La guardaespaldas del Presidente

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Mucho más meritorio que haber estudiado en el Colegio Nacional de Buenos Aires es haber sido expulsado del Colegio Nacional de Buenos Aires; al menos, a los fines de incorporar la lógica de la arena política. En 1974, Vilma Ibarra tenía 14 años, cursaba segundo año en el turno tarde y era delegada estudiantil. Junto a sus compañeros, impulsó la histórica jornada de protesta contra la intervención de Oscar Ivannisevich y Alberto Ottalagano que convocó a más de mil quinientos estudiantes en el claustro central y terminó con la expulsión 24 alumnos de la UES y de la FEDE. Un grupo de padres -entre los que estaba el de Vilma, un abogado que había huído de la dictadura de Stroessner- presentó un amparo que llegó hasta la Corte Suprema. Finalmente, antes del fallo y por goteo, los estudiantes fueron reincorporados y Vilma volvió a cursar en los claustros verdes.

La rentrée de la actual Secretaria de Legal y Técnica a la política tras la victoria del Frente de Todos tuvo algo de aquel entusiasmo típico de las segundas oportunidades aunque asimilado con el pragmatismo y la perspectiva que dan tres décadas en la función pública.

Tras recibirse de abogada, trabajó ocho años en el Poder Judicial, en los fueros Civil y Penal y fue asesora de la Convención Constituyente. Conoció a Alberto en el 2000 en la Legislatura porteña: él ocupaba la banca por la lista de Cavallo y Béliz y ella integraba el bloque del Frente Grande de Chacho Álvarez. Al año, renunció tras ser electa senadora por la Alianza y presentó el primer proyecto para permitir la interrupción voluntaria del embarazo, la versión beta del proyecto en el que trabaja ahora, a la espera de que la agenda política haga viable su tratamiento en el Congreso. En 2007 asumió como diputada y se convirtió en la autora y protagonista del debate que llevó a la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario.

Durante diez años estuvo en pareja con Alberto Fernández y así como antes se había ocupado de que no la trataran como la hermana de Aníbal, esquivó aquello de la mujer de Alberto, pero sí lo acompañó en un recorrido que los llevó del kirchnerismo al distanciamiento netamente opositor. Cuando dejó la banca, se recluyó en el sector privado como la principal asesora jurídica del holding de Eduardo Eurnekian. Se sentía a gusto lejos de un escenario político agrietado y había recuperado tiempo para nadar, andar en bici y leer.

La relación con Alberto terminó pero (a veces) donde hubo amor queda algo que rinde mucho más que las cenizas: admiración y confianza. “La mejor abogada del país; una legisladora única”, la definió el profesor de derecho penal el día que presentó su Gabinete. Vilma no tiene estructura partidaria ni construye poder territorial, pero todo decreto, veto o proyecto de ley pasa por ella antes de llegar al Presidente.

La confianza tiene su contraprestación: devolver siempre algo a la altura, con honestidad brutal. ¨Para poner a la Argentina de pie somos imprescindibles las mujeres. Es con todas”, le explicó en mayo con un tuit al mandatario tras aquella foto que reunió en Olivos a los principales referentes del entramado económico, todos hombres. Histórica militante de los derechos de las mujeres, se siente avalada para la acción, la retórica de los corazones de colores está bien pero es epocal. El peronismo de paladar negro olió Frepaso y lo leyó como otro episodio de fuego amigo pero cerca de ella creen que el Presidente -que se alejó del kirchnerismo cuando no encontró eco ni lugar para sus peros- valora que le cuenten las costillas puertas adentro.

Vilma lee en modo random. Pasa de decretos o tratados internacionales a los libros de ficción que tiene en la mesa de luz. Siempre lee de a dos, entrecruza “Tierra alta” de Javier Cercas con “Visado para Shangai” de Qiu Xiaolong.

Liberó a su equipo para que haga homeoffice durante la pandemia; ella prefiere ir a Olivos por la mañana y trabajar por la tarde en su escritorio en la Rosada donde mastica el detalle del entramado legal de las políticas del Gobierno. Fue la responsable de la consistencia y la letra chica de los decretos que regulan las compuertas de las fases del aislamiento, pero también aporta en temas estratégicos como el DNU que declaró servicios públicos esenciales a la telefonía, internet y la televisión paga y el proyecto de Reforma Judicial. En estos meses, se hizo amiga de otras dos funcionarias clave en la gestión de la pandemia a las que no conocía, Cecilia Todesca y Carla Vizzotti. También confía mucho en el criterio del camporista Wado de Pedro.

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Como si fuera una jugarreta de su disco rígido o una advertencia de que todo no se puede, Vilma padece de “ceguera de caras”: le cuesta recordar visualmente a sus interlocutores y a menudo los confunde. Metódica, aplicó técnica y mejoró con los años.