La victoria del MAS y el futuro de la relación entre Bolivia y Argentina

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Alberto Fernández celebró la victoria del Movimiento Al Socialismo en Bolivia como si fuera propia. Un poco porque su gestión carece de éxitos o le duran como el primer gol de Wanchope Abila en la final de la Copa Libertadores contra River y otro tanto porque once meses después del golpe de Estado contra Evo Morales, se ratifica su decisión de darle refugio político y no reconocer al gobierno de Jeanine Añez.

Además, con Luis Arce Catacora en el Palacio Quemado, las posibilidades de retorno de Morales son absolutas y eso descomprime la tensión que implicó para el gobierno su estadía en el país. Por otro lado, Alberto Fernández sumó un aliado en un escenario regional de marcada soledad para el presidente argentino.

¿Cuál es la agenda que Fernández y Arce pueden profundizar a partir de ahora? En principio, se vislumbran tres. El primer tema que atraviesa la relación bilateral es el gas. Argentina y Bolivia firmaron en 2006 un contrato para que, entre 2007 y 2026, Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia provea de gas natural a la entonces Enarsa.

El gas de Bolivia en 2019 representó el 11% del gas natural que consume Argentina, un 1% menos que el año anterior, mientras que el 84% proviene de fuentes locales, el 4% de GNL regasificado, y el 1% de combustibles líquidos alternativos pero mucho más costosos.

La relación comercial contempla una serie de complementos a modo de incentivos, por ejemplo, en febrero de 2019 se adaptó el contrato original de octubre de 2006 y su adenda inicial de marzo de 2010, permitió una reducción de las compras de gas a Bolivia a raíz de la producción creciente que el país venía registrando desde la formación de Vaca Muerta.

La renogociacion de los contratos y los estímulos para cumplirlos serán uno de los temas más importantes del vínculo.

El otro punto es el litio, también bautizado como el “oro blanco”. Bolivia es el país con mayor reservas de litio en el mundo con 21 millones de toneladas por encima de los 14,8 de Argentina y el 8.3 de Chile. Por fuera de la región, los países que tiene el mineral son China y Australia, con lo cual, es seguro que alrededor del litio tendremos posibilidades de acuerdos, inversiones, tensiones y disputas.

En el Salar de Uyuni, el sudoeste de Bolivia a 3663 metros de altura, el país del altiplano empezó la extracción del mineral para la fabricación de baterías que puedan almacenar una importante cantidad de emergencia renovable. La industrialización del litio será clave para la fabricación de autos eléctricos y ahorrar emisiones de dióxido de carbono y contribuir a la lucha contra el cambio climático.

A su vez, el beneficio de la extracción de este recurso está en la posibilidad de almacenar energía solar del norte y eólica del sur y reemplazar importaciones de combustible líquidos y gas.

Con las sucesivas caídas de los precios, su condición de recurso no renovable y las demandas cada vez más fuerte para diseñar una economía más verde que contemple la lucha contra el cambio climático, las acciones del litio suben y Bolivia, Argentina y Chile se encaminan a controlar el mercado internacional.

En un artículo publicado en 2017, la revista Forbes calificó a la región como la nueva Arabia Saudita del Petróleo Blanco. Hay quienes sueñan con la posibilidad de un eje del litio conformado por Argentina, Chile y Bolivia, mucho más si como resultado del proceso electoral de 2021 en el país transandino surge un gobierno con vocación regionalista e inteligencia política para pensar a mediano y largo plazo. Tendrán que aprovechar la oportunidad, pensar una relación estratégica que fortalece un desarrollo con impronta nacional y regional y advertir que como todo commoditie, en algún momento cae.

El último punto tiene que ver con la articulación política regional. Bolivia puede ser un punto de apoyo de Argentina tanto en Mercosur como en Celac. En el caso el Mercosur, Bolivia se encuentra en un proceso de incorporación como miembro pleno y, en caso de concretarse, podría equilibrar la relación de fuerza de un bloque que cuenta con Brasil tratando de imponer una agenda aperturista.

Por su parte, en Celac hay una agenda compartida en el sector aeroespacial en la que Argentina y México viene trabajando y Bolivia, cuenta su propio satélite Tupac Katari que están órbita desde el año 2013.

Como cada vez que aparece una alegría para el progresismo sudamericano ya existen quienes presentan la llegada de Arce como el nacimiento de un nuevo eje. Sin embargo, pareciera que el escenario regional se encuentra igual al de antes de la elección. Alberto Fernández, tal vez estimulado por un triunfo que sintió como propio, habló de la necesidad de relanzar Unasur y confirmó que la estatua de Néstor Kirchner que supo ocupar la entrada de la extinta sede del organismo en Quito volverá a Buenos Aires para quedarse en el Centro Cultural que lleva el nombre. Esto último es una reparación necesaria ante un innecesario destrato cargado de odio y resentimiento, pero la idea reimpulsar el bloque está más cerca de la nostalgia que de la realidad. Un eje puede materializarse siempre y cuando exista un proyecto político, económico y de integración, algo que por ahora no se ve ni en el horizonte.

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La victoria de la izquierda boliviana no solo alegró al Frente de Todos sino que sirve de impulso para el espacio de Rafael Correa en Ecuador que tendrá que competir con su candidato, Andrés Arauz, en febrero del año que viene en condiciones muy parecidas a la que tuvo el MAS. También, los amplios sectores progresistas chilenos que tendrán una contundente victoria en el plebiscito constitucional del domingo tienen el desafío de construir una propuesta competitiva para reflejar los cambios de la nueva Constitución en un gobierno que avance en el mismo sentido.

Tal vez, las tormentas del presenten pasen y Alberto Fernández se encuentre en 2021 con una manzana mejor rodeada para pensar un nuevo proyecto regional. Por lo pronto, gritó un gol ajeno para olvidarse de las penurias propias.