En un nuevo pase esquizoide, la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner pasó de denunciar la ruptura y reclamar un nuevo pacto democrático a acusar en vivo y para todo el país a un tribunal, legítimo del Estado de derecho, de ser un pelotón de fusilamiento. La ex presidente, que lidera la política de la crispación desde hace casi dos décadas en el país, acusó también a oposición, jueces y periodistas de ser los responsables de la política del odio que terminó en el atentado contra su persona en Juncal y Uruguay.

Todavía peor: unificó y devaluó a los jueces y fiscales a meros mucamos del poder de Clarín y Nación e ironizó que deberían ser sus periodistas estrellas.

Pero hace menos de un mes, en un acto en el estadio único de La Plata, Cristina, después de afirmar que el atentado en su contra rompía el pacto democrático, convocó a la oposición a sentarse a una mesa para ver cuántas diferencias tenemos de verdad. Pero sus “últimas palabras” en la causa en la que está imputada como jefa de una asociación ilícita van exactamente en el sentido contrario.

El tiro del final

Naturalmente, la señora de Kirchner sabe perfectamente que se puede, desde el gobierno, montar una asociación ilícita. Es más: bien pensado, es desde donde hay más herramientas para poder hacerlo. Sobran resortes. Cristina Kirchner también sabe que está mezclando, que viola la regla de conjuntos más elemental al señalar entre “sus logros” en el gobierno, como habitualmente hace, el desendeudamiento como evidencia suficiente para rebatir la prueba de que ella lideraba una asociación ilícita. Reitero la lógica: cuanto más alta es la percepción de que estoy haciendo las cosas bien desde el gobierno, más licencias tengo para hacer otras cosas mal. Por ejemplo, aceitar el funcionamiento de una asociación ilícita. La que mejor sabe esto es la propia ex presidente. Naturalmente, debe defenderse y construir un relato contrario.

Digo más: la vicepresidente sabe perfectamente que sus últimas palabras no tienen valor judicial. Tienen meramente valor político, y eso es lo que acá nos importa. La posibilidad de que esta crispación coordinada y recargada de ella y sus acólitos, incluido su hijo, que viene in crescendo, sea parte de una estrategia de despegue tan brutal que se pueda llevar puesto su propio gobierno.

Porque la vicepresidente de la nación fue mas lejos en sus acusaciones. Arranca sus últimas palabras diciendo: “Me quedé corta en 2019, cuando dije que este era un tribunal de lawfare. Fui muy generosa.” Acelera y va a fondo: “Estos jueces deberían ser los periodistas estrellas de Clarín y Nación.” Es decir, vuelve a hilvanar en un solo acto oposición, periodismo, medios y justicia.

La información que muchas veces parece material solo para analistas políticos o para los pares de la política, sin embargo, podría ser una buena herramienta para el electorado. Por caso, si uno puede observar con evidencia abrumadora que la jefa del espacio político reproduce habitualmente una forma del poder y hacer política que es crispar y vituperar a los otros, debería darle una idea de que el promedio electoral difícilmente cambie. Además, como decía el Coco Basile, “equipo que gana no se toca”. Es verdad que el kirchnerismo ha perdido varias de las últimas elecciones, pero sin ese núcleo duro hoy Alberto Fernández no sería presidente y Massa tampoco sería super ministro de Economía. El senador Luis Juez lo resumió, y unos días antes también Elisa Carrió, diciendo: “Si no quieren que los roben, no voten ladrones”.

El tiro del final

Si, además, uno mira con cierto detenimiento algunas voces del canal ultraoficialista C5N, como las de Alejandro Bercovich o Iván Schardrosky, percibe muchas críticas, a veces descarnadas, al gobierno de Alberto Fernández.    

La situación económica no mejora como se esperaba, pero Sergio Massa se ha convertido en un ministro clave. Sin embargo, tanto es así que después de la efímera operación, promovida por el propio Sergio Tomás, que lo posicionaba como un candidato de consenso para ocupar el máximo cargo político del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y rebotara la noticia en la escena local, los mercados se movieron hacia una cornisa de la que el gobierno quiso salir rápidamente.

Pero la economía de parches y torniquetes, a pesar de la fuerte colaboración mediática encabezada por el grupo América (donde el ministro de Economía a veces es descrito como una suerte de héroe y patriota iluminado) no produce los resultados esperados. Pero Massa tiene la “virtud” de irradiar dependencia en este momento del país. No lo instalan como un potencial candidato del FDT, pero luce imprescindible para este momento. A la operación Massa al BID, que es el ministro diciéndole a su coalición: “Muchachos, si me joden mucho o no me dejan hacer lo que quiero hacer, agarro mis cosas y me voy”, el kirchnerismo le contesta, después de unos días, cuando volvió la calma, con señales de hartazgo sobre su gestión. No hablan de falta de resultados, van más allá y  dicen, algunos, desde el propio canal de Cristobal López, que el ministro, después de 100 días, no arregló nada y que empeoró la distribución del ingreso. Este último es un concepto clave para el kirchnerismo.

