Perotti, del tambo a la gobernación

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“Esto no es un tambo, Gringo”, se le plantaban los funcionarios al jóven Omar Perotti que con 31 años ya era intendente de Rafaela. Dispuesto a trasladar la cultura del tambo familiar en el que se había criado a la dinámica de la municipalidad, los citaba a las 4 de la madrugada para organizar el trabajo y que el día los encontrara arremangados y ordeñando la realidad.

Sonaba la música noventosa del neoliberalismo de fondo cuando el contador Perotti irrumpió en la política santafesina con un combo inédito de lenguaje y método: acató el libreto de la eficiencia del Estado pero procuró no descuartizarlo. Durante sus tres mandatos, extendió el rol del municipio hasta límites desconocidos, logró integración agroindustrial y sedujo vecinos a fuerza de un timbreo intenso que no dejaba manzana sin recorrer. Rafaela tenía uno de esos problemas insólitos que genera la abundancia cuando los vecinos no podían cruzar la ruta porque todos los días pasaban 10 mil camiones de soja por el medio del pueblo.

Bajo su órbita, el peronismo gobernó el pago chico durante veintiocho años y se convirtió en ministro de Agricultura y senador provincial. Con el ethos tambero se edificó una fama y una carrera de proyección nacional. Omar “Perotti trabaja duro”, decía el reggaeton de la campaña que lo llevó en 2011 a la Cámara de Diputados. En 2015, desembarcó en el Senado y cuatro años después ganó la interna del peronismo santafesino y le arrebató la provincia al socialismo. Bajo la promesa de “Despertar al gigante”, el Recuperador le ofrendó finalmente la provincia al peronismo, que la había gobernado entre 1983 y 2007.

La pandemia pega fuerte en Santa Fe y el gobernador despliega los viejos métodos del administrador obsesivo para atender la emergencia y, a la vez, contener la interna. Luego de que la provincia pasara al segundo puesto de casos diarios y de que el sistema sanitario de Rosario quedara al límite del colapso, diseñó una cuarentena más estricta aunque es consciente de las limitaciones: “Es como intentar meter la pasta dental en un tubo de dentífrico”.

Bajo inspiración bonaerense, se le rebeló la policía; respondió con una recomposición salarial mientras agiliza una reforma para dar alguna respuesta a la inseguridad y atacar el entramado institucional que convive con el narco.

Enfrenta, además, el enojo de los comerciantes que le pintan fantasmagóricos que se vayan todos en las esquinas de la capital. Si bien siguió la crisis de 2001 desde Washington como consultor del BID, siente el eco de otros mensajes de los que no supo resguardarse. “Perotti traidor, te olvidaste que tenías que volver”, le recriminaban los productores en Rafaela durante el conflicto por la Resolución 125.

El Recuperador es racinguista, padre de tres y lo suficientemente católico como para haber tirado la bomba de humo cuando le tocó votar la Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Senado.

Le gusta la rosca que involucra toda negociación. Con 18 años y ante el inminente conflicto con Chile por el Canal del Beagle, el conscripto Perotti fue movilizado al sur. “Lloren sin problema porque el que no llora de emoción, llora de miedo”, le dijo un superior, pero siempre supo que fue la mediación papal la que lo salvó de llorar de miedo. Sabe también que la lógica Samoré puede fallar. En el camino quedó su plan para rescatar Vicentin con un fideicomiso mixto, casi en paralelo a la renuncia del Presidente a intervenir la empresa.

Aplicó la misma receta para armar su Gabinete y combinó exfuncionarios de las gestiones de Jorge Obeid y Carlos Reutemann con los nombres que decantaron del acuerdo electoral con el Rossismo y el Bielsismo. Pero ahora que sus contrincantes locales ocupan sillas en el Gabinete, va a necesitar más que tambo y rosca para armar las listas que le permitan seguir al frente del armado que lo llevó a la Gobernación.