La primera

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A las 13:15 del 1º de julio de 1974, Isabel Perón anunciaba la muerte del General, el presidente de la Nación, su marido. Estaba nublado, la gente se volcó a la calle, con miedo. Algunos compraban dólares, otros comida, según las prioridades de cada uno. Se festejó menos que la muerte de Eva; muchos, otrora contreras, habían depositado en Perón su esperanza de terminar con el comunismo, el cuco de la época. Mi madre si, porque se salvó de un examen.

Se vendría un funeral de la hostia. Con tristeza, con pena, pero también con miedo. Se había muerto un líder y los días que se venían parecían fuleros. Y lo serían.

Plaza de Mayo durante el funeral de Perón

El panorama era feo y la gente no es tan tonta. Un poco traga, pero, tampoco la pavada. El sillón del infame Rivadavia sería ocupado por la viuda, María Estela Martínez Cartas de Perón. Isabel o Isabelita para nosotros. A la postre, primera vicepresidenta y presidenta de la nación. Incluso antes de que ninguna mujer ocupara una silla en el gabinete. Así que su lugar en la historia estaba garantizado.

Esta riojana, que no tenía el carisma de Evita, la oratoria de Cristina ni la candidez de María Eugenia, se había criado, luego de la muerte de su padre, en una familia de espiritistas, estudió danzas, piano e inglés. Como bailarina fue que se agenció el nombre de Isabel, por Santa Isabel de Portugal, como el Papa que se agarró el Francisco, por el de Asís. El oficio la llevó de gira y en la gira se abrió y se quedó en Panamá.

El funeral de Perón

Cómo conoció a Perón es confuso, sabemos que fue en Panamá, cerca de la navidad del 55, durante el exilio del entonces innombrable. Y se enamoraron, como tortolitos. Y, como todos los enamorados de la política, formaron una sociedad. La señora lo acompañó en el periplo del exilio sometiéndose, estoicamente, a las privaciones de rigor.

Pero acá se cocían las habas en ausencia del, todavía, tirano prófugo. Un tal Vandor empezaba a agitar un peronismo sin Perón, porque en este país pestañeás largo y te sacan la declaratoria de herederos. Así que Isabelita tuvo que venir como delegada durante 8 meses a instalarse para ordenar los patitos. Seiscientas reuniones por todo el país se comió la señora y tuvo que andar yirando de casa en casa de dirigentes peronistas porque el antiperonismo no la dejaba en paz. Solucionó el tema, trató a Vandor de basura y, de paso, conoció al tal José López Rega, un cana de la bonaerense, mandamás de una imprenta que daba servicios al peronismo, masón y que andaba en el curro del esoterismo. Un montón.

Augusto Vandor

Y se lo llevó en el bolso a Madrid, para ser secretario matrimonial. Volvió a la Argentina en el 71 para ver si podía cerrar un poco la grieta interna y se volvió a la Madre Patria para regresar ya lista para el nuevo desafío.

A Cámpora ya le habían embocado a López Rega y López Rega, el brujo, ya les había embocado al yerno como reemplazo de Cámpora. Un guión descomunal.

Como vimos, Isabel se hizo vicepresidenta en la poco deconstruida fórmula Perón – Perón, ganaron por paliza y a tocar la campanita. Como particularidad, además, actuó de Primera Dama. Pero la realidad es que no ejerció demasiado ni la campanita ni la decoración, se la pasaba a cargo del ejecutivo y en reuniones que el cónyuge, ya debilitado en su salud, le derivaba. No era una estadista, pero se había profesionalizado.

Pero volvamos, aquel 1º de julio, anunció la muerte del presidente – “un apóstol de la paz y la no violencia” – y su inmediata asunción. Pidió ayuda a los políticos, a Dios y a Perón para su gobierno. No lo van a creer, pero el primer debate que produjo todo esto fue el título: “Sra. Presidente” o “Sra. Presidenta”. Nunca fuimos muy lúcidos, no es de ahora el drama.

María Estela Martínez Cartas de Perón

Pero había otros problemas, si bien Perón había intentado un acercamiento con Balbín para ver si podían tranquilizar a este país, Isabel eligió apuntalarse en López Rega, que regenteaba a la Triple A, persiguiendo la paz desde la óptica de eliminar a todos los que no fueran parte de esa paz.