El ala más cristinista del kirchnerismo, quizás con Cristina misma a la cabeza, parecía esta semana más decidida a agudizar las contradicciones y que explote todo. Pero, si miramos bien, esto se viene gestando en las últimas semanas: por ejemplo, con Máximo usando más de tres horas del “Método Rebord” para esgrimir una visión del Estado que ciertamente tiene distancia evidente con su propio juicio de lo que es el Estado Argentino hoy, es decir, su valoración de la gestión del gobierno de Alberto. El propio Máximo dice abiertamente que Alberto fue un error, que la candidata era Cristina y no Alberto, y todo esto con Alberto de viaje.

Pocos días después, aparece en LN+ con Carlos Pagni el Cuervo Larroque, uno de los voceros de la ex presidente, y dice que el Gobierno es una decepción. Podría sumar, por último, la deliberada voluntad de Cecilia Moreau para enrarecer el clima en la cámara de Diputados, aun poniendo en juego la renovación de su cargo como presidente del cuerpo. No es un hecho aislado.

El tiro del final

Por eso, algunos de sus voceros no se cuidan (más bien todo lo contrario) en las críticas, y responsabilizan a Massa, como lo hizo el periodista económico y ahora también editorialista Ale Berco esta semana: lo acusó de un ajuste feroz, de falta de recuperación en los salarios y de una redistribución regresiva hacia los sectores concentrados de la economía. Por el lado del pacto democrático, la vicepresidente lo voltea acusando a uno de los poderes del Estado, la Justicia, de estar cooptada por Magnetto, Saguier y Juntos por el Cambio, y a un tribunal legal y legítimo del estado democrático de ser un órgano propio de las dictaduras más sangrientas. Qué otra cosa es un pelotón de fusilamiento sino un modelo de aplicación de justicia sin juicio, sin estado de derecho, sin democracia. Las dictaduras tienen pelotones de fusilamiento o se lo encuentra en las guerras.

Es decir, la líder política más importante que tiene el gobierno nacional prende y pone casi en máxima velocidad el clima de crispación y desencanto. Echa leña al fuego sobre un clima ya de creciente conflictividad social y con manifestaciones interminables, con la crisis del plan social Potenciar Trabajo. Lo hace ATE Capital, alertando que si este martes hay condena, hay paro: corta la bocha. Atrás, Luis D’Elía pide cortar rutas hasta que caiga la corte y reclama por un stop en la persecución a Cristina Kirchner. El cierre es desopilante y bizarro, con una presidente de la Cámara de Diputados que, a los efectos de intervenir sobre los 4 designados para el Consejo de la Magistratura por orden de Cristina, rompe la posibilidad de conseguir el consenso necesario para poder renovar su cargo al frente de la Cámara Baja. Fiel al estilo kirchnerista, decide prender fuego la sesión, sesionar sin quorum y hacer un uso ridículo y exagerado del tema de género. Es decir, una batería de granitos de arena que promueven un clima enrarecido para la semana que viene. El kirchnerismo hace eso por esa vieja historia, además, de que ellos en el conflicto engordan y avanzan mientras los otros retroceden.  

Todo eso parece una escena con un famoso lema radical, “que se quiebre pero que no se doble”. En ese sentido, una porción creciente del kirchnerismo más cristinista declara con incredulidad sobre la posibilidad de que esta administración vaya a mejorar la crisis socioeconómica que la propia gestión generó, y parece pensar que, si explota, ahora hay mejores chances para volver con una fórmula kirchnerista pura. Sin Albertos y sin Frente Renovador. Si Massa, en cambio, estira la agonía, esto puede salir muy mal muy cerca de las PASO y octubre del 23, produciendo una catástrofe electoral para el kirchnerismo.

Cristina Kirchner dijo en sus últimas palabras que quisieron matarla. Que le dispararon pero que el tiro no salió. Quizás haya recordado la letra del tango Desencuentro y sea ella ahora la que hace su último tiro, esperando que salga, para tratar de mejorar algo que a todas luces ella misma piensa que salió mal, que es la experiencia Alberto Fernández.

El tiro del final

Hay que tener presente que Cristina Kirchner, en el peor de los casos, puede quedar tercera en la Provincia de Buenos Aires.

Aún si el martes es declarada culpable de los delitos que se le imputan y el tribunal ordenara su detención, como lo haría con cualquier otro condenado, la vicepresidente tiene fueros y no irá a prisión. Tampoco será una sentencia firme, será una condena en primera instancia. Cristina Kirchner no irá nunca presa, pero un resultado catastrófico en su provincia natal, que además la deje afuera del senado, sería lo más cercano a la extinción definitiva de su proyecto de poder que, como ya se dijo, es, fue y será su prioridad número 1.