La vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner volvió a estallar en cólera porque la justicia sigue siéndole esquiva. Ella pide pan y le dan queso. Ella pide cárcel y absuelven, ella grita “ustedes culpables” y recibe su primera condena con pedido de prisión efectiva e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Lo segundo le molesta más que lo primero, porque se puede tener poder desde la cárcel, aunque es algo que no le sucederá a Cristina, que, por edad, jamás irá a una cárcel común aún si llega a tener sentencia firme, aunque no desde el ostracismo. 

Su bronca se expresa en términos increíblemente contradictorios. Increíbles porque la señora de Kirchner, con justicia, muchas veces es designada como un gran cuadro político, que, sin embargo, gente muy cercana a ella, como es el caso de Juan Grabois, le critican y cuestionan esa cualidad al decir que ella elige mal, en este caso para referirse a los cuestionamientos sobre su elección de Alberto Fernández como candidato a presidente. 

Ella misma parece no pensar tan bien de sus cualidades cuando, solapadamente, reconoce haberse equivocado en la sustancia de quien fue ungido candidato; aunque se justifica afirmando que era lo que había en ese momento para derrotar al macrismo. 

Ahora le pasa lo mismo con sus enojos respecto de fallos que no le gustan pero que por otro lado pretende usar como precedentes jurídicos para resultar favorecida en causas que la involucran directamente. Como si esto fuera poco además lo hace en público, lo que la lleva a exponerse gratuitamente en sus contradicciones. Perón, dicen, dijo que se vuelve de cualquier cosa menos del ridículo. A la vicepresidente esta máxima parece no afectarla.

Esta semana, también, el Gobierno tratará, con un viajecito del secretario de derechos humanos a Ginebra, de fundamentar una preocupación institucionalista vía Horacio Pietragalla en un documento para la ONU. Los destinatarios de la queja son figurita repetida para el kirchnerismo: la Justicia, los medios, la oposición. 

En realidad, es una preocupación primero judicial, por las causas que avanzan y que puedan sumar condenas, sobre todo para la ya condenada Cristina Kirchner, y en segundo lugar política, porque el Gobierno legítimamente puede, y hace bien, sentir que uno de los tres poderes del Estado lo percibe al actual ejecutivo knock out. Y que entonces se convierte en su principal máquina de impedir cuando este intenta llevar adelante atropellos o avances sobre la legalidad. 

Al poder político en general le molesta cuando el contrapoder judicial frena su gestión, no porque esté mal en términos normativos, sino porque revela que este se le anima, que lo percibe débil. 

Esto es, a Alberto Fernández no le molesta tanto el fallo de la Corte Suprema, respecto de la coparticipación a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, porque sea correcto o incorrecto jurídicamente, es porque le está mandando la señal en la que dice: tu hora está terminada

De alguna manera, para todo poder ejecutivo, nacional, provincial o municipal, el famoso apotegma que dice: “dentro de la ley, todo, fuera de la ley, nada” debe ser un poco flexible en aras de poder avanzar en la gestión y administración del gobierno. Cuando el/los gobiernos están fuertes esa flexibilidad tiene alcances insondables, cuando la justicia olfatea, y dicen los que saben, que nadie lo hace como el poder judicial, que los ejecutivos están en caída libre, se convierten en grandes muros de contención a esas plasticidades al punto tal de hacerlas casi desaparecer. Esto es lo que más enoja a Alberto Fernández. 

Así, el Presidente de la Nación se encuentra con una popularidad por el suelo, con una agenda digna de un presidente pintado y decorativo, con una porción creciente de su coalición que lo repudia en todos los idiomas y con una Justicia que examina rigurosamente la letra chica de todos los contratos y cuando encuentra una coma mal puesta le dice “Señor, vaya para atrás y vuelva a intentarlo, pero bien hecho”

Al Presidente, entonces, le queda solo patalear, simular enojo y tratar de hacer daño. Si al “Cuervo” Larroque, Máximo Kirchner o Sergio Massa les quedan dudas respecto de si ellos pueden ser también destinatarios de esa prueba de capacidad de daño que le queda al presidente Alberto Fernández, se equivocan largamente. 

Los kirchneristas más Corea del Norte le vienen minando el gobierno al presidente de la nación desde hace por lo menos dos años. La orden fue liberada por la propia expresidente, en ejercicio de la vicepresidencia, cuando difundió al final de la pandemia, después de un largo y sanitario silencio, la famosa carta de los funcionarios que no funcionan. 

