Las bellas banderas

El Canciller - Comentarios

Correr detrás de la sociedad para ponerle palabras a lo que la sociedad hace. Como el Rey de El Principito (–Me retiro. –Entonces te ordeno que te retires.) Rompo el aislamiento y me pongo a distancia, dijo la sociedad… Del ASPO al DISPO, dijo finalmente el Estado. Ahora que Alberto nombró eso que pasaba de hecho –el fin de la “cuarentena” y la vida en la “nueva normalidad”– casi diríamos que lo peor que se temía en marzo, cuando todo esto empezó, no ocurrió tal como lo imaginamos: centros de salud atestados de gente, personas arrojadas en pasillos, médicos teniendo que optar a quién darle los respiradores. Ya no se recuerda pero ése era el temor detrás de los relatos que venían de Italia, sobre todo. La historia del padre Giuseppe Berardelli. No supo a quién le dio el respirador. O, en todo caso, se lo dio a un hermano, un paciente más joven. Dios está en los desconocidos, decía San Benito.

Mirar hacia atrás y preguntar ¿qué fue remera? “Te salva el Estado” tuvo dos costuras: el entusiasmo sobre-amplificado de un Estado que tiene límites (y de una sociedad civil a veces con reflejos ciegos para hacer mercancía –hacer remera– un buen pensamiento en latencia) y, a la vez, el nombre del fondo de la olla. Citemos una vez más esta idea de Alejandro Kaufman sobre el grado cero del Estado. Lo definía radicalmente como “el conocimiento y el control de quién nace y quién muere”. Dice: “Lo que define al Estado es la administración de la vida”. Y eso no fue globalizado. El Estado y sus obligaciones. En las “Raíces del existir” Simone Weil vuelve a distinguir derechos y obligaciones. “Un hombre que estuviera solo en el universo no tendría ningún derecho, pero tendría obligaciones”. Luego habla de las obligaciones eternas. El qué hacer, pero no de Lenin, un quehacer ahí, otra vez, en este grado cero: alimentar al hambriento, proteger una comunidad amenazada, y así. Obligaciones eternas. Eso que pasa entre la comunidad y el Estado.

Ahora que despedimos la ASPO y que parece haber sido aquello que catapultó el destino del gobierno, a la vez, en este anuncio sin filminas, primó un sabor que no era victoria ni derrota sino más bien esa canción inoxidable “la única verdad es la realidad”, con el ministro y la secretaria de salud al lado; el gobierno pagó el precio de sujetarse a sus obligaciones que, por supuesto, la sociedad cobrará ese costo sujetada a sus derechos. Dicho más fácil: te salva el Estado, te quita el Estado, le pasás la factura al Estado. La sociedad cumplió su parte. Y aún atravesamos la Pandemia sin poder implementar un impuesto a las grandes fortunas. ¿Nueva normalidad con viejas desigualdades?

Restos pampeanos

Alberto Fernández, con el correr de su campaña, lo primero que hizo fue trocar lenguajes. Podemos verlo en ese pasaje que va del viejo Clarín miente de la “batalla cultural” a un Héctor no me deja mentir que como candidato dijo en el Malba y que revela, entre otras cosas, un modelo de conversación realista que no era exactamente concesivo: Magnetto y todo el mundo está sentado en la mesa del poder. No hay villanos que nadie se atreva a nombrar, ni invisibles a los que nombrar sea un pecado. Alberto ensayó su propia “Canción con todos”. Notemos. Pasamos el último verano con la serie sobre la muerte de Nisman y vimos a los ojos a Jaime Stiuso. El último nombre innombrado. Decir Stiuso casi le costó la carrera a Gustavo Béliz. A Stiuso lo conocimos por Netflix. ¿Y qué resultó? La desilusión de ver a un tipo corto, insolvente para armar una hipótesis sólida de algo que no fuera un sobreentendido estirado con una sonrisa. Las cartas estaban echadas. ¿A este personaje le tuvo miedo la democracia? Un delegado del sindicato de “operadores” con la pechera de Automotores Orletti. La distancia entre el personaje y su capacidad de terror es llamativa. No es que Stiuso no fue lo que fue durante todos los gobiernos. Pero esa imagen ordinaria hizo sistema con la Argentina 2020: un país en grado cero. ¿Y quiénes, puestos bajo la luz de una serie de Netflix para millones, no resultarían al final, como el solitario Stiuso, un “tigre de papel”? “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: / y de pronto es la noche”, escribió Salvatore Quasimodo.

