Inseguridad política

El Canciller - Comentarios
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La “inseguridad” tiene muchas caras, al menos, más de una: la que sufren a diario muchas personas de a pie y también la que pesa sobre la propia fuerza… el control de la policía. La provincia de Buenos Aires tuvo grandes intentos de reforma de ese poder de casi cien mil almas armadas. León Arslanián y Juan Pablo Cafiero fueron parte de esos intentos, con Duhalde primero, con Felipe Solá después (y más a fondo). A Kicillof no le falta afán transformador, pero la figura de Sergio Berni en Seguridad parece mostrar que no fue “ahí”, en esa área, donde puso sus primeras prioridades. Algo de eso se tradujo en dame gobernabilidad, mientras me ocupo de la deuda y la reforma fiscal. Pero, ¿qué pasa con Berni? ¿Qué desafíos y problemas ofrece el espectáculo de su “protagonismo”? ¿Qué termómetro es su “popularidad”? ¿Qué necesita la política ahora que cierta flexibilización de la cuarentena parece un hecho irreversible, como “volver a meter la pasta en el pomo”? Pero sobre todo, ¿qué se espera de él ahora que el ojo vuelve a estar sobre la “maldita policía” con el asesinato de un joven en La Matanza y la desaparición de otro en Mayor Buratovich?

El reencuentro entre Berni.y Frederic
Berni y Kicillof reunidos con Sabina Frederic.

¿Quién me va a parar?

En el documental “Esto no es un golpe” de Sergio Wolf, que reconstruye la sublevación militar de semana santa de 1987, hay una escena en la que Aldo Rico llega a decir exactamente qué era lo que había logrado: vaciar el poder de Alfonsín. Dice y repite “¿quién me iba a parar?”. Consciente del abuso de poder, coloca en escena la imposibilidad de Alfonsín de ordenar la represión (el jefe del monopolio de la fuerza al precio de no usarla, como dijo Halperín Donghi). Un único camino: negociar. Rico también (¿quién no, a esta altura?, y además: como si no lo hubiera obligado) reconoce la “caballerosidad” del expresidente. Su “pacto”. Rico mostraba el límite al que llevaba las cosas, pero también su límite en ese umbral: no podía hacer un golpe. Es decir: no lo podían reprimir, pero no podía tampoco hacer el golpe. El empate clavado de esa década. La sociedad y la clase política estaban espalda con espalda. El documental reconstruye la resistencia civil que le dio fuerza al entonces presidente. Todos (incluso niños) fuimos a esas plazas “contra un golpe”. Lo que alumbra el inicio de la democracia: ¿quiénes dan las órdenes a los que tienen armas? Bueno, ahí empieza el poder. Un Estado no se hace a espaldas de eso, se hace desde ahí. No es la parte más sencilla, claro.

Pero un día de 1999 Rico fue ministro de Seguridad y duró tres meses. Nombrado por el entonces gobernador Carlos Ruckauf, Rico cayó envuelto en una operación que le había tendido la misma Bonaerense, en palabras de Ricardo Ragendorfer. Quiso denunciar que un viejo peronista pesado de la derecha (el “Indio” Castillo) era parte de la custodia presidencial designado por la SIDE. La realidad: sólo era muy parecido a un custodio del entonces presidente De la Rúa, un agente de la Policía Federal. Días después dejó de ser secretario de seguridad. Ruckauf, un olvidable gobernador, había hecho de su populismo punitivo un exacto matete que lo llevó a la literalidad: elegir un duro para las tareas duras. Duró un round.

Pero Berni no es Rico. A esta altura es un civil que lleva décadas como militante de un proyecto político democrático. Con los votos y de cara al sol. Pero “los ruidos” de Berni, más allá de las internas de palacio, afloran como un talante sintomático de lo que pasa en el poder. Algo así como un tornillo flojo, un desperfecto en el motor, porque: ¿quién lo frena? Cada vez que se presenta como soldado, parece actuar como libre pensador. Para quien quiere oír ya dio cuenta de una verticalidad (más política que formal): reconoce su jefatura histórica en la figura de la expresidenta.

