Felipe el Amoroso

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Nombre real, recoleto, Felipe Carlos encontró en el peronismo el lazo “entre la efervescente bohemia porteña y el gaucho de a caballo”. Así versa la autobiografía con la que lanzó su precandidatura a presidente antes de que le tocara el pétalo del no me quiere en la margarita de CFK. De la cantera CNBA, pasó de la infancia en los campos chivilcoyanos de la familia a la juventud militante en el PJ.

Semana difícil, la pasada, para el ingeniero agrónomo. La astucia argentina no fue suficiente para vencer al Goliat yanqui y llevar a Gustavo Beliz a la presidencia del BID. Era clave el voto de AMLO que prefirió la paz fronteriza al caldo gordo con Fernández. Aunque digna, la derrota fue amarga para el ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, que hoy lee con bronca una epístola de cipayismo explícito de Pompeo, del PRO, al trumpista Maurice Claver-Carone.

Tras cartón, habrá seguido con espanto emotivo la sedición de la bonaerense. Pocos conocen los diablos de la PBA como Solá, sabe que allí la seguridad “es uno de los asuntos más serios de la Argentina”. Como vicegobernador en el 99 convivió con la maldita policía, con Aldo Rico y Oreste Verón. Helicóptero después, Felipe se puso al frente de una gobernación de cuasi monedas y desempleo poco antes de que en Avellaneda la policía asesinara a Kosteki y Santillán. En 2003, podría haber rajado de esa tierra de nadie para disputarle el bastón al Flaco, pero se quedó y consiguió el 43% de los votos. Durante su gestión modificó la ley orgánica policial y depuró la fuerza como pudo junto a León Arslanian. “México me atormenta, Buenos Aires me mata”, habrá tarareado Felipe en su oficina del piso trece.

Pero no todo es penuria en le monde diplomatique. Con la cabeza en la pospandemia, pasada la urgencia de la repatriación, Solá apela a relaciones exteriores desideologizadas para traer al país la divisa que desvela a la Argentina. Antes discutido por la soja transgénica y hoy por los chanchos, el Canciller intenta una reversión pop del “granero del mundo” con la apertura a mercados como el israelí, el ruso y el africano con exportaciones de origen agroindustrial. Felipe tiene los amigos y el know how: fue Ministro de Asuntos Agrarios de PBA del 87 al 89, Secretario de Agricultura, Pesca y Ganadería de la Nación del 89 al 91 y del 93 al 98.

Revisa el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la UE que tanto shipeó el macrismo y trabaja de cerca con Daniel Filmus para que el reclamo de soberanía sobre Malvinas sea política de Estado. Salvo por las abstenciones de Del Caño y Del Plá, diputados selló por unanimidad la creación del Consejo Nacional, un revés a las políticas entreguistas de Malcorra. Por eso ardió Troya cuando Gomez Alcorta hizo un Zoom a pura risa con el embajador británico Mark Kent y degradó a “controversia” la gran causa nacional.

Tras la muerte de Néstor se reprochó la jugada que en 2009 le hizo junto a Macri y De Narváez. Diez años le costó a Solá el magro perdón de Cristina, que en 2018 lo invitó al Instituto Patria y le espetó “¿Por qué querés ser presidente con el quilombo que hay?”. Acercarla a representantes del Consejo Agroindustrial Argentino fue un poroto sumado en favor del Canciller. Política de redención la de Felipe: intenta pagar hoy aquello que rompió en la 125.

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No se amilanó por la chicana del cortito Faurie, y a sus 70 primaveras vuelve a estudiar idioma. Recuerda los “dictations” de viejas clases, lee en inglés cuando puede, aunque sostiene que “el canciller siempre debe hablar en su idioma”. Gran orador, fue diputado nacional del 91 al 93 y del 07 al 19. Amoroso, es cierto que Solá anduvo con todos. Pero el peronismo, ese tórrido amor nacional, nunca le colgó la galleta.