Alberto no puede quererlos y menos perdonarlos. Solo puede ejercitar la virtud de la paciencia para tratar embocarlos en el mejor momento posible. Con el ministro Massa le pasa diferente, sus opciones son más complicadas de sintetizar y poner en práctica. Si a Massa le va bien, Alberto no tiene futuro. Si a Massa le va mal Alberto no tiene presente. 

Massa tiene la misma dosis de ambición que de ansiedad y eso lo llevó en las últimas semanas a decir desde diferentes escenarios que no es candidato a presidente. Se presenta a sí mismo como un patriota que está por encima de la pedestre discusión de candidaturas. Sin embargo, su raid mediático y apariciones lo contradicen y su conversación permanente con formadores de opinión que intentan construir todo el tiempo la idea del Massa normalizador y, más aún, desactivador de la bomba de tiempo que heredó (de su propio gobierno) lo posicionan como presidenciable todo el tiempo y, parece un paso ensayado, él gana prestigio negando su candidatura.

En su larga charla con el director de la editorial Perfil, Jorge Fontevecchia, el ministro presentó un escenario de una Argentina potencia en 5 o 6 años. Lo hizo con la comodidad de saber que no sería interrogado respecto de cómo se llega a esos 5 o 6 años, sin hacer lo que hay que hacer. Así, Sergio Massa enfrenta semanas difíciles en las que el dólar sube mostrando una debilidad estructural de su programa económico, porque su versión venía siendo que era algo estacional. Que los argentinos compraban dólares producto de que habían cobrado, de que su salario le había ganado a la inflación, que es el tipo de disparates que repite Carlos Maslatón, que sabe mejor que nadie que en Argentina se puede decir cualquier cosa. 

La frustración es grande para el ex intendente de Tigre cuando ve que su llegada al Palacio de Hacienda no pudo desarmar lo único permanente de la vida argentina. Peso que me sobra, peso que va al dólar.     

Por último, una apostilla sobre la tumultuosa semana que vivió el partido de Javier Milei que, como si fuera un partido de la izquierda, ya tiene su propia interna. El otro protagonista de esta interna es precisamente Carlos Maslatón, quién lo desafió hace ya un par de meses a una interna para dirimir la candidatura presidencial y un nuevo error de cálculo del economista libertario, a menos que la jugada fuera otra, lo llevó a ningunear la figura del abogado que con indudable picardía e inteligencia supo conformar un personaje único en las redes y que además ciertamente era una parte relevante en los actos de campaña de toda la caravana 2021 de Javier Milei. 

Es muy difícil que un votante de Milei no haya visto y no sepa quien es Carlos Maslatón, que fue varias veces su presentador o lo antecedió en la palabra de sus famosos actos de campaña. 

Eso vuelve inexplicable que el propio diputado nacional y precandidato a la presidencia Javier Milei diga públicamente poco menos que no sabe quién es Maslatón. Es también poco claro porque una figura de la envergadura nacional que tiene Milei se resista a darle lugar a un challenger al que en los papeles le debería ganar con mucha facilidad. 

Algunos dicen en voz baja que el temor era hijo de que el abogado “amigo político” de Massa, como Maslatón se define, contara en la PASO con mejor fiscalización, prestada de su verdadero primer partido, el peronismo, y que produjera una hecatombe electoral dentro de la La Libertad Avanza. El argumento parece poco verosímil tanto como que no hayan advertido la creciente capacidad de viralizar su caso y pedido de elección interna como finalmente pasó, así como su resonante y creciente figura pública.

El comunicado de prensa de las últimas horas de Maslatón está lleno de denuncias muy graves, cuya capacidad de daño a la figura y candidatura de Javier Milei está por verse. Sin embargo, por las características de algunas de las denuncias, que pondrían en seria contradicción la prédica habitual sobre la casta política que profiere Milei, es dable pensar que era importante evitar este conflicto

Este hecho pega en el centro de la viabilidad política de una figura como Milei. Javier, como su ex amigo Diego Giacomini, hasta ahora, expresa casi mejor que nadie un descontento hacia la élite política y el establishment en general y su respuesta muchas veces es técnico económica y las otras veces es moral. El diputado nacional no tiene tanto tiempo por delante para aprender a jugar más inteligentemente un juego con reglas propias y singularidades. La política no es moral y su intento moralizador fracasa una y otra vez. Así como no se puede gobernar sin entender la lógica estatal y el Estado, no se puede ser cirujano sin haber estudiado medicina, a menos que a uno no le importe que se le muera el paciente.