Néstor Rockstar Kirchner

El Canciller - Comentarios

El tajo

Es domingo 25 de mayo de 2003. La Senadora de la Nación Cristina Fernández ríe, desde el público, con la frescura que los años en el poder luego erosionará. Ve a Néstor que hace malabares con el bastón: la misma torpeza en el mismo hombre de look “Mayo francés” del que se enamoró. “Vengo a proponerles un sueño”, dice Kirchner y la ovación inunda lo dicho y la investidura en construcción del abogado galleguense que, con un 22,4% de votos, está listo para todo. Las calles, sin embargo, multiplican ese magro caudal, saludan al mandatario a bordo del Renault Laguna azul, al que hizo amilanar a Menem. La caravana se detiene frente a la Casa de Gobierno, Kirchner baja del auto y, preso del pálpito que arroja al rockstar del escenario a las masas, encara para el vallado que contiene a los que ya siente los suyos. Néstor desconoce el protocolo, los custodios improvisan y la prensa captura la excentricidad del 52º Presidente de los argentinos. Besos y abrazos, empujones y apretones de mano. Él se hace uno con todos, se empapa de ese pueblo ávido de un héroe que lo haga renacer. Creer o reventar, es de un fotógrafo de Clarín la cámara que golpea la cabeza de Kirchner. Siente el calor de la gente y el de la carne abierta. Se limpia con un pañuelo de tela, sonríe, no retrocede, es un cuerpo entre los cuerpos. Para muestra, un botón. El tajo de Néstor en la frente es la herida en la historia de la Argentina que él viene a cerrar, solícito, ambicioso. Ofrenda involuntaria de Kirchner al pueblo la sangre que mana sobre las baldosas de la Plaza.

La rodilla

Es 23 de julio del 2003. Los festejos en Argentina abren paso a la realidad: la renegociación de un vencimiento de 3.300 millones de dólares y la reestructuración de una deuda con privados de 77 mil millones. Néstor viaja invitado a Washington por la administración Bush en busca del apoyo para enmendar aquel desmán. Traje gris tizado, camisa celeste, corbata cemento, Kirchner entra al Salón Oval con la frente alta ya sin rastros de aquel corte bautismal. Lo acompañan su esposa, Roberto Lavagna, Rafael Bielsa, Alberto Fernández, Octavio Bordón y Miguel Nieto, pero ellos no salen en la foto. También está, del otro lado de la lente, el fotógrafo presidencial Victor Bugge, al acecho de la instantánea que simbolice el punto final a las relaciones carnales y la impericia aliancista. En el DC, de visitante —¡atrevido!—, busca que le toque esta vez a ellos recibir el peso paternalista que es la mano la mano en la rodilla, con ese gusto a sana sana sobre esa parte del cuerpo creada para la reverencia, la genuflexión, el rezo, el te pido por favor. Kirchner mira cómplice a su fotógrafo, escucha el clic y le guiña un ojo. Audacia y cálculo en el disfraz de espontaneidad, mínimo gesto para todo lo que cifra, máximo resultado sobre un estado de ánimo argentino devaluado. En 2005, en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, el norteamericano se reprochará no haberle prestado más atención a ese flaco que se atrevió a tocarlo allí, donde solo tocan los Estados Unidos. Si no sana hoy, sanará mañana, Bush.

La pared

Es 24 de marzo de 2004. El Bell 407 desciende sobre el terreno del Colegio Militar en El Palomar y Kirchner desciende, a su vez, de él. La tensión está en un punto alto: militares piden el pase a retiro y los rumores de que los cuadros no son los originales zumban para degradar una acción de alto impacto. Néstor los oye y dice que “aunque sea una foto de cumpleaños, la vamos a sacar”, ya es suya la idea que le arrimaron desde el CELS. Se lo ve serio, listo para trazar ese antes y después en la línea de tiempo de la historia. “Buenos días, Señor Presidente”, vocean los cadetes al unísono hacia un estrado cargado de funcionarios, generales y coroneles mayores, y allí no queda nada más que hacer. Kirchner sube al primer piso del Patio de Honor, lo secundan el Ministro de Defensa José Pampuro y el General Roberto Bendini. Rodeado de fotógrafos y cronistas, El Flaco se ubica frente a los cuadros. “Proceda”, dice y no despega esa mirada excéntrica de los movimientos del ex jefe de la Brigada patagónica, que primero retira la imagen del genocida Jorge Rafael Videla y luego la de Benito Bignone. Observa Kirchner ese tramo de pared que ahora queda desnuda, con dos clavos ociosos que no hacen sino señalar la marca imborrable de aquello que permanece aún cuando no se lo ve. La pared vacía delante de Néstor Kirchner da comienzo a un proceso de reparación histórica que es política de Estado y es, a su vez, una invitación al brazo armado de la Patria para que escriba allí su propio nunca más. Una oportunidad, una página nueva, aquella pared blanca.

El beso

Es 10 de diciembre del 2007. Es la ceremonia de traspaso, hecho inédito en Sudamérica en que un marido cede el máximo cargo del Poder Ejecutivo a su esposa. Son sus últimos minutos como Presidente, está algo distraído y mira con ojos de chiquilín la lluvia de papeles que caen desde los palcos. Cuando la lectura del escribano Etchegaray irrumpe en su distracción, un dedo índice de Cristina apunta al lugar donde él debería ubicarse —el matrimonio está como en su casa. Kirchner corrobora la ubicación con Daniel Scioli que, risueño, asiente. Otra vez como un chico, el santacruceño toquetea la banda presidencial para recibir de su compañera un “no, no, tenemos que firmar”. El público ríe, Cristina niega y firma el acta, El Flaco hace el acting del marido gobernado y, antes de poner el gancho, blanquea al micrófono lo que todos ya saben: “Nunca pude aprender el protocolo”. Un paso de comedia que muestra en muy poco, a una platea entusiasta, la intimidad de un matrimonio. Ambos vuelven a sus marcas, Néstor toma la banda y, justo antes de ponerla sobre el vestido de encaje blanco de la flamante Presidenta, la besa. Es un beso breve, inadvertido, mucho más que un beso a los colores de la bandera, quizás el mismo que prefiere no darle allí, sobre los labios, a su mujer, y que reemplaza por un abrazo de palabras al oído, luego de entregarle el bastón. Un beso de despedida a su mandato que es, también, un beso al porvenir.

El poema

Es 9 de marzo del año 2009. Néstor Kirchner es titular del PJ y encabeza un acto en Caseros, Partido de Tres de Febrero. El Flaco se deja ver —disculpen mi francés— un poco hinchado las pelotas. Su fórmula viene de ser derrotada en los comicios para la renovación de la Legislatura de Catamarca por el Frente Cívico, apoyado por Cobos. El gran diario argentino le dedica media página a uno de aquellos titulares que se hicieron costumbre a partir del enfrentamiento por la 125. “Catarmarca: fuerte derrota kirchnerista”. Claro que no es el único titular, pero la tirria con Clarín es distinta, es una con pasado. Kirchner sabe que la buena onda por su firma para la fusión de Multicanal y Cablevisión se terminó. Se aferra al atril con las dos manos y comienza a pedir una disculpa, clásica en él, por algo que todavía no dijo. “Ustedes saben como soy, con mis aciertos y mis errores, siempre hablo de lo que siento con absoluta sinceridad”. Mira hacia abajo, se llena de aire y entonces arremete con su versión de los hechos. Interpela por primera vez a Clarín como si fuese una persona —“Cla-rín”, dice en rigor, lo separa en sílabas para que en ese guión entre mayor suspenso. “¿Qué te pasa, Clarín?”, le pregunta a ese sujeto monstruo voraz y levanta las cejas, balancea ese cuerpo espigado con un asomo de risa y hace una pausa de comediante experto. Dice que él no está en el negocio de la política sino en el proceso de transformación de la patria. “Clarín, hablá con la verdad, decile la verdad a los argentinos”, dice. Ofrece las palmas al cielo y sonríe, divierte a la audiencia. “¿Qué te pasa, Clarín?”, pregunta de vuelta y poco después vuelve a detenerse. “Clarín, ¿por qué estás tan nervioso? Yo la verdad que no me lo explico”. Se mofa, Néstor, el pícaro, en ese pedido de mesura y abre los brazos, otra vez, “para que te pongas tranquilo”. Le habla a Magnetto con la ventaja del que conoce de su enemigo más de la cuenta: sabe, exactamente, lo que le pasa a Clarín.

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