Rosas, entre la cima y el infierno

El Canciller - Comentarios

Quedamos en que a Rosas se le había armado conventillo en Buenos Aires y que, gracias a un abandono de Lavalle y la espada de su hermano, lo había acomodado.

Además, Francia nos bloqueaba el puerto lo que, por supuesto, rompía las bolas a los estancieros que veían afectando su comercio. Las causas eran diversas, pero lo fundamental era que Francia no había obtenido un trato preferencial como el que sí tenía Inglaterra, no solo para el comercio, sino la exención para hacer el servicio militar de la que gozaban los piratas y no los gabachos residentes en este lodazal. Aparte, un par de franchutes estaban presos acusados de ser espías y la tenían jodida.

Dos años duró el bloqueo, con Rosas empacado y su base de poder descontenta, así que, a río revuelto, salieron los pescadores. Y por pescadores me refiero a Lavalle, que, con el apoyo francés, como buen patriota, invadió Entre Ríos y Santa Fe.

Buenos Aires desde el agua.

Pero Rosas podía ser testarudo, pero no era idiota. Por eso, ante la llegada de un ministro plenipotenciario, con plenos poderes, firmó el tratado que puso fin al bloqueo, con amnistía e igualdad de derechos con los británicos. A cambio, el reconocimiento de la Confederación como Estado Soberano. Tomá mate.

Esto le valió el legado del sable corvo de San Martín por “la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. Si bien se relaciona esta herencia con la Batalla de la Vuelta de Obligado, el testamento es previo.

Con este panorama, a Lavalle se le cayó el padrino, y no le dio la nafta para atacar Buenos Aires con lo que terminó marchando al norte.

El octubre del ’40 fue movido. El octubre rojo lo llamaron – nada que ver, pero es una gran película “La caza al octubre rojo”, con mí James Bond, Sean Connery – y dejó una factura a pagar de 20 muertos, saqueos y destrucción de simbología unitaria.

Lo de octubre fue porque ocurrió ese mes y lo de rojo porque todo lo coloreable, se pintó, claro, de rojo. La joda terminó cuando Rosas avisó que al que se encontrara saqueando o destruyendo se lo pasaría por las armas. Y era cumplidor en estas cosas.

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Pero el interior seguía agitado. Con efímeros triunfos unitarios, como el de Aldao que venció a Acha en Angaco – la estupidez más sangrienta de nuestras estupideces -, pero enseguida fue derrotado y fusilado. O el de Lamadrid, que tomó Mendoza y se hizo nombrar gobernador con facultades especiales, las mismas que transformaban a Rosas en dictador, pero sobre finas hojas verdes. Tampoco le duró mucho y los pocos que salvaron la ropa tuvieron que cruzar la cordillera.

Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, líderes de los colorados y blancos, los dos bandos uruguayos.

Oribe, al frente de las tropas federales, enfrentó a Lavalle en Tucumán y lo venció. Mandó a ejecutar a su socio, Marco Avellaneda y el fusilador de Dorrego tuvo que correr hasta Jujuy. Allí terminaría, tiroteo mediante, la carrera de este exgranadero que alguna vez, al frente de 96 hombres se le fue al humo a 400 realistas dándole las del pulpo, que cometió un crimen que bañó de sangre al país por décadas y que hizo mucho más de lo que pensó, siendo un instrumento al servicio de los que mandan sin mojarse los pies.

Para evitar que su cabeza se expusiera didácticamente en una pica, sus compañeros llevaron su cuerpo a Potosí. Vale decir que su repatriación llevó menos tiempo que la de San Martín y que, paradójicamente, sus restos fueron llevados a la bóveda de Rivadavia, hasta su traslado al mausoleo propio. Hoy es vecino de Dorrego.

Mientras los federales recuperaban el norte y Cuyo, el manco Paz se hacía con Corrientes y Entre Ríos, así que Oribe tuvo que trasladarse y terminó derrotándolo en Arroyo Grande.

Los fusilados fueron muchos, es 1842 y se pone punto final a una guerra civil brutal y el mapa se torna federal con nuevos jefes en las provincias como Iturbe, Benavidez, Lucero o Justo José de Urquiza.

Con el personal de tierra del todopoderoso Rosas tuvo una relación ambigua.

Fusilados: Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez.

Si bien permitió el retorno de los jesuitas terminaron exiliados en Montevideo por no apoyar públicamente al gobernador, en época en que hasta las imágenes de los santos tenían la divisa punzó. Y cuando el cura Ladislao Gutiérrez se escapó en amores con la joven Camila O’Gorman no solo los apresó, sino que los fusiló con innecesaria crueldad.

Mientras tanto, Oribe y Guillermo Brown sitiaron Montevideo. El almirante fue repelido por la flota anglo-francesa – ahora eran socios – y, si bien el jefe federal logró correr a Rivera, no pudo tomar la ciudad. Y como ahí estaban los mejores hombres de Rosas, Corrientes, con los hermanos Madariaga, intentó sublevarse. Sin otras provincias, les fue imposible.

En tanto, Inglaterra reclamaba la libre navegación por los ríos Paraná y Uruguay para desarrollar su comercio, lo que hubiera destruido la producción local. Así que la flota compuesta de británicos y franceses avanzó por el río Paraná, para aliarse con Corrientes y Paraguay, que quería abrir su comercio.

Batalla de la Vuelta de Obligado.

Las tropas de Lucio Mansilla hicieron una heróica defensa en la batalla de la Vuelta de Obligado, aunque no pudieron lograr la victoria, cosa que llegó meses después en la batalla de Quebracho. El costo para la doble escuadra fue tan alto que no osaron repetir semejante ocurrencia.

Para 1847, y tras cuatro años de defensas de Urquiza, todos los patitos estaban en línea con Rosas. Pero la paz es incompatible con la existencia, así que el Restaurador entendió que, como el único sostén de Montevideo ahora era Brasil, mejor declararle la guerra al imperio. Y que la comandara Urquiza. De paso podía recuperar las misiones y patear para adelante el trámite de la constituyente.

Pero acá crias delfines y te nacen tiburones. Como Rosas decidió cortarle los víveres del contrabando a Urquiza, al entrerriano no le quedó más remedio que arreglar con Paz, Corrientes y el Imperio Brasilero para cargarse al gobernador porteño. Un poco más pillo que el impulsivo Lavalle, se aseguró tropas, buques y vil metal.

Le quitó a Buenos Aires el manejo de las relaciones exteriores de su provincia y atacó a Oribe en Montevideo.

Se hizo de sus armas y sus hombres que cambiaron de bando por su vida. Gran oferta. Después fue por Santa Fe, derrotó a Echagüe y Rosas asumió el comando de su ejército.

Batalla de Caseros.

El tres de febrero de 1853, en la batalla de Caseros, vencieron a Rosas, se retiró herido de bala en una mano hacia “el hueco de los sauces”, hoy plaza Garay, donde firmó su renuncia. Días después partió al exilio en Southampton. Allí murió en 1877.

Antes se le promovió un valiente juicio en ausencia, declarándolo “reo de lesa patria”, “traidor a la patria” y ordenando su ejecución en cuanto pudiera hacerse lugar.

Sería la primera vez que escucharíamos que, acá, “ni vencedores ni vencidos”, claro.