Este 9 de julio lo celebró en La Matanza. “En el cumplimento de las leyes vamos a obtener para nosotros y para nuestros ciudadanos el espíritu libertario de nuestra Independencia, porque una Nación no se podría construir sino está impregnada de sentimiento nacional”, dijo frente a sus subordinados. En estos mismos días se puso a disposición de la madre del joven desaparecido, Facundo Astudillo Castro, en la localidad de Mayor Buratovich. Facundo fue visto por última vez junto a un móvil de la policía Bonaerense. Berni ofreció y apartó a su propia policía de la investigación, porque la sospecha tiene “sentido” en el fatal historial de esa fuerza. Berni -en este caso- no sobreactuó la “defensa” que sí hizo Patricia Bullrich de la Gendarmería durante el caso Maldonado (quien fue visto por última vez con vida en una represión de esa fuerza). Este es el quid de la cuestión Berni: asegura una conducción férrea (personalizada) de la fuerza pero con un riesgo corporativo en esa conducción. Este sábado también se conoció que integrantes de la Policía Bonaerense asesinaron a un joven. Se trata de Lucas Nahuel Verón, de 18 años, quien viajaba en moto junto a un amigo a la madrugada del viernes. En la acción sobre los casos de gatillo fácil (y no frente a las cámaras de televisión) se cifra la trascendencia de un funcionario.

La conquista del desierto

La trayectoria nacional de Berni comienza en 2003. Cuando en el Ministerio de Desarrollo Social es nombrado como “Subsecretario de Abordaje Territorial”. Ocupaba una oficina llena de mapas (como un búnker) en el legendario octavo piso del edificio ANMAT, sobre la Avenida de Mayo. Puertas adentro del ministerio, fue tejiendo su leyenda. “El loco”, le decían. Como Guillermo Moreno, un tipo de funcionario muy dedicado a su propia mistificación, la que consiste en hacer los gestos necesarios en los momentos necesarios con los testigos necesarios y… desatar la leyenda. Que el revólver en el escritorio, que los guantes de boxeo, que la llegada de madrugada en moto, etc. Sin embargo, a la pregunta de si Berni “es, o se hace”, la respuesta es que sí: es. Tuvo un rol en ese 2003: abrir la maleza y construir un vínculo de compromisos con las organizaciones y movimientos sociales que se habían desplegado en los años críticos, entre 1998 y 2002. No sólo con los que se incorporaban al gobierno (según la decisión de Kirchner), sino también con los renegados. Berni conocía y hablaba con todos. Aquel ministerio se imponía con la gestión de Alicia Kirchner una presencia territorial capilar: en cada municipio un CIC (Centro Integrador Comunitario), en cada provincia un CDR (Centro de Referencia). Reparto de pensiones, relevamiento territorial, economía social, tren sanitario.

Durante esos primeros años de Kirchner había un programa conducido por Gastón Pauls, “Ser Urbano”, dedicado “básicamente” a sensibilizar al televidente sobre los efectos de la crisis. En un programa se vio cómo la gente del barrio Carcova de San Martín comía de la basura en el CEAMSE. Esa misma noche ardieron los teléfonos del Ministerio de Desarrollo Social para que a primerísima hora del día siguiente todas las áreas estén en el playón del edificio de la 9 de Julio. Ese día salió un convoy a Carcova con funcionarios y trabajadores sociales del ministerio. Alrededor de 30 vehículos. La entrada al barrio era por una calle que hacía una L: donde terminaba esa calle nacía otra callecita que permitía ir hasta el fondo. Ese era el camino que se seguía para llegar a un comedor de la organización “Barrios de Pie”, referencia que tenía el ministerio “para entrar”. Hasta ese momento, la villa era clave en la cartelización de la droga. Territorio de un famoso “líder” apodado “Mameluco”.

Al llegar al barrio, a la entrada de la calle en L, el convoy frena. Nadie sabía por qué. Restaban quince cuadras para llegar hasta el comedor. En ese momento Berni baja del auto, con un piloto negro largo (era un día lluvioso), da la orden de que los demás sigan y empieza a caminar solo por el pasillo de la villa. La respuesta: “Sergio que quiere llegar caminando al comedor para percibir y oler cómo está la situación en el barrio”. El convoy de coches llega primero al comedor y desde la puerta se ve como Berni llega lento por un pasillito, a pie. Misma escena se repetirá en todo el país. En Chimbas (San Juan), en las villas de Rosario. Sergio camina solo. Llega solo a los lugares y se gana el respeto de muchos.

