Malena Galmarini: un Bob el constructor feminista para la pospandemia

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Con un destornillador eléctrico y una caja de herramientas bien nutrida, recorre su casa: cuelga un espejo, pone estantes, arma un placard y resuelve cuestiones de plomería básicas. Durante años, a Malena Galmarini la apodaron “Bob el constructor” y tal vez el registro de esa experiencia beta fue la que la envalentonó cuando asumió como presidenta de AYSA entre ingenieros y con título de politóloga. 

Peronista de cuna, militante de la causa feminista e integrante de la mesa chica -política y familiar- de Sergio Massa, en 2021 administrará una de las cajas más importantes del Estado, $120.264 millones destinados a obras y reactivación del empleo, dos imprescindibles de la imaginada pospandemia. 

El 1° de Mayo de 1975, Fernando “Pato” Galmarini, ex secretario de Deportes de Menem, y Marcela Durrieu, médica especializada en salud pública y madre de la ley de cupo femenino, se subieron en San Isidro a un camión junto a otros militantes Montoneros rumbo a Plaza de Mayo para celebrar el Día del Trabajador. Malena nació cuatro días después y hasta los 8 años vivió en la clandestinidad, en una casa en obra que figuraba como baldío y con mudanzas temporales cada vez que chupaban a un compañero de sus padres. Creció entre análisis de situación, asados y actividades en la Unidad Básica Leopoldo Marechal. De adolescente, asumió el ABC del militante: preparaba la chocolatada para los pibes de la Cava, animaba actividades infantiles y pintaba a la cal para que el letrista hiciera lo suyo. A los 18 cumplió con la formalidad de afiliarse y, con apenas 22, ya era subdirectora de la Juventud.

Si la puerta de entrada a la militancia se la señalaron sus padres, la siguiente, la de la política partidaria de gran escenario, la señaló Sergio Massa, su pareja desde los 21 y el padre de sus dos hijos adolescentes. Y Malena entró, con la certeza de que no alcanzaba con ser la hija de ni la mujer de. 

Taurina de pocas pulgas, la sangre Durrieu siempre pesó. Si bien es parte de un linaje de mujeres fuertes, fue su recorrido el que le enseñó que el techo de cristal no es necesariamente algo impuesto por otros o qué tan fuerte puede ser la impronta que la crianza puede imprimirle a la carrera profesional. Massa asumió la dirección de Anses en 2002, fue electo intendente de Tigre en 2007 y en 2008 se convirtió en jefe de Gabinete de Cristina Kirchner. Durante esos años, Malena reconoce haber pisado un suelo pegajoso que la hacía asumir más tareas adentro que afuera de la casa. Pero nunca dejó de participar de la mesa chica de Massa y, cuando sus hijos crecieron, retomó el camino que había empezado de adolescente. En Tigre, fue concejal y como Secretaria de Política Sanitaria y Desarrollo Humano manejó durante una década un cuarto del presupuesto municipal. 

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Feminista sui generis, le gusta remarcar que es necesario que la lucha por la paridad sea con los hombres: define el vínculo con Massa -su marido, pero también su referente político más cercano- como de “espalda con espalda”. Pero es orgánica, está presente en cada actividad violeta y peronista y milita activamente -junto a su madre y su hija- por la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Esa impronta la llevó a AYSA, una empresa donde solo el 24% son mujeres: promueve que las empleadas se animen a las máquinas, instaló una guía de lenguaje no sexista e incentiva a que los contratistas y las cooperativas asuman criterios de paridad. 

Con uniforme de casco, barbijo, tallieur, jeans y zapatillas, recorre las obras que puso en marcha, un esquema que la libera para -desde el Frente Renovador, en el núcleo de la coalición de gobierno- cruzar la política de punta a punta. Participa de la rosca con los intendentes pero también articula los resortes grandes de la obra pública. Cuando termina tarde, pasa a buscar a su marido por el Congreso y, mientras lo espera, repite el ejercicio y teje con todos.