La luna de miel duró poco, la economía no andaba, el brujo ahuyentaba a propios y extraños y el mundo era un lugar hostil. La calesita de ministros era desopilante y el gobierno se corría, a cada paso, más a la derecha. Y, mientras la Triple A se cargaba zurdos a troche y moche, los idealistas de Montoneros se hincharon las pelotas y anunciaron su paso a la clandestinidad, un eufemismo para decir que se iban a llevar puesto al que les cayera en gana. Para calmar, el gobierno declaró a la agrupación “ilegal y terrorista”. Chupate esa mandarina.

Todo este despropósito llevó a vivir casi normalmente en Estado de Sitio para erradicar la barbarie y coso. Cuestión que, así, detener dirigentes políticos y sindicales para la Triple A era una papa. Incluso los llevaban al dormitorio de solteros de ACINDAR, en una práctica que los próximos usurpadores de la rosada iban a perfeccionar y multiplicar de gran manera.

A fin de legalizar lo que se venía se dictó el decreto de aniquilamiento para pelearle al ERP en Tucumán. Con esta patente de corso los militares empezaron a practicar lo que más adelante harían a gran escala, el terrorismo de Estado. Al mando de las barbaridades estaba un tal Antonio Domingo Bussi.

Para el acto del día del trabajador, Isabelita dijo que tenía listo el látigo, que no les tenía miedo a los guerrilleros y que iba a llevar al país adonde Perón quería. Otro montón.

Isabel Perón y López Rega

Pero ya no había pacto social, había desabastecimiento y se vino el Rodrigazo que devaluó 150% nuestros billetes del Estanciero, aumentó 100% los servicios y disparó de un saque del 180% el combustible. No como ahora que se hace de a poquito, semanalmente. De paso, el tal Celestino Rodrigo fijó un tope de aumento salarial del 40% para que no se desmadrara el desmadre. La CGT metió un paro general, el primero contra el peronismo o lo que fuera que estaba ahí en su nombre.

Cuestión que hubo que recular en pantuflas y autorizar los aumentos de un 180% que dispararon la inflación a la estratósfera y todo se fue a tomar por culo. Como siempre.

El peronismo exigió la renuncia de López Rega en la plaza y a los gritos, el brujo pidió a Isabel que lo defendiera y tal. Terminó renunciando y exiliado como embajador en la querida España. Atrás se fue don Celestino. Y entramos, como cada temporada, en default. Lo llamaron a Antonio Francisco Cafiero para que agarrara el ministerio de economía, pero el esposo de Ana, padre de Mario y Juan Pablo entre varios más y abuelo de Santiago, no pudo enderezar el barco. En menos de dos meses se fue, y al relevo le estalló la hiperinflación, algo, en aquel momento, novedoso.

A todo esto, Isabel ya había tomado una licencia por razones de salud y a cargo del ejecutivo había quedado Ítalo Argentino Luder, firmando más decretos de aniquilamiento, llevando la experiencia tucumana al resto del baldío nacional. También anunció que adelantaría las elecciones. Aguantamos todo lo que pudimos, habría dicho.

Golpe de Estado de 1976

Los militares, ya desbocados, sugirieron a la presidenta renunciar. Pero Isabel se negó. Videla y Massera avanzaron entonces con el golpe. Limpiaron a Fautario que era muy legalista y metieron a Agosti. Frondizi retiró al MID del FREJULI, De La Rúa – el exsuegro de Shakira, si -, promovió el juicio político a Isabel, el rol de los medios fue contarle a la sociedad los beneficios de un golpe. Clarín anunció “inminencias de cambios en el país” y los diputados pasaron por tesorería a buscar el adelanto de sueldo. Era 23 de marzo de 1976.

El 24 de marzo, María Estela Martínez Cartas de Perón se subía al helicóptero para ir a Olivos. El bólido se desvió a Aeroparque. Ahí fue anoticiada, ya no era presidenta y le negaron que fuera a ser fusilada. Nadie quiso negociar con ella. La trasladaron a Neuquén y el país entró en la noche más oscura, más larga y mas horrorosa que se recuerde jamás