La inflación es un problema, la emisión debe ser controlada y el campo es un actor central de la Argentina productiva. Con esas definiciones y un megapaquete de emergencia que apunta a reducir el déficit, a Alberto Fernández le alcanzó para diferenciarse del último cristinismo, postergar los reclamos sojeros y convencer a los mercados: el peronismo está dispuesto a hacer un ajuste a su manera para cumplir con el pago de la deuda que Mauricio Macri incubó a un ritmo temerario.

El Presidente quiere cuidar las reservas, potenciar un superávit comercial hijo de la recesión y la devaluación, y aumentar el ingreso de divisas. Para eso, necesita generar valor agregado en las exportaciones y que el ruralismo guarde sus tambores de guerra. Fernández decidió aumentar las retenciones y desligarse de su antecesor, tan voluntarista como generoso con un sector que -aunque haya sufrido la sequía- se vio beneficiado en todos los frentes por Cambiemos.

Sin embargo, el Presidente mantiene una línea de continuidad que lo une a Macri y a CFK en rubros que los dos incentivaron mientras pudieron y a los que también él considera vitales para una economía sedienta de dólares: Vaca Muerta y la minería, sectores que no fueron alcanzados por el aumento de las retenciones.

Mientras los reclamos de las comunidades mapuches contra el fracking sólo trascienden en forma intermitente, Mendoza acaba de plantar el primer obstáculo a la política de generación de divisas que Fernández anunció con optimismo en el Four Seasons, durante el almuerzo de los pesados de AEA. La movilización contra la modificación de la ley 7722 no es sólo una advertencia que el radical Rodolfo Suárez resolvió de la peor manera. También es un mensaje a la Casa Rosada: en provincias como Chubut y Mendoza, la megaminería no tiene licencia social y no será fácil aplicar los planes que se escriben en Buenos Aires.

Alberto Fernández, Fabiola Yáñez y Santiago Cafiero. Nochebuena en San Cayetano.
Alberto Fernández, Fabiola Yáñez y Santiago Cafiero. Nochebuena en San Cayetano.

El paquete de emergencia que elaboró Martín Guzmán arma una ecuación distinta para exhibir ante los mercados y el Fondo. Busca evitar que el déficit primario aumente, rechaza la emisión, ajusta sobre el sistema previsional y apuesta a que una reestructuración favorable de la deuda estimule el crecimiento de la economía y logre que la recaudación vuelva a subir.

Puertas adentro del ministerio de Economía, la consigna es evitar cualquier tipo de euforia, aferrarse a la sobriedad y hacer cálculos con un sesgo conservador. Orgullo del macrismo inviable, la escuela del optimismo cerró por falta de inscriptos: en el nuevo peronismo admiten que lo que viene es un desfiladero estrecho y que nadie, ni siquiera el más apto, es infalible.

El mismo criterio rige ante la respuesta positiva ante la primera licitación de la era Fernández, pese a que la tasa que se pagó la semana pasada fue de 45% puntos, casi 40 puntos menos que lo que había pagado el macrismo en su última emisión, el 13 de agosto pasado. Equivocados o no, los mercados están esperando que Alberto baje la inflación y pague la deuda. Guzmán volverá el lunes 30 de diciembre a colocar Letras en pesos con ese diagnóstico: “Si se renuevan los vencimientos a una tasa más baja, estás bajando la carga de la deuda”. Todo forma parte del intento por desactivar la bomba del endeudamiento y recuperar el crecimiento, al menor costo posible.

La escuela del optimismo cerró por falta de inscriptos: en el nuevo peronismo admiten que lo que viene es un desfiladero estrecho y que nadie, ni siquiera el más apto, es infalible

El gobierno abrió una cuenta institucional y comenzó a recibir mensajes de bonistas de cara a la reestructuración que ya se inicia. La intención es mostrar un sendero consistente y vender la imagen de que Fernández está dispuesto a pagar. Sin embargo, a la postergación de capital e intereses por dos años se le sumará después alguna forma limitada de pago. Aún con los supuestos de reducción del déficit y superávit comercial, el mensaje de la Argentina posmacrista que circula entre fondos de inversión es una invitación no tan amable a negociar: “Esto es lo que puedo pagar. Más no puedo. Así de simple”.

Después vendrá la pulseada con los enviados del Fondo, que el Presidente a decir verdad no quiere precipitar. Acreedores privilegiados, son los soldados de Kristalina Georgieva los que están apurados por entrar en escena. Los negociadores argentinos apuestan a que la nueva conducción del FMI no sólo reconozca el fracaso del programa que firmó con Macri sino que además insinue algo parecido a una autocrítica pública.

¿Qué pasa con el Fondo que no dice nada de la deuda? ¿Cuándo va a dar Washington su opinión de este endeudamiento récord? ¿Van a reconocer que era una bomba de tiempo impagable y no era sostenible? Son preguntas que desde Argentina le hacen a los burócratas del organismo y que, por supuesto, no tienen respuesta. Fernández y Guzmán piensan que Georgieva tiene la posibilidad de rechazar el rumbo de sus antecesores para iniciar una nueva etapa. Mientras no lo haga, no habrá apuro para avanzar en las negociaciones con un actor que, según repite el frentetodismo, es corresponsable de la “profundísima” crisis argentina.