Más no se podía pedir

El Canciller - Comentarios
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Alberto Fernández tiene por fin un motivo para respirar satisfecho. Sobre la hora, el Presidente logró desactivar la bomba de tiempo de la deuda que, como un piloto suicida despreocupado del mañana, Mauricio Macri le había dejado con vencimientos de cortísimo plazo. Así no hizo más ni menos que salir del encierro múltiple que lo tenía acosado y dar un paso -inicial, tal vez decisivo- en función de su propia supervivencia. Martín Guzmán tardó ocho meses en negociar con los fondos de inversión que son monstruos de las finanzas globales y llegó a una quita de entre 33.000 y 37.000 millones de dólares, pero no pudo evitar que el Frente de Todos tenga que pagar alrededor de U$S 2.800 durante su mandato, un período de gracia en el que esperaba estar libre de deuda.

Gracias a los Fernández, el ministro de Economía soportó la formidable presión, externa e interna, para eyectarlo de su cargo y obtuvo una reducción en la fenomenal carga de intereses que había generado Cambiemos, lo que era su principal objetivo. Sin embargo, no logró que esa baja se torne compatible con la tasa de crecimiento que la Argentina prevé para los próximos años. El Gobierno se comprometió a cumplir con una tasa que rondará el 3% anual y no está claro cuándo ni cuánto volverá a crecer la economía: pese a la quita, los intereses de la deuda largan con ventaja en la nueva carrera en la que van a incrementar su peso más rápido que el PBI argentino.

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Mientras Fernández y Guzmán son las cabezas visibles de una administración que arrancó condicionada a gobernar, los grandes fondos de inversión están liderados por BlackRock que acumula acciones equivalentes al PBI de Alemania y tiene una parte del paquete de importantes empresas argentinas. Profesionales de la usura que juegan en varias canchas a la vez, los hedge funds cuentan con aliados políticos y económicos de un peso formidable en el país del peronismo. Quintacolumnistas con una prédica sorprendente después de que sus ideas hayan provocados tantas crisis y economistas contratados por los fondos que trafican su opinión como si fueran neutrales. Paradojas de la Argentina agrietada, entre los que más conspiraron desde adentro estarán los primeros beneficiados del acuerdo y serán las grandes empresas las que accedan al crédito mucho antes que el sector público, los gobernadores y la Casa Rosada. Oportunidad inmejorable para que, ahora sí, venga el impuesto a los ricos (por única vez).

La debilidad de Fernández y Guzmán no era propiedad exclusiva de un Presidente y un ministro sino de un bloque heterogéneo de fuerzas que pasó gran parte de los meses de negociación viendo cómo la ofensiva la desplegaban, cada día en suelo patrio, los bonistas extranjeros. Antes de la pandemia, el Gobierno no convocó a su base detrás de ninguna consigna que pudiera servirle de apoyo y después le resultó imposible, aunque no está claro siquiera que lo haya considerado. Vapuleado por los apéndices argentinos de BlackRock, el ministro peleó hasta el final con las herramientas que tuvo y con un estilo de negociación en el que la “última oferta” derivaba siempre en una nueva concesión, más generosa.

Pese a todo, algo se rompió a último momento a favor de las pretensiones del gobierno argentino. Algunos hablan de la nota en el New York Times que presentaba a a Larry Fink como un hipócrita que dice ser “la vanguardia de una forma progresista de capitalismo” y termina conspirando contra un acuerdo. Ese artículo le dolió al gigante en el último round, como lo muestra la carta de lectores que el 4 de agosto publicó en el NYT el director gerente y jefe de grupo de portfolio de BlackRock, J. Richard Kushel. Otros mencionan el ultimátum de Guzmán sobre la posibilidad de cerrar la negociación por “seis u ocho meses” e ir primero en busca de un acuerdo con el Fondo, lo cual también para el ministro -que quiso evitar de entrada la tutela del organismo en la reestructuración-, era, en su fuero íntimo, una derrota.

Decisivo fue también en el último tramo, según dicen en el oficialismo, el rol que adquirió Sergio Massa en el contacto con acreedores externos con los que siempre se entendió bien. El presidente de la Cámara de Diputados le pidió asesoramiento personal a Daniel Marx y aprovechó la puerta que le abrió el doble agente mexicano David Martinez, socio de Jorge Brito en Genneia y de Héctor Magnetto en Telecom. El pragmatismo de un Massa que todo lo puede negociar fue valorado en la recta final y representa para él un triunfo político y personal, aunque hacia afuera salga fortalecida la figura de Guzmán, su contracara en el arco oficialista. Si el ex intendente de Tigre creció como afirman es porque Cristina Fernández no solo respaldó al ministro de Economía en público sino que habilitó en privado todas las vías para evitar el default como sea. Massa convenció a parte del Gobierno con una tesis atendible: la cesación de pagos implicaba que las chances del Frente de Todos de ganar las legislativas en 2021 eran casi nulas y la propia coalición podía entrar en peligro.

