Giuliani del sur

El Canciller - Comentarios
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Poner el cuerpo tiene ese no sé qué. Durante un operativo en Villa Sapito, un narco le apuntó a la cabeza y, si no fuera por los policías que lo desarmaron, el final era incierto. Pero fue durante una batalla campal en Villa Caraza que incluyó cascotes y tiros que el jefe de Gabinete y responsable del área de Seguridad de Lanús, Diego Kravetz, realmente se asustó: balearon varias veces el auto desde el que seguía el operativo. ¿De qué se protege en verdad un político cuando deja el traje y se calza un chaleco antibalas?

Treinta y siete villas tiene Lanús y a Kravetz, que vive en Palermo, le gusta conocerlas, recorrer los pasillos. Como si fuera una representación local de Sergio Berni, defiende y publicita el accionar de las fuerzas de seguridad y despotrica “por encima de todo debate ideológico” contra la puerta giratoria: “¿Quién controla a los presos liberados por la pandemia? Si uno se dedica a perseguir delincuentes y la Justicia se dedica a soltarlos es todo muy difícil”.

La impronta de la videovigilancia y la retórica de reos versus vecinos tienen, además, un correlato en su rutina personal: es cinturón negro de taekwondo, compitió en dos mundiales en Inglaterra y practica krav magá, un sistema de defensa personal para “situaciones reales”.

“¡Buena, Giuliani del sur!”, le espetó vía Twitter el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde -ácido, conocedor de todas las jugadas conurbanas- luego de que protestara contra el gobierno nacional por haber discriminado a Lanús en el envío de fuerzas federales.

Pero Kravetz no empezó en Villa Sapito. Antes de convertirse en la mano derecha de Néstor Grindetti, uno de los pocos intendentes de Juntos por el Cambio que sobrevivió a las elecciones de 2019, recorrió la amplia avenida de la política argentina. Hijo de un reconocido biólogo e investigador del Conicet, la crisis de 2001 lo encontró como abogado del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas.

En 2003, llegó a una banca en la Legislatura porteña como cabeza de la lista del Partido de la Revolución Democrática, de Miguel Bonasso. Después, se convirtió en el jefe de la bancada del Frente Para la Victoria y durante ocho años fue el hombre del entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, con un tercio de la Cámara bajo su ala. Con poco más de treinta años, su agenda era otra: fue autor de la Ley de Expropiación Definitiva de Empresas y coautor de la Ley de Educación Sexual que le costó la reprimenda incendiada de Bergoglio. Tras el surgimiento del Frente Renovador, acompañó a Alberto, armó para Massa en la Ciudad y fue el candidato a vicejefe de Jorge Telerman.

Se enamoró de la dirigente macrista Soledad Acuña en 2007 cuando los romances entre Montescos y Capuletos todavía no eran habituales; el peronismo porteño le contó las costillas. Tiene dos hijos con la actual ministra de Educación porteña: Santiago de 10 y Tomás, un pandemial de cuatro meses. Partidos de Boca y competencias de free style con el más grande, pañales para la criatura e intercambio político con la madre.

Con whatsappeo cruzado mantiene el vínculo con el Presidente, incluso ahora que están en veredas opuestas. Lo considera su mentor y sigue viendo en Alberto un tipo “consecuente con sus ideas, brillante”. La pandemia los reencontró. Grindetti visitó varias veces la Casa Rosada, articula con los ministros e ingresó al selecto grupo de los opositores con responsabilidades que prefieren dejar la grieta en lo etéreo del relato; Alberto retribuyó con una visita y recorrida con el intendente por el hospital de campaña del Polo Educativo de Lanús. Destellos de una vieja amistad en el territorio.