La masacre de Trelew, para la posteridad.

La masacre de Trelew

Se llamó a elecciones, nomás. Al quetejedi no le daban los tiempos para ser candidato ni quería hacerlo en esas condiciones. Lanusse dijo que no le daba el cuero para volver, porque poder, podía. Un antecedente del “no te animás”, que usan los chicos de ahora.

El tirano prófugo, entonces designó como delegado y candidato a Héctor Cámpora. El tío, el próximo administrador de esta fonda.