La histórica grieta presidencial entre Roberto Ortiz y Ramón Castillo

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Si va usted por la calle y le preguntan así, de sopetón, quién fue el presidente de la Argentina entre 1938 y 1942 lo más probable es que ponga cara de pavo y responda “paso”. Y no está mal, nadie nos contó nada. Pero bueno, hubo un presidente, un tal Jaime Gerardo Roberto Marcelino María Ortiz, hijo de inmigrantes, porteño, con pinta de cantante de tango y bandoneonista aficionado.

Quiso ser médico, pero se hizo polifuncional: abogado. Radical, yrigoyenista en sus inicios revolucionarios, pero antipersonalista cuando le tocó ser diputado. Como su antecesor, fue ministro de Obras Públicas del gobierno de Alvear.

Apoyó el Golpe del ’30 con las reservas morales que suelen tener los políticos a la hora de pasarse por los huevos la Constitución y cuestionó el intento corporativista fascista de Uriburu porque “en Europa no funciona”. De haber funcionado ya sabríamos cuanto vale un peine.

Ortiz y Castillo

Al final, formó parte de la Concordancia, la alianza de la década e integró el gobierno de Justo como titular de la cartera de Hacienda. Y llegó a presidente, qué menos. Lo eligieron porque de todos era el más moderado y podía dar una salida a un régimen un poquito más democrático.

Movió la estantería de los conservadores que estaban más a gusto con aquello de mandar las urnas ya armadas para no perder tiempo contando papeletas antes de sentarse en el sillón del miserable Rivadavia. Pero no eran tiempos para locuras, así que, a conformarse con meter al vice, un tal Ramón Castillo y que tocara la campanita con buen ritmo.

Contrincantes

Por el lado de enfrente, el radicalismo, capitaneado por Alvear, volvía al ruedo político, aunque dividido, porque la facción de Frondizi acusaba al nieto de la basura de Carlos María de colaboracionista del régimen y cosas así de feas por acordar con Justo la participación a cambio de elecciones limpias. La fórmula fue Alvear–Mosca y contó con apoyos tales como el comunismo y una parte del socialismo.

Lo que Alvear no sabría, quizás de tanto andar viajando, es que acá las promesas se hacen para no cumplirlas. Va en el ADN, así que las elecciones fueron lo que venían siendo: un chiquero.

La presidencia de Ortiz

Ortiz, dijimos, venía con ganas de arreglar la cosa. Así que se ocupó de intervenir las provincias donde hubo fraude y donde las elecciones fueron limpias había ganado el radicalismo. Incluso intervino la provincia de Buenos Aires, reemplazando al gobernador Fresco por Amadeo y ganándose el desprecio de los conservadores forever and ever.

Pero el tiempo sería escaso. Durante su gobierno se avanzó en la reforma de la Justicia, se creó la Comisión Nacional de Museos y se fundaron la Universidad de Cuyo y el Museo Histórico Sarmiento por el cincuentenario de la mudanza de barrio del papá de Dominguito.

También Argentina participó en la Conferencia de Lima donde se impuso la tesis del canciller Cantilo por la neutralidad ante el despelote del Viejo Continente.

El sucesor: Castillo

Pero el sueño de normalizar las instituciones se iba a truncar. La ceguera, producto de la diabetes, obligaría en 1940 a Ortiz a delegar el mando en su vice, Ramón Antonio Castillo –lo de la famosa “S” era a efectos de que no sonara “Ramona Castillo”-. Los conservadores frizaron el proyecto institucional que aburría hasta a las ovejas y agarraron otra vez la manija, y sin ensuciarse las uñas, oigan.

Catamarqueño y miembro del partido Demócrata Nacional, don Ramón dejó de hacer tilín tilín para gobernar hasta donde lo dejaran, porque acá los plazos son convenciones inestables. Abogado, fue juez y camarista, integró el gobierno de Alvear como administrador de impuestos, fue interventor de Tucumán en la dictadura de Uriburu, senador nacional y ministro de Justo, de justicia y después del interior. O sea, estuvo con todos. Un especialista en aquello de poner cara de boludo.

El tipo venía manchado por el escándalo de la compañía eléctrica –revisen la columna de la semana pasada– y ahora quedaba en el medio de la manganeta de la compra de las tierras del Palomar, unas parcelas para el Ejército con reparto de comisiones para los legisladores y funcionarios del ministerio de Guerra.

Comisión de investigación, el socialista Palacios al frente y pedido de juicio político al ministro de Guerra. Ortiz, que había enviudado hacía poco tiempo y andaba de capa caída, tomó esto como un ataque personal y presentó la renuncia. No sólo le fue rechazada, sino que, a instancias de radicales y socialistas, fue desvinculado del bochorno. Tal cosa lo envalentonó para retornar al poder en cuanto la salud se lo permitiera, con el apoyo de Alvear.

Argentina y el mundo

Pero está Castillo al mando, en Europa ya se armó la gorda y Estados Unidos se había comido el bombardeo a Pearl Harbor -donde se bautizó nuestro futuro Crucero General Belgrano- y estaba hasta las pestañas en el barro. Por acá decidimos mantener la neutralidad pese a las súplicas de Roosevelt que nos quería ahí entreverados, tan regalado estaba que hasta le ofreció a Ortiz su oftalmólogo y el tratamiento en el país de la libertad.

Pero, mis amigos, acá Ejército y sociedad estaban muy encizañados en la grieta entre aliados y nazis, así que era un despelote y tomar partido dejaba heridos por todos lados. Y no estaba el horno para bollos.

Puesto a gobernar, volvió a prácticas totalitarias, interviniendo provincias como Tucumán o disolviendo el Concejo Deliberante porteño empiojado por las denuncias de corrupción. A Castillo no le quedó otra que sostenerse en su partido, echando por saco a la Concordancia porque ya empezaban a dejarlo solo. Para 1942, asumió la presidencia formalmente ya que Ortiz, sin salud y apenas 18 días antes de morir, presentó la renuncia.

Nuevas elecciones

El otro que palmó fue Alvear, así que el radicalismo se quedaba sin su MVP. Entonces alguien cayó con la idea de armar un frente popular y candidatear (de nuevo) a Justo que venía con ganas de sumarse a los Aliados y terminar la obra institucional de Ortiz. Pero estiró la pata.

Castillo soñaba con ir a las elecciones con Patrón Costa de candidato, un salteño, azucarero y presidente del Senado para seguir amañando cuanta elección hubiera para mantenerse calentito al sol del poder.

Del otro lado, y con el siempre inestimable apoyo de la embajada que acusaba a Castillo de pro nazi, decidieron candidatear, un poco en las sombras, al ministro de Guerra, Pedro Pablo Ramírez. De más está decir que de ministro duró lo que pedo en un canasto porque Castillo lo mandó a mudar. Ramírez iba a ser el sucesor. Por las buenas o por las malas, pero iba ser.