Su “fama” da un salto en diciembre de 2010, en el conflicto del Parque Indoamericano, donde toma dominio de la situación. Otra postal. Una cuadrilla de trabajadoras sociales dependientes de la Dirección Nacional de Asistencia Crítica apura el relevamiento contra el tiempo. Una coordinadora apunta por handy que sin luz, con el terreno tomado y las amenazas de nuevos “ocupantes”, no van a poder seguir haciéndolo. “¿Qué necesitás para que sigan relevando?” –gritó Berni. “¡Luz!”, le responde. Hizo colocar reflectores que mantuvieron la escena iluminada durante la noche. El resultado de aquel conflicto fue institucional: la creación de un Ministerio de Seguridad.

Berni, durante un operativo en el conurbano.

Así, estas “anécdotas” son coherentes con sus últimas “noticias”, como el reto a la Federal en un puente o el insólito confesionario televisivo con el periodista Luis Novaresio. Berni conoce y maneja los fondos de la maestranza del Estado: ese circuito de recursos posibles, la llave maestra de todos los depósitos, el grado cero del poder (el municipio, la comisaría, el referente del comedor). Pero también conoce las reglas de su espectáculo. De los pocos políticos oficialistas que da entrevistas en radio Mitre y que además sale ganando. Por momentos su tono marcial de cirujano-teniente-karateca cuya oficina es la calle logra que los periodistas terminen hablando en su idioma, una especie de copia de la vieja retórica policial de los años 80 (“cuatro individuos de sexo masculino”) mezclado con lenguaje epidemiológico. Tan así el enredo que en el programa de Jorge Lanata un periodista le terminó preguntando: “Berni, ¿usted cree que a efectos del aislamiento el delito va a mutar?”.

Argentina parece un país de consensos simultáneos. Se pide orden, pero no cualquier orden: la muerte es un límite preciso. Es la manta corta de las ofertas punitivas. En las venas del Estado corre el problema de la seguridad. El punitivista es el político inseguro, negocio electoral corto, popularidad sí, votos… vemos. Pensemos en los que hicieron de esto su tema. De Narváez, Ruckauf, Patti o el propio Rico. Te votan, pero hasta un punto. Al final la ciudadanía espera una oferta de más densidad. En su momento Massa entendió ese límite. Pero diríamos que desde hace años se instaló una idea en el mundo de que “el límite de lo posible” se corre por derecha. La política argentina tiene una nueva palabra atragantada: bolsonarización. Es un fantasma que se balbucea así, sobre un diagnóstico flotante que oímos impreciso aquí y allá: “puede haber una salida por derecha de la crisis”. No importa qué signifique exactamente eso, incluso después del fracaso de los años macristas. Y una parte de la oposición se somete a ese intríngulis en la tensión de Macri y Bullrich con Larreta y Vidal. Hasta un punto los análisis sobre el mismo Berni funcionan en esos reflejos, “cree venirse el tiempo para alguien como él”. Porque tiene alguna astucia: de los pocos políticos peronistas que no habla mal de la clase media, de los pocos que tiene un discurso de la bronca de la calle en un momento de bronca en la calle (hay bandera roja y el mar está picado), como se ve en estos días donde parece que “la grieta” le da la última forma a la cuarentena.

Lo último para apuntar es que en cada gesto en que Berni “afirma su autoridad” debilita la de otros. Pero ese demasiado espacio que ocupa se parece a un cierto vacío, que incluso lo trasciende. En este contexto, el peronismo no necesita sacarse de encima a Berni, necesita conducirlo. No son tiempos fáciles. El sector “duro” de la oposición ya tiene su relato de sentido sobre este tiempo que tocó. Los defensores de la desigualdad fueron más rápidos en armar “su” agenda. Pero la Pandemia y la cuarentena mostraron como nunca la desigualdad social, es decir, la fractura (más que la grieta). Allá vamos. Es por ahí. Las prioridades en orden.