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Probablemente en muchos que miraban este largo recuento de votos en Estados Unidos tuvieron un reflejo reivindicativo. El bipartidismo americano en una semana que hizo agua. Bipartidismo del norte, bipartidismo del sur, bipartidistas somos todos. Cuando el otro también habla de vos. He visto radicales llamar primos a los peronistas. Lo escuché al “Beto” Larrosa, histórico puntero radical de Villa Soldati, en la campaña de 2007. “Parece que esta vez vamos con los primos”, decía unos meses antes del cierre (cuando al final fueron con Roberto Lavagna). Había en esa rivalidad histórica una familiaridad. La política porteña, renacida en 1983, montada en el “sistema” del viejo Concejo Deliberante, fogoneó esos vínculos, pactos de honor, chanchullos. La gran familia argentina de la clase política, lo que queda. Personas que cargan en las espaldas más que un gobierno. Parafraseando a Osvaldo Soriano, el viernes Alberto Fernández tenía “el alma en la cara”. El alma del Estado, el alma de la política, el alma de estos meses que fueron años perros. Los números siguen, los muertos siguen, los contagios siguen, la sociedad sigue, la economía sigue. El virus entró en el país, no se quedó en el AMBA. La pregunta es una persecuta: ¿el Estado siempre alcanza?

Y de pronto es la noche

Ayer murió Víctor Basterra: trabajador gráfico, militante peronista, sobreviviente, cuyas fotografías traficadas en las “salidas transitorias” de la ESMA fueron claves desde los primeros Juicios. Basterra vio las venas abiertas de los sótanos del Estado. Valiente al extremo para sostener la picardía y el engaño que dio pruebas para dejarlos presos a los marinos. Una vida absoluta que supo contar con dignidad y sobriedad. Hombres en grado cero. De los que no sobran. Este año tiene la muerte en las espaldas. A todos nos tocó, de más cerca o de más lejos. Las sentimos raras, rápidas, mínimas: pico, pala, una oración, a seguirla. Casi sin ritos. Sustraída y menor. Este año también carga un extraño lema: personajes del siglo XX muertos por un virus zombie.

La muerte de Pino Solanas llegó, luego de haber sido anunciada varias veces en redes sociales. Fake news, pero se veía venir. Murió en París. Empecemos el homenaje por su obra: “La Hora de los Hornos” es una película que refleja una época y una película que crea una época. Las dos cosas a la vez cuando algo se graba sobre piedra. A Pino lo mejora el paso del tiempo (un cine documental imprescindible) mezclado a su obstinación por ser político. Lo que su cine resolvía la mayoría de las veces bien (arte y política) no se resolvía en él. Es imposible reducir a Pino porque era irreductible. No estaba consagrado a pensar la sociedad argentina hace años, estaba consagrado al conservacionismo de pensar el destino material de la Argentina. Nuestra riqueza mineral, energética, ambiental, productiva y estatal. Para Pino teníamos la ventaja de los cuatro climas y el quinto clima: el de nuestra obra pública. Las “naturalezas” que el Estado y sus trabajadores pudieron hacer. Un país que era el museo de un siglo de oro, hecho de barro, aluminio y sangre. Un cine cada vez más fantasmagórico, von cada vez más humo entre los rieles de un tren adónde… Su misma presencia en el Congreso, enredada en la política de los últimos años, funcionaba prácticamente como una senaduría vitalicia. La mayoría sabía que estaba ahí aunque había perdido su rastro partidario. Su “Memoria del Saqueo”, estrenada casi en simultáneo con la llegada al poder de Néstor Kirchner, diríamos que “en la misma época”, funcionó casi para prologarlo, aunque los caminos se bifurcaron inevitablemente. Pero esa “Memoria” de Pino explica el desguace patrimonial de la década y casi nada de aquello que Ricardo Sidicaro tiraba como pregunta al viento para entender los años 90: “¿por qué los excluidos votaban por sus excluidores?”. Tal vez para Pino esa disociación era deliberada. Prefería su desierto. Ante esa pregunta fundía su cámara en el mismo desierto. O tal vez ahí, donde su cine se agotaba, empezaba el político. Tenerlo, contar con él, fue un lujo para los argentinos.