Al filo del cierre de la reestructuración, Guzmán se anota la posibilidad de evitar los juicios buitres y cambiar el tablero de las reestructuraciones de deuda, una materia fundamental para sus apoyos internacionales. Como aliados globales, Argentina y su ministro contaron con la oración del Papa Francisco, un grupo de académicos de los más reconocidos y la titular del Fondo Monetario, Kristalina Georgieva, una rara avis en la fauna del organismo de crédito. Este último apoyo es el que a partir de ahora será decisivo, haga lo que haga.

La búlgara que aterrizó como directora con la misión imposible de limpiar la imagen despiadada que acentuó Christine Lagarde con la anuencia de Macri habla el lenguaje de la sostenibilidad que instauró Guzmán pero sus aportes se limitan a la retórica. Se lo marcó Roberto Lavagna, tal vez a pedido del Gobierno, cuando le reclamó que pasen al terreno de las efectividades conducentes. Georgieva recomendó una quita bastante más agresiva de lo que finalmente logró la administración Fernández en una ecuación lineal que la terminaba beneficiando: cuánto menos se le pagara a los fondos, más quedaba para cumplir con el FMI. Pero la amiga de Francisco no aportó con los Derechos Especiales de Giro para Argentina que resistía Donald Trump ni incomodó en lo más mínimo con sus comunicados a la liga impiadosa de Larry Fink.

Ahora que el resultado es ambiguo se verá si el “nuevo Fondo” trasciende la oficina de la compañera Kristalina o sigue como toda la vida predicando por más ajuste.

Fernández y Guzmán llegan con la reestructuración resuelta pero con una deuda simbólica, que también es política y los ata al organismo que financió la campaña del turista de París con 44.000 millones de dólares. Existen en el oficialismo los que marcan que el Gobierno hizo un peligroso uso del Fondo durante la pulseada con BlackRock y lo presentó como la autoridad que permitía o no seguir mejorando la oferta. Así no hizo más que darle legitimidad al socio de Macri en el programa suicida del déficit cero y el endeudamiento irresponsable. Con ese Fondo que no acepta ninguna quita y se lavó la cara en apenas unos meses hay que ir a negociar ahora.

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El plan económico que ya se le reclama al Gobierno tendrá ahora la presión extra del aliado que va ahora va a auditar las cuentas argentinas. ¿En qué punto se van a reconciliar la reforma impositiva que Fernández anunció como forma de lograr mayor equidad con el capítulo fiscal que le interesa al Fondo? El ajuste previsional que Guzmán rechazó en los últimos días ya se discute en comisión, corre paralelo al decreto que congela las jubilaciones hasta fin de año y achata la pirámide de ingresos. Nadie cree que eso le alcance a los burócratas que respiran detrás de Georgieva y exigen bajar por lo menos a la mitad el déficit que este año, se supone, rondará entre el 8 y el 10%. Subir las retenciones, aumentar la presión sobre los monotributistas, reducir los subsidios que congelan tarifas; todo eso está en el recetario de siempre aunque no sea claro por dónde hacer cirugía mayor, al menos en el año electoral que está a la vuelta de la esquina.

En el peronismo dicen que el Gobierno ganó tiempo, se ahorró un problema económico y evitó un fracaso político mayúsculo. Pero saben que la promesa de encender la economía en base a los salarios hoy parece un chiste, después del hachazo que se inició en los años de Macri y se profundiza pandemia mediante.

Los números de la consultora Aresco del 31 de julio muestran que Fernández se mantiene a flote en la consideración pero su fortaleza relativa contrasta con la crisis profunda. Solo 1 de cada 3 encuestados sostiene su nivel de ingresos previo a la irrupción del COVID-19 y 4 de cada 10 no están trabajando, o porque su empleo ya no existe más o porque la actividad que desempeñaban no está permitida. En los sectores de menores recursos, la cifra asciende y son más de 5 de cada 10 los que dicen que están sin trabajar. La inseguridad crece como preocupación, subió al nivel del coronavirus y la economía y es, en las franjas más vulnerables y en el Gran Buenos Aires, la principal demanda. En ese marco de devastación, la reestructuración de la deuda le permite al Gobierno salir del rincón del ring pero lo obliga a pagar vencimientos en los próximos tres años que no estaban contemplados. Es temprano para saber si es el punto de partida de una recuperación. Dadas las condiciones, más no se podía pedir y, para más